Entre lo sublime y lo atroz

Sábado, 16 de Febrero de 2008
Firuzeh Shokooh Valle / Primera Hora

La vida de María Consuelo Sáez Burgos ha oscilado entre lo sublime y lo abominable.

Ha vivido rodeada de poesía, arte, amor, solidaridad y amistad, pero también ha visto de cerca el crimen, el dolor, la humillación, la desigualdad, el abuso de poder, la desesperanza y el desgarro. Como María Consuelo Sáez Burgos, la sobrina de la poeta Julia de Burgos, la hija de Consuelo Burgos, la maestra, ha vivido lo sublime. Como la fiscal especializada en delitos sexuales, maltrato a menores y violencia doméstica, ha visto lo abominable.

Pero, si algo se aprende luego de conversar con esta mujer es que siempre, en todas partes, hay espacio para la justicia y la verdad; dos palabras que pronuncia con frecuencia en la entrevista que le concedió a PRIMERA HORA en la terraza de su casa llena de plantas, serigrafías de Julia de Burgos, libros, artesanías y luz.

Sáez Burgos fue maestra por casi dos décadas antes de estudiar Derecho. Fue maestra de español e impartió talleres de escritura de poesía en escuelas públicas, en el residencial Manuel A. Pérez y en los barrios de la zona del embalse San José. A instancias de su mamá, decidió estudiar en la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico (UPR).

“Fue milagroso, un redescubrimiento”, relata sobre la experiencia de estudiar una profesión que le apasiona cada día más.

Cuando era una niña, su madre decidió estudiar Derecho en la UPR. Cuando sus hijas Alexandra Rivera y Solimar Rodríguez eran pequeñas, ella comenzó a estudiar Derecho. Y su hija Alexandra, de 30 años, inició sus estudios en leyes cuando su hija Layra Gabriela era una niña. Tres generaciones de mujeres tuvieron que salir de las puertas de sus casas, contra viento y marea, “con las hijas agarradas de la falda”, para estudiar. Ahora su hija Solimar, de 22, también estudiará leyes.

“Todas le dijimos a nuestras hijas: 'estoy haciendo esto por ti'”, dice.

Sáez Burgos tuvo a Alexandra con su primer esposo, el ex superintendente de la Policía y ex secretario de Corrección Víctor Rivera. Lleva 23 años casada con José Rodríguez Fernández, el padre de Solimar.

¿Cómo lograron estudiar y trabajar con hijos pequeños?

-No es nada fácil. Lo que pasa es que es tanta la voluntad. Realmente es hacerlo para los hijos, echar para adelante y demostrarle que se puede. Es una carrera que se puede desarrollar en muchos flancos de compromiso y de justicia. Eso es un lema en nuestra familia.

El ejemplo de su madre

Sáez Burgos —quien sólo admite que nació “en la segunda mitad del siglo 20”—, se graduó en 1990. Fue el mejor promedio de su clase y la mejor nota de la reválida, con un 100% de percentila. Esta combinación no se ha repetido desde entonces. Su historial académico casi perfecto le permitió reciprocar el sacrificio, el amor y el deseo de su madre de que saliera adelante. La memoria de su madre, que murió en 1995, todavía la conmueve hasta las lágrimas.

“Llegué a trabajar con mami en el Departamento de Justicia. Ella trabajaba en la División de Opiniones”, dice con nostalgia.

¿Cómo fue trabajar con su mamá?

-Maravillosa... Mi madre es de los seres más extraordinarios que ha parido el universo, con una bondad, con un sentido de justicia, con una fuerza, con un compromiso, una humildad única. Y esto no lo digo yo solamente, le puedes preguntar a cualquiera...

Entonces, su madre ha sido su mayor influencia.

-Soy una privilegiada de la vida.

En ese momento Sáez Burgos se detiene a pensar. Vivían en un sector humilde de Hato Rey. Sus padres fueron perseguidos en plena era del “Macartismo” —llamado así por la cacería de brujas iniciada en Estados Unidos por el senador Joseph McCarthy—, por sus luchas políticas, sindicales y sociales. Su padre era el secretario general de la Central General de Trabajadores y pertenecía al Partido Comunista. Ambos participaron en el inicio del movimiento cooperativista en la Isla.

Cuando tenía un mes y medio, la encarcelaron junto a su hermano y sus padres. La presión pública fue tanta que salieron a los dos días. A María Consuelo la apodaron hábeas corpus, el remedio que se utiliza para excarcelar a las personas apresadas ilegalmente.

¿Por qué decidió ser fiscal?

-Tenía un compromiso de toda la vida con las mujeres y los niños. Me fui al Departamento de Justicia pudiendo ganar mucho más dinero en un bufete.

De la belleza a la crudeza

Fue de ser maestra de español y poesía a trabajar con violaciones, asesinatos y abusos atroces. “De lo sublime a lo profano. Fue una pescozá de barbarie”, dice.

Comenzó en el área de delitos sexuales en la oficina central, y luego en los tribunales de Bayamón y Carolina. Con el tiempo pasó a dirigir la unidad especializada en el Tribunal de San Juan y luego a nivel central, creada por la ex jueza Crisanta González.

¿Cómo fue esa experiencia?

-Fue terrible, pero maravilloso en aras de que las personas que cometían estos actos tan atroces pudieran ir a la cárcel. Éramos fiscales muy comprometidas (Dorothy Ferrer, Alma Méndez y Sonia Otero).

¿Cómo lidiaron con los prejuicios y mitos que rodean este tipo de delitos?

