Entre boquetes y cortes de pastellilos, nace un piloto
Tiempo extra
viernes, 9 de mayo de 2008
Hace un tiempo dediqué una de mis columnas a mi tendencia a caer en los cráteres que adornan nuestras carreteras, pero les diré que después de dos años, finalmente puedo decir que ya no tengo que incluir en mi presupuesto mensual la compra de tapabocinas.
Quizás piensen, ¿qué rayos tiene esto que ver con deportes?, pero les diré que logré perfeccionar mis habilidades a través del deporte. Como fue imposible cuadrar varias sesiones de práctica en la escuela del Circuito de Rally Australiano NEC o Fórmula Uno, me dediqué a practicar en diversos arcades en los juegos de autos y motoras.
Nunca imaginé que el invertir un par de dólares en estos juegos iba a pagar dividendos en mi caso, pero a medida que fui dominando las curvas cerradas y los baches de aceites y cráteres en la pantalla de vídeo, lo mismo pasó en la vida real. ¡Increíble!
La verdad es que suena descabellado, pero les diré que con el tiempo mi Toyota y yo hemos desarrollado ese sexto sentido -esa conexión o química- en la que reaccionamos intuitivamente y esquivamos el boquete. Ya son muchos menos los cantazos y los tapabocinas volando.
También he aprendido a lidiar con el otro problema existente: los pésimos “pilotos” de autos y motoras en nuestro país. Me refiero a aquellos que tienen el guille de ser el próximo Fernando Alonso o Dale Earnhardt Jr. del automovilismo, o el próximo daredevil en motoras al estilo del fenecido Evil Knievel; o las mujeres que desean ser como Danica Patrick de la Fórmula IndyCar.
Por mucho tiempo mis compañeros de labores fueron mis psicólogos, ya que en ocasiones llegué al diario al borde de un ataque cardiaco. Soy un creyente de que en todos los sitios de trabajo debe haber un desfibrilador, porque en dos o tres ocasiones pensé que necesitaría uno.
Ahora cuando me monto en mi auto pienso que estoy en una carrera de autos, pero obviamente en mi mente no está ganar la prueba, sino llegar a la meta final sano y salvo.
Ya me he acostumbrado a los cortes de pastelillos a sólo pulgaditas, el perreo entre autos y a los pilotos de motoras que tienen un death wish. Es verdad que aún me hierve la sangre encontrarme con esos parásitos en la calle, pero eso es precisamente lo que pasa en una carrera de autos.
Por lo tanto, como dicen en inglés: I deal with it.
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