Me hubiera partido el corazón
Me lo dijo Adela
sábado, 10 de mayo de 2008
En días recientes, mucha gente en Puerto Rico se conmovió con dos historias. Una fue la de Jeannette Rodríguez Colón, una jovencita anoréxica, de sólo 15 años, que pesa nada más que 74 libras. La otra reseñaba el caso de Carlos Collazo, de 39 años, quien padece de obesidad mórbida -pesa 740 libras- y se encuentra postrado en una cama debido a su sobrepeso.
Como ya se imaginarán, me leí y releí los detalles de ambos casos. Mi intención era -lo confieso- tratar de encontrar en el relato de sus situaciones particulares alguna clave que arrojara luz sobre mi propia compulsión de sobre comer. En defensa propia, aclaro que, más allá de mi motivo egoísta, y para poder ayudar a mis lectores, quería conocer cómo piensan otras personas que se arriesgan a tomar decisiones tan drásticas respecto a sus vidas: una, tratando de no comer para no engordar, y otra, sin poder controlar su apetito.
Al volver a leer, una vez más, los artículos, reparé en la siguiente aseveración: “La tasa de muertes de los trastornos alimentarios es la más alta de las enfermedades mentales”. Entonces, recordé lo que, por unos instantes, se me había olvidado: estamos hablando, precisamente, de eso, de enfermedades mentales; de personas con unos trastornos emocionales que no les permiten controlar esos impulsos dañinos que los ponen en peligro de muerte.
A medida que ponderaba las dos situaciones, inmersa en los detalles de las vidas de Jeannette y de Carlos, sentí una compasión infinita por ellos y sus allegados... hasta que alguien escribió algo muy particular en el blog de uno de los reportajes. El comentario del bloguero decía algo así: “¿Cómo es posible que sus familiares les hayan permitido (a Carlos y a Jeannette) llegar hasta donde han llegado con sus respectivas enfermedades?”.
Luego de leer esto, pasé del coraje (“Es verdad, ¿cómo pueden haberlo permitido?”), a la incredulidad (“¿Será verdad que no trataron de hacer nada?”), a la pena (“Bendito, lo que estarán sufriendo todos”), de vuelta al coraje (“Pero, ¿cómo es que no los ayudaron?”) y, finalmente, a la reflexión (“Tenemos que hacer algo para que esto no siga sucediendo”).
Después de todo, ¿quién soy yo para juzgar a esas familias? No se me debe olvidar que, en mi caso propio, ni siquiera mi mamá ni mi esposo me podían ayudar cuando, luego de rebajar cientos y cientos de libras, volvía a engordarlas. Y creo saber por qué. Porque, en gran medida, ¡creo que no se los hubiera permitido!
No tengo más que remontarme hasta apenas hace cuatro años, cuando, después de rebajar 180 libras -por circunstancias muy largas para relatar aquí-, empecé a comer compulsivamente de nuevo. Para más datos, una de las primeras cosas que hice fue buscar ayuda psiquiátrica y psicológica. Pero, para que comprendan lo complejo de los problemas mentales alimentarios, en ese momento, ni siquiera eso pudo ayudarme a detener el descenso en picada que me volvió a llevar a mi propio rock bottom. Claro que, el que no haya pasado por algo semejante -con el alcohol, las drogas, o la compulsión de apostar- probablemente no tenga ni idea de lo que estoy hablando.
El punto en el que quiero hacer hincapié es que, cuando uno está sumido en un problema obsesivo compulsivo, sólo uno puede salvarse. Más aún, aunque no niego que muchas fueron las veces que hubiera querido que alguien se me hubiera “metido por dentro” y me hubiera ayudado a resistir el impulso de darme un atracón, creo que se me hubiera partido el corazón si lo hubiera hecho. Pensar que mami o mi esposo me hubieran pescado comiendo a escondidas, llenándome la boca y, al mismo tiempo, llorando... me hubiera roto el alma.
Con el paso del tiempo, a mi esposo, al menos, se lo llegué a confesar. ¿Y saben lo que me comentó? Que jamás se había dado cuenta. Por supuesto, me veía engordando y engordando, pero jamás supuso que mis episodios de atracones eran tan dramáticos. Y es que, creyéndome la más lista, siempre esperaba a que él saliera de casa, a que estuviera en la ducha o durmiendo para sobre comer. y, ¿a quién estaba engañando? ¿A quién le hacía daño?
Luego de relatarle la verdad, preocupado, Alberto me preguntó si había algo que él podría haber hecho. Y, tristemente, le tuve que decir que no, que sólo yo podía ayudarme. ¡Si tan sólo hubiera podido hacerlo antes de haber engordado 140 libras!
En fin, gracias a Dios tengo que darle porque todavía no he llegado a un punto de gravedad tal que precise de atención médica de emergencia. Pero, no se equivoquen, si no fuera por esta columna y por mis múltiples grupos de apoyo, no dudo que hubiera podido llegar a -o sobrepasar- las 500 libras. Y si me descuido, si algún día pierdo la fe y la esperanza, y me doy por vencida, créanme, entonces sí que, irremediablemente, me descontrolaría.
En resumen, esto no se trata de echarles la culpa a Carlos ni a Jeannette, ni tampoco a sus familiares. Se trata de respetarlos y rogar a Dios porque, independientemente de hospitales o cirugías, ellos -y todos los que se encuentren en semejantes predicamento- encuentren dentro de sí motivos más que suficientes para seguir luchando por vivir.
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