-Teníamos una gran sensibilidad, nos preparábamos bien y nos mirábamos, porque nos fundimos. Todavía hoy somos muy amigas, como una familia.

A Sáez Burgos la llamaban “la fiscal que le recita al jurado”. Utilizaba poemas de Julia de Burgos y de José Agustín Goytisolo, por mencionar algunos, en sus argumentos finales. En sus 14 años como fiscal sólo perdió un caso porque la víctima negó los hechos cuando le tocó declarar.

¿Recuerda un caso que la haya marcado?

-Todos te marcan (piensa).

Recordó el del niño de dos años repleto de moretones asesinado por su padrastro. El del niño de cuatro años sodomizado por su padre cuando lo visitaba los fines de semana. El de la niña degollada por su padre.

“Cuando fui a levantar el cadáver hubo que aguantarle la cabeza para que no se le cayera”, relata.

¿Cómo lidiaba con el dolor?

-No te voy a negar que muchas veces me destrozaba, pero tengo la ventaja de la poesía, que ha sido fundamental, y de tener seres extraordinarios, amigos y familia, que han sido mis hombros para llorar.

¿Por qué en los casos de violencia sexual la fiscalía llega a tantas alegaciones de culpabilidad preacordadas?

-En primer lugar porque el proceso judicial es la revictimización de la parte perjudicada. Con los niños, es su padre, abuelo, tío. La víctima de violencia doméstica es su compañero, el padre de sus hijos. Es una dinámica muy particular... A veces antes de someter a una víctima a un juicio público, a una revictimización, es mejor hacer la alegación preacordada... A veces la víctima se siente reivindicada porque escucha que el agresor se declara culpable.

También deben ser difíciles de probar por los prejuicios, especialmente en los casos de mujeres víctimas.

-Hay muchos prejuicios, que si la víctima había bebido, por ejemplo. En los casos de los niños en la adolescencia se les hace muy difícil hablar por los prejuicios. Los niños, además, recuerdan por fragmentos, de repente.

Pero también habrá casos en que los fiscales simplemente no hacen su trabajo.

-Hay de todo como en botica, pero en general los fiscales hacen un excelente trabajo... Hay que verlo caso por caso. Como fiscal necesito dos cosas: el olfato olímpico que es estar convencido de que ocurrió, a eso se suma el conocimiento y la sensibilidad, y tener la evidencia. Puedo tener la evidencia y no estar convencida y a la inversa.

¿Está de acuerdo con que el Ministerio Público prosiga con un caso aunque la víctima de violencia doméstica se retire?

-Sí, porque si no, el caso lo está decidiendo el agresor. El agresor entonces manipula a la víctima, al fiscal, al policía y al sistema judicial. El fiscal puede y debe llevar el caso si tiene otra prueba.

¿Cuáles son los retos de probar estos casos?

-En primer lugar, que el agresor y la víctima se conocen. En segundo lugar, son actos que ocurren en un ambiente muy íntimo, en el cuarto, en la casa. En tercer lugar, los agresores no corresponden al estereotipo que la gente tiene de los criminales, éstos supuestamente son buenísimos, ejemplos de la comunidad. En último lugar, por la vulnerabilidad de las víctimas.

¿Cree que el Registro de Ofensores Sexuales protege a las víctimas?

-No quiero decir que el Registro no debe existir, pero debe garantizar unos derechos básicos.

¿Por qué renunció?

-Renuncié en el 2003 porque ya tenía los 30 años de servicio.

¿Le hace falta?

-A veces me he arrepentido. Debí de haber solicitado para ser jueza en ese momento, aunque todavía lo puedo hacer...

Por un tiempo Sáez Burgos se dedicó a ser consultora y a adiestrar a alguaciles, fiscales y jueces. Actualmente es profesora de la Clínica de Delitos Graves, Menos Graves y Menores y de la práctica forense criminal de la Escuela de Derecho de la UPR. Recientemente abrió una oficina para llevar casos criminales.

Una vida rodeada de poesía

 La poesía ha iluminado su vida.

María Consuelo Sáez Burgos está rodeada de poesía. Sólo con ser la sobrina de Julia de Burgos sería suficiente para entenderlo. Pero hay más.

 Su hermano, Juan Sáez Burgos, quien falleció hace  dos años, también fue un poeta reconocido y fue uno de los escritores de la legendaria revista  Guajana. Ella es, además, una gran lectora de poesía.

Heredó el amor a Julia de Burgos por su madre. Consuelo Burgos y su hermana se quisieron  profundamente.

¿Usted escribe poesía?

-Escribo, pero no son buenas, quizás por la grandeza de los poemas de Julia y de Juan. Escribo para mí, guardo mis poemas.

¿Cuál ha sido la influencia de Julia de Burgos en su vida?

 -Julia ha sido parte de toda mi vida. Mi madre me inculcó ese amor por la tía Julita. Yo heredé esa gran responsabilidad de proteger a Julia.

¿Sus hijas también tienen esa pasión?

-Sí, la tienen, pero como todavía estoy, les queda tiempo. Mi hija mayor escribe, no ha publicado, pero escribe muy bien.

¿Cuál es su poema favorito de Julia de Burgos?

-Son tantos... pero creo que diría “Yo misma fui mi ruta”.

¿Qué poetas jóvenes le gustan?

-Me gusta mucho este nuevo estilo de hacer y decir, esta nueva cepa de poetas, hombres y mujeres que están haciendo una poesía nueva.