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Por Mario Alegre Femenías

Sin subtítulos

Crítica: Cloud Atlas

11/01/2012
CLOUD ATLAS.- Dirigida por Tom Tykwer, Andy y Lana Wachowski. Protagonizada por Tom Hanks, Halle Berry, Hugo Weaving, Hugh Grant, Doona Bae, Ben Whishaw, Jim Broadbent y Jim Sturgess. Clasificada R. Duración: 172 minutos.

“Ambiciosa” es un adjetivo que encontrará en casi todas las críticas de Cloud Atlas, tanto en las que la aclaman como uno de los mejores estrenos del año como en las que lo tildan de ser un aparatoso desastre, y la verdad es que eso no se puede negar. El épico espectáculo visual, dirigido por Tom Tykwer junto a los hermanos Lana y Andy Wachowski, apunta hacia el cielo tanto narrativa como temáticamente y, aun cuando se queda corta en ambos departamentos, no deja de ser una película admirable dentro de su amplio espectro de defectos.  

La intención de este trío de cineastas –que recaudó el presupuesto de $100 millones independientemente para no tener que responder a ningún estudio– era llevar al cine la novela homónima de David Mitchell, considerada inadaptable al séptimo arte. De entrada será evidente por qué. 

Cloud Atlas se expande a lo largo de varios siglos, iniciando en el 1849 a bordo de un barco en el océano Pacífico y concluyendo en un futuro lejano, descrito como el tiempo  “tras la caída”, cuando la humanidad ha regresado a un estado indígena. El guión se compone de seis historias –desarrolladas en 1849, 1936, 1973, 2012, 2144 y 2321–, hilvanadas con una fluida edición y excelente acompañamiento musical (compuesto por Tykwer) que siguen a un puñado de personajes a través de diferentes vidas, concentrándose específicamente en la evolución de un alma. 

Tykwer y los Wachowski sumergen al espectador de inmediato en lo que serán casi tres horas de incesantes transiciones entre las seis historias. “Todo está conectado” es la tesis principal, uno de las muchas que los personajes repiten ad nauseum, ya sea en voz alta o internamente, como “reveladores” pensamientos.  De hecho, hay tanta interconectividad expuesta en pantalla que parecería que hemos caído en el sueño mojado de Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga. 

Un elenco internacional liderado por Tom Hanks y Halle Berry encarna a distintos personajes a través del tiempo, transformándose por medio de maquillaje que rara vez resulta convincente. La mayoría del tiempo es risible, en especial cuando personas de una raza tienen que hacer de otra, como por ejemplo Berry, como un médico asiático en el futuro, o la surcoreana Doona Bae, como una inglesa del Siglo 19. Peor aún, el a veces horrendo maquillaje distrae, sacando a uno de la historia mientras intenta identificar al histrión detrás de las capas de látex. 


El propósito de estos cambios de raza  –y sexo–  yace en la propuesta del filme de que todos somos iguales, independientemente de raza, religión, género o, incluso, tiempo, y cambiamos de una vida a la otra de acuerdo a nuestras acciones. Esto no es nada revolucionario, pero resulta relevante cuando se toma en consideración que Lana Wachoswki solía ser Larry Wachoswki antes de su cambio de sexo, por lo que debe haber sido algo de gran valor para la directora. 

Desafortunadamente, lo que acaba en pantalla, aunque asombroso visualmente, carece de un sólido vínculo emocional debido a su naturaleza antológica. Brincamos de un tiempo a otro en cuestión de segundos o minutos, como si el espectador fuese un ente omnipresente capaz de trasladarse en tiempo y espacio, por lo que resulta difícil aferrarse a un personaje por mucho tiempo. El largometraje sufre además de un problema tonal debido a lo distintas que son las seis historias, que van desde genéricos dramas de época a genéricas investigaciones detectivescas y genéricas distopias futuristas. 

De entre las seis, se destacan las protagonizadas por Ben Whishaw, como un compositor homosexual en los años 30 del siglo XX, cuya obra quiere ser robada por su mentor, y la de Doona Bae, como un clon en Nueva Seúl, en el año 2144, que se convierte en un tipo de mesías dentro de una sociedad gobernada por un régimen totalitario. Whishaw y Bae proveen las dos mejores actuaciones de la película y sus personajes son los más efectivos en términos emocionales, aun cuando su trabajo se ve afectado por el salto entre tramas.  

¿Ambiciosa? Definitivamente. Pero también fallida, frustrante, desaliñada y, especialmente, pretenciosa. Filmes como The Fountain, 2046 e Intolerance han abordado estos mismos temas con propuestas similares, pero trabajados con sutileza y sin necesidad de recordarle al espectador -en lo que parece ser cada cinco minutos- la importancia de su mensaje.  Con excepción de Intolerance, incluso, lo han hecho en menos tiempo. 

En términos puramente técnicos, Cloud Atlas es un triunfo  y tanto Tykwer como los Wachoswki demuestran que son unos verdaderos visionarios del cine. Su pasión detrás de este proyecto está presente en cada recuadro y es encomiable. Lástima que la película posea la profundidad que se halla en una galleta de la fortuna.

*Cloud Atlas estrena hoy exclusivamente en las salas Fine Arts de Miramar y Hato Rey. 


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