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Por Adria Cruz

¿Cuál es nuestro objetivo? Primera parte

02/28/2013

Hace poco alguien le preguntó a un compañero de trabajo por qué estaba yo escribiendo de mi crisis de mediana edad y no de los temas de actualidad del país, y el compañero le contestó: “¡Porque está jarta de decir lo mismo!”. Y tiene razón. Una se harta de escribir de lo mismo; de cuán fastidiaos estamos, de cuánta culpa tenemos, de cuán incapaces nos declaramos sin siquiera intentarlo, de cuán facilitos somos para la indignación inútil o post mórtem, de cómo siempre buscamos y encontramos a otro para echar las culpas, de cómo no sabemos elegir líderes más que para culparlos de sus limitaciones, como si no las hubiéramos reconocido desde el principio, de cómo nos engañamos porque es más fácil creer que pensar, de cómo nos conformamos con lo menos malo porque lo malo se nos ha hecho lo normal, y lo bueno –que debería ser lo normal– se nos ha hecho extraordinario, de cómo abusamos de las expectativas sin reconocer que solo nos sirven para causarnos más sufrimiento... Una se cansa de escribir y de leer a otr@s con la misma cantaleta.

Commón, país, estamos llegando a ese fondo del que llevamos años hablando, a ese fondo al que tanto temimos. ¿Y qué vamos a hacer ahora? Lamentarnos, echar culpas, una que otra marcha, una que otra columna y buscar la forma de acomodarnos en la nueva realidad. Acomodarnos. Esa suele ser nuestra solución más común.

Podemos arrepentirnos de los votos que emitimos, pero igual tenemos que esperar cuatro años por otra oportunidad. Podemos usar la vía judicial, pero no podemos ignorar el hecho de que el sistema está minado. Podemos hacer marchas e irán unos cientos, pero no podemos olvidar que hace apenas unos días, no cientos, miles marcharon para protestar que se le honre a parte de la población el principio constitucional de igualdad ante la ley. Podemos llorar, maldecir e inundar las redes sociales de memes, pensamientos ajenos y geniales ejemplos de sarcasmo. Y todo eso es válido. Es válido escribir y gritar y marchar y convocar y cuestionar y reclamar y hasta declarar.

También son válidas la esperanza, el optimismo y el entusiasmo.

Lo que para mí no es válido es seguir viviendo del cuento, del crédito y del Dios proveerá. Y tampoco me parece válido afanarnos por resolver lo inmediato con parchos, a la vez que perpetuamos las condiciones que nos llevaron a la situación actual al no ir a la raíz de los problemas. Si lo tenemos todo ante nuestros ojos, si podemos identificar en nuestra historia reciente todos y cada uno de nuestros errores, no solo los de los políticos en el poder, sino los nuestros como colectivo y, más importante aún, como individuos, ¿para cuándo vamos a dejar las enmiendas? ¿Cuándo vamos a comenzar la reconstrucción de la que depende el futuro? ¿O no nos importa el futuro? ¿Acaso estaríamos como estamos si hace 40 años hubiéramos hecho esa reflexión? ¿Si hubiésemos vivido cada década estudiando, aprendiendo y enmendando?

Hablo de lo económico, pero también de lo social, de la calidad de vida, de la seguridad, de la salud, de los derechos civiles, de la producción de valor, de la creación de belleza, de la educación, del orden mínimo que requiere un país para ser exitoso. Y cuando digo exitoso digo feliz. ¿No debería ser ese el objetivo? ¿No debería?