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El gran debate del voleibol

Por Fernando Ribas Reyes 03/08/2017 |00:00 a.m.
La reciente experiencia de varios prospectos boricuas fuerza a muchos a cuestionar qué es mejor entre ir a un gran programa en la NCAA o a uno de segundo nivel.
Dos grandes del voleibol NCAA, Penn State y Nebraska, querían a Wilmarie Rivera. Así fue la expectativa que se creó con la egresada de St. Francis School quien, sin embargo, ha visto poca acción tras dos años en Penn State. (Suministrada / Penn State0)  

El esquina Cristian Rivera era el mejor prospecto de Puerto Rico hace cinco años y, como tal, fue reclutado por uno de los mejores programas del voleibol universitario de la NCAA. Hoy día, Rivera está bien y más, alejado del voleibol, trabajando en Nueva York como consultor gerencial.

La acomodadora Wilmarie Rivera fue hace dos años la mejor jugadora escolar de Puerto Rico y también decidió continuar el voleibol en uno de los más exitosos programas de la NCAA, al menos el más conocido en Puerto Rico, el de la Universidad de Penn State. Va para su tercer año y a penas ha colocado balones vivos.

El opuesto Jon Henry Rivera mató el voleibol escolar y la Copa El Nuevo Día. Un jugador de gran físico, hijo de dirigente y gran prospecto, Rivera continuó el juego en otro gran programa de la NCAA, pero tras dos años es poca la acción que ha visto.

En cada uno de esos, el jugador referido fue el mejor de su clase en términos de su valor como prospecto saliendo de Puerto Rico para la NCAA, cuya liga es una de las mejores vías – si no es la mejor- para desarrollar jugadores para las selecciones nacionales adultas de Puerto Rico.

Pero uno está fuera del voleibol, mientras que en torno a los otros dos se levantan dudas sobre su crecimiento en el juego si se mantienen mirando los partidos desde el banco.

Entonces, surgen las preguntas. ¿Qué es mejor? ¿Ir a un programa grande y no jugar, o ir a uno mediano y jugar desde prepa hasta senior? ¿Es necesario jugar jugar para desarrollarse?

Si le preguntan Cristian Rivera, el no cambiaría hoy día su decisión de ir jugar a la Universidad del Sur de California (USC), en donde también triunfaron los boricuas Debora Seilhamer y Juanchi Figueroa.

Rivera, de 6’6” de estatura y egresado del colegio San José de Río Piedras, dijo así aunque explicó que, como jugador, nunca encajó en el sistema del dirigente de USC.

“Estoy en desacuerdo (con ir a programas más pequeños) porque uno siempre quiere ir a lo mejor. En esos programas (de alto nivel) hay 20 tipos de buena calidad compitiendo para el mismo equipo, y eso hace mucho por el nivel de juego”, dijo. “Si yo hubiese escogido seguir mi carrera profesional, hubiese salido bien preparado de USC”. 

De una forma similar piensan los padres de Wilmarie Rivera y de Jon Henry Rivera. Estos creen que lo mejor es ir a un programa grande, pero igual comienzan a creer que también es valioso pensar en el tiempo de juego.

“Hay que ir a un programa en que jueguen porque en Puerto Rico (ligas superiores y selecciones nacionales) los van a usar. Wilmarie tiene que estar tocado bola viva”, lamentó Wilmar Rivera, padre de Wilmarie, quien es egresada de St. Francis School de Carolina.

“No niego que he pensado qué hubiese pasado (de haber escogido otro programa), y como familia a uno le duele porque uno lo quiere ver jugar. Pero 100 por ciento digo, como coach, que John Henry está en las Grandes Ligas”, agregó el padre de Jon Henry, un jugador de 6’6” de estatura egresado del colegio San Ignacio. 

Casos que contrastan

Sus casos contrastan con el mejor prospecto que salió de aquí en el 2016, el esquina Pelegrín Vargas, un 6’3” de estatura, egresado del colegio San José de Río Piedras que dos veces fue escogido Mejor Jugador Escolar por Onda Deportiva.

El hijo del exvoleibolista estrella que lleva el mismo nombre escogió para jugar y estudiar para un programa mediano en la NCAA, el la Universidad de Purdue (campus Fort Wayne). En su primer año, Vargas ya es uno de los líderes de equipo y es su máximo anotador.

Fort Wayne es ciertamente un programa mediano, pero basta señalar que de ahí salieron jugadores como Héctor ‘Picky’ Soto y Raúl Papaleo para entender que su calidad es buena también.

Ver a su hijo jugar con éxito, le da alegría a Vargas padre, no solamente por orgullo, sino porque se dio cuenta que fue la decisión correcta el escoger un programa mediano versus el de la Universidad del California en Los Ángeles (UCLA) que también le pretendió.

“Sí, hay que jugar. Obviamente todos los hijos nuestros van con la ilusión de jugar. Lo peor del mundo es hacer una aportación (de dinero), que a veces sobrepasa de $20,000 y tu hijo hace todas las prácticas, sufre el entrenamiento, los viajes, y no juega. Debe ser doloroso en contraposición de tu entrar a un programa de menos nivel y que puedas en algún momento aportar, jugar o ser una buena sustitución”, dijo Vargas padre.

Uno de los mejores prospectos del 2017, el opuesto Gabriel García, ya escogió un camino más o menos parecido al de Vargas. García irá a jugar a la más competitiva conferencia en la NCAA, la Mount Pacific, en la que juegan USC, UCLA, Peppedine, Standford, y Brigham Young (BYU), entre otras potencias. Pero la universidad en la que jugará, Cal Baptist, es una de bajo perfil en comparación con los monstruos del oeste.

Históricamente, el voleibol boricua ha tenido éxito en programas grandes de la NCAA. Testimonio de esa historia son los múltiples campeonatos en que han estado involucrados jugadores boricuas, desde Ricky Amon (UCLA) en los 80, a Greichaly Cