Punto y coma
Treinta y tantos
viernes, 9 de enero de 2009
Así que nos llegó nuestro “periodo especial”. Y sin comunismo. Más impuestos, más arbitrios y miles de personas a la calle.
Ayer nos enteramos de que de subirán la gasolina, los impuestos del Crim, las contribuciones sobre ingresos y hasta los minutos de las llamadas por celular. Se acabó aquello de i-li-mi-ta-do, y no sólo para los celulares.
Botarán a más de diez mil del Gobierno, qué importa que sean de confianza o temporeros, son personas que se quedarán sin empleo. Más candidatos para el mantengo, menos para aportar a la economía, más para competir por los pocos empleos disponibles en el sector privado.
Claro, que no hay por qué preocuparse. Aunque todo el mundo tendrá que hacer sacrificios, los que más tienen son los que aportarán más.
Sí, Pepe. Digo, yeah, rait. (Se me olvida que its táim tu chéinch).
A propósito del paréntesis anterior, abro un subtítulo, una minicolumna dentro de la columna, para hablar de un asunto que me tiene preocupada.
La Guaynabo Citi y la San Juan Citi Polís no me habían irritado porque les debo muchas carcajadas. (Siempre hay que agradecer a quien nos hace reír). Me parecían ridiculeces de pitiyanqui sin mayor trascendencia. Pero ahora que hay tanto alcalde penepé, el bilingüismo mal entendido se extiende como la plaga. Ayer casi choco al escuchar a la flamante alcaldesa de Guayama hablar de la fiesta por su toma de posesión en Dauntáun Guayama, en la Méinstrit. Dijo que así se llamará de ahora en adelante el centro de la Ciudad Bruja... o será la Güitches Citi?
Mi preocupación mayor es que por primera vez en muchos años mi Ponce querida tiene alcalde (en este caso alcaldesa también) penepé. ¿Y si a Mayita se le ocurre que de ahora en adelante el refrán sea Ponce is Ponce an di rest is párkin? Me eriza el pelo pensar que pueda llegar al centro histórico y encontar un letrero que diga “Uélcom tu Las Delicias escuéar”. ¡Horror de horrores! ¿Lo pondrán frente al Jistóric Fáier Estéichon, o frente a la Fáuntain of de láions?
Ay no, por favor. Me tiro de la big cross of de guatchaman. Mayita, no coja ideas. Acuérdese de que ganó por difólt. Además, no creo que ni usted, por más penepé que sea, pueda pronunciar Perl of de Sáuz sin escupir. Y eso no es digno de una alcaldesa.
Bueno, vuelvo al período especial.
La noticia de la “emergencia fiscal” surge mientras escribo la última de estas columnas. No, no es porque ya no tengo treinta y tantos. Ni porque el periódico lo haya exigido. Tampoco es que no tenga más que decir. (Aunque a veces es mejor guardar silencio). Es que las cosas cumplen su propósito, completan ciclos y mueren, o se transforman, lo que para mí es lo mismo.
Resulta duro retirar este espacio justo cuando comienza un período tan difícil para el país, no sólo en lo económico, sino en muchas cosas más. Tenemos serios retos ante nosotros, pero también otra gran oportunidad de mirarnos como pueblo y como individuos y de medir las consecuencias de nuestros actos.
Lo que hace menos difícil dejar de escribir Treinta y tantos es que lo hago en un período en el que conservo un grado razonable de optimismo, aunque con un mínimo de fe. Con toda la contradicción que eso encierra.
Sé por experiencia que escribir es más divertido y placentero en tiempos de amenaza oscurantista, cuando parecen tener acceso directo al poder los impulsores del moralismo conveniente, los conservadores de la hipocresía. Así que -permítanme un momento de cursilería- no digo ‘adiós’, sino ‘hasta ya mismo’.
En estos diez años he tratado de presentar aquí mi mirada del país, de nosotr@s. He planteado muchas preguntas y ofrecido algunas respuestas. He tratado de motivar la discusión y el análisis, la risa, por supuesto, y la libertad, la libertad sobre todas las cosas.
Les he contado cosas de mí que ni recuerdo.
Y me he divertido mucho, como espero haberles divertido.
Hace unas semanas fui a almorzar sola a uno de esos restaurantes tipo bufé. Había una nena como de cuatro o cinco años corriendo de un lado a otro del pasillo, haciendo piruetas, jorobando bastante. Una señora de la mesa contigua, harta ya con la muchachita, comenzó a buscar a los adultos con los que andaba, supongo yo que para pedirles que la controlaran. (O por lo menos para mirarlos mal). Como no vio a nadie, la paró y le preguntó en tono exigente: “Nena, ¿de quién tú eres? La nena se le quedó mirando, estupefacta, y luego de una breve pausa le respondió: “¡De mí!”.
Y siguió corriendo, como si nada.
La señora se quedó pasmada y regresó a su mesa, refunfuñando. Yo no pude evitar sonreír. La nena majadera, tan libre y voluntariosa, ejemplificó con una simple respuesta el mensaje que con mayor fuerza he llevado en este espacio durante diez años. Somos de nosotr@s. Hombres y mujeres por igual, dueños y responsables de nuestra realidad y nuestras posibilidades. Libres para pensar, aunque nos cueste trabajo, para actuar, aunque nos juzguen o critiquen, para vivir como decidamos, sin hacer daño y sin quedarnos con las ganas.
Gracias por estos años.
Estén pendientes a un posible reencuentro con Adria aquí, en primerahora.com, y no olviden unirse al grupo Treinta y tantos en Facebook
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