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Por Adria Cruz

Reír para no llorar

05/23/2013
(Archivo)
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“Ciertamente, la Legislatura ha sido por mucho tiempo, y sigue siendo, fuente primordial de materia prima para la sátira”.
Hace poco escuché al presidente del Senado, Eduardo Bhatia, decir en tono molesto que en Puerto Rico hay una tradición de burlarse de la Legislatura. Me sentí aludida, como se tienen que haber sentido aludid@s tod@s l@s que como yo han expresado su frustración con los cuerpos legislativos de los últimos 20 años a través de columnas, caricaturas, parodias, canciones, etcétera. Ciertamente, la Legislatura ha sido por mucho tiempo, y sigue siendo, fuente primordial de materia prima para la sátira. Decía el senador Bhatia, a quien estimo profesional y personalmente, que quede claro, que en general no somos igual de duros con las otras dos ramas de gobierno.

Estuve meditando (en el carro, no en mi salita de meditación) sobre la queja y me cuestioné si somos injust@s con los habitantes de la Casa de las Leyes.

Vayamos por partes. Burlarse de la Rama Judicial está difícil. Y esto no solo nos aplica a l@s que por nuestra profesión estamos impedid@s de ello, sino que, en general, es poco lo que se sabe de la conducta de los miembros de esta rama. Y la verdad es que rara vez producen algo gracioso. Pero de que ha habido casos, los ha habido.

Burlarse de la Rama Ejecutiva es más fácil. También podría argumentarse desde Fortaleza que es más injusto porque el gobernador es solo uno y suele recibir el peso de todas las expresiones contra la rama del Gobierno que dirige. Estoy segura de que Rafael Hernández Colón, Carlos Romero Barceló, Pedro Rosselló, Sila Calderón, Aníbal Acevedo Vilá y Luis Fortuño pueden debatir ampliamente con Bhatia su planteamiento de que los legisladores son los objetos de burla más frecuentes.

Pero para mí, la clave no está en qué rama es más parodiada o menos parodiada. Es de quién es la responsabilidad de que se pueda interpretar que en el país hay una tradición de burlarse de la Legislatura. Es más, pongamos que hay dicha tradición. ¿De quién es la culpa? ¿A quiénes les toca transformar esa percepción que –naturalmente– les molesta tanto?

Una relacionista de legisladores con la que discutí brevemente el tema me llamó la atención de que a fin de cuentas no somos más que nosotr@s mism@s, los electores y las electoras, quienes tenemos la culpa, porque elegimos a estas personas como nuestros representantes en el Gobierno. Y tiene toda la razón. A eso le añadí que los partidos limitan sustancialmente las opciones de l@s votantes, pero la discusión de repente se reveló como una de esas de “el huevo o la gallina” y ya no pudimos llegar a conclusiones claras.

Lo cierto es, mi querido presidente Bhatia, que comprendo la frustración de los que asumen con seriedad (con o sin razón, pero con seriedad) la función legislativa. Lo comprendo y no pierdo la esperanza de que sean más y que puedan lograr la transformación que to@s quisieran en nuestra Rama Legislativa.

Pero, es muy difícil no burlarse, no solo de personajes que parecen en sí mism@s chistes ambulantes por como lucen, se expresan o actúan, sino de otr@s que a prima facie no dan gracia, pero que de repente, cuando nadie se lo espera, te sueltan el pie forzado para la columna de la semana y, de paso, para hacer sentir culpables a tod@s l@s que votaron por él o ella.

L@s ostentos@s, l@s disparater@s, l@s que viven humillándose en la radio mañanera, l@s que someten legislación ridícula, l@s que se exponen todos los días porque son tan creíd@s que a veces ni se dan cuenta de que están haciendo el ridículo. Tod@s es@s que se dedican a entretener en lugar de servir al país que los eligió.

También es a veces inevitable burlarse de los que proponen legislación absurda en momentos de crisis nacional; de los que mienten para obtener votos y luego traicionan, dando la espalda a los que los eligieron; de las que pretenden dirigir comisiones de la mujer y de equidad, pero abrazan el discrimen y cargan el apellido del esposo con la preposición “de”, muy orgullosas de pertenecer a alguien. Es a veces inevitable porque, a veces, Eduardo, es mejor reírnos a costa de ell@s que darles el gusto de vernos llorar.