Amigos a la intemperie

lunes, 22 de marzo de 2010

Carmen Graciela Díaz Para Primera Hora

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Tanto el día como la noche golpean la piel y el alma. El vaivén de  transeúntes no cesa. Unos se acercan,  obsequian una sonrisa, les dan unas pesetitas. La mayoría  ni se molesta. Dicen “no” con todas las formas que el cuerpo destila.   Sin embargo, hay unos seres que no fallan. No precisamente humanos, pero sí más empáticos que dos o tres Homo sapiens.

“La mascota en el deambulante se convierte en el blanco de su cariño y su amor [...] porque ése es su confesor, el ser  vivo con quien se sincera y el que hasta cierto punto entiende su exclusión social”, explica el Dr.  José Vargas Vidot, director de   Iniciativa Comunitaria.

La simbiosis entre  un deambulante y su mascota   sobrecoge por su entrega desmedida. Así lo constatamos  en un recorrido -liderado por dos voluntarias de  Iniciativa Comunitaria- que nos presentó a tres mendigos junto a sus animales.

Tres historias de amor y lealtd
Ángela Rivera Rosado ejemplifica  cómo una mascota puede ser  el soporte cotidiano que aplaca la jornada. Su perrita, Susie, apareció un día por su área y así  le cambió la vida. “Esa perra es   la bebé de aquí. Ella nos ve llegar (otros deambulantes) y se vuelve loca de contenta. Nosotros le echamos su agua, su comida, la bañamos; todo”, cuenta Ángela.

 En la mañana, Ángela parte a confiar que alguien le dé limosna (ya que no pide). Y Susie aguarda con paciencia  por ella. “Yo la dejo aquí y ella cuida (el área). Se queda acostadita; siempre nos espera”, detalla sobre Susie, cuyas dueñas son Ángela y Yary, otra deambulante.

“Susie es una compañía porque llega un extraño y ella ve. Aquí viene un viejito que le tiene miedo (porque) llega y  pega a ladrarle encima y yo, ‘¡Susie, Susie!’”, narra Ángela sobre su mascota, que tiene hace tres meses.

  “Malena” (nombre ficticio) es otra afortunada de tener una mascota. No una tradicional, sino una paloma. “Le digo Pichu, pero en verdá no tiene buen nombre porque  la salvé de un carro que le dio un cantazo”, indica del ave que la acompaña hace tres meses.   Pichu “es como mi hijita; yo le doy comidita y todo. Es bien buena”, expresa con ternura Malena.

Son infinitas las enseñanzas sobre la amistad que las mascotas y sus  dueños se reciprocan. La mirada de  Fernando Robles, dueño de los gatos Blaco y Linda, habla por sí misma al  hablar  de los felinos que   “no me sueltan” -insiste- “ni pie ni pisá”. 

“Ay chacho, me han enseñado a cuidarlos. Te buscan, te defienden,  qué sé yo. Cuando me acuesto, ellos se acuestan al laíto y si viene un ratón, de verlos a ellos, nada más no se pegan. De una manera u otra me cuidan. Yo los conozco y cuando están desinquietos sé que está pasando algo”, reflexiona Fernando, quien le perdió la pista a  Blaco unos días atrás.

Nada más escudriñar cuán esenciales son sus gatos, Fernando manifiesta que “cuando no los veo me preocupo, rompo a buscarlos porque ya yo  estoy acostumbrado a ellos”.

Donde come uno...
Sus dueños no tendrán comida a borbotones, pero de lo poco que consigan, las mascotas no se quedan sin alimentarse. 

Según Ángela, de la comida que compra siempre separa la porción de su perra Susie. “Está gorda, no pasa hambre. Ya no puede dar la vuelta”, asegura Ángela de su Susie, por la  que confiesa que ha dejado de comer por alimentarla.

 En el caso de la paloma  Pichu, Malena plantea que divide la mitad de su plato con ella,  y “a veces compro maíz picaíto”. Por su lado, Fernando  relata que,  cerca de las 6:00 p.m.,  sus gatos Linda y Blanco -cuyos nombres se los puso su compañera, quien está hospitalizada hace dos meses- están ansiosos por verlo.

     “Cuando ven que meneo la bolsa, que les traigo comida... Siempre todas las noches, no me olvido. Yo voy a Burger King o eso y les traigo algo”, precisa Fernando, quien al   “chupar el diente”  (sonido que él  bautizó  así, el cual simula un beso al revés)  Linda  lo sigue a la usanza del  flautista de Hamelín.  

“Aquellas pequeñas cosas”
 La vida constata que son los momentos simples los que calan hondo. Por ello, en esos pedazos de historias estas personas hallan su alegría.  Ángela subraya que a su perra Susie “lo que le falta es muy poco para hablar. Ella entiende, (y) cuando va a hacer nini, ella se va pa’ allá”.

En cuanto a sus gatos, Fernando apunta  divertido que “cuando barro, con la misma escoba los peino a los dos.  [...] Ya están acostumbrados, se quedan quietecitos”.

A su vez,  Malena confirma que la paloma Pichu es su sostén y que ambas son una tabla de salvación la una para la otra. “Recuerda que le salvé la vida y eso me gustó”, establece.   

  La complicidad que se labra entre  una mascota y  su dueño la entiende cualquiera. Pero para    un deambulante,  animal y humano son el techo que cobija uno al otro.

No sorprende que los animales -como éstos- podrían dar  lecciones de  sensibilidad al humano. “A veces la gente trata a uno como los perros; sabes que así los hay”, concluye Ángela.

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