La llamada de Raúl Álzaga nos despertó al filo de las siete de la mañana. 

“Teresa, Raúl me dice que lleva vomitando desde las dos de la mañana. No se siente bien, está débil y quiere ver a un doctor de inmediato”, me expresó preocupada.

A toda prisa me levanté de la cama, y comencé a elaborar un plan para rescatar a Raúl de su miseria gástrica. Por breves minutos pensé, “nos chavamos, le dio el virus de Moctezuma”, pero permanecí callada para no inquietar a nadie.

Ana y yo nos vestimos a toda prisa, todavía un tanto dormidas. La noche anterior, los tres nos habíamos acostado tarde cubriendo las incidencias del juego entre México y Panamá, como parte de nuestra cobertura del preolímpico de Baloncesto FIBA 2015. 

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La posibilidad de que Raúl no estuviese en óptimas condiciones para continuar con el trabajo que tenemos que realizar, me mantuvo callada gran parte de la mañana. Había que atender este asunto de inmediato.  Lo necesitábamos.

Nos encontramos con él en el vestíbulo del hotel dónde me encargué de conseguir un taxi que nos transportara al hotel donde se hospeda nuestra Selección Nacional de Baloncesto. Allí, junto al equipo, está la única persona que podía revivir a nuestro colega: el cardiólogo Luis Molinary, médico del equipo hace 15 años.

Durante el camino, iba impartiéndole instrucciones a mi compañero -como poseída por el espíritu de Rick Pitino- quien convalecía en el asiento delantero del taxi. “Raúl, respira y abre la ventana”, le decía.  “Raúl, si vas a vomitar de nuevo, por favor avísame”. 

Una vez en el hotel, el operativo de conseguir a Molinary duró solo unos minutos. El doctor me dio instrucciones de llevar a Álzaga a su cuarto para colocarle un suero de inmediato porque temía que estuviese deshidratado.

En cuestión de segundos, el cuarto de Molinary se convirtió en una sala de emergencia improvisada. Raúl se sentó en la camilla mientras respiraba profundamente. Su rostro estaba tieso y amarillo. Cerraba los ojos de vez en cuando. Molinary abrió uno de sus maletines llenos de medicamentos y me dijo que lo asistiera.

“Teresa, sostén esta aguja y cuando yo te diga, la giras y me las das”, me ordenó como si fuera una enfermera. 

Lentamente, el líquido del suero comenzó a bajar por la venas de mi compañero. Molinary nos dejó saber que el proceso tomaría una horas, así que Ana y yo decidimos dejar a Raúl descansando y recuperándose. Ambas, le agradecimos a Molinary su labor y la urgencia con la que trató a Raúl. ¡Nuevamente salvaste al equipo!   

Cuando uno viaja fuera del país a cubrir este tipo de eventos, los colegas de trabajo se convierten en familia inmediata. Raúl, Ana y yo somos un equipo de trabajo y cada integrante forma una pieza fundamental para que esta cobertura se lleve a cabo. Seguir informando al país de lo que sucede en este preolímpico es nuestra responsabilidad, a pesar de todos los contratiempos que puedan surgir.  

Por esta razón, soy yo la que hoy escribo el relato que le tocaba a Álzaga redactar. Todos para uno, unos para todos. Se juega para el equipo. No hay otra forma de hacerlo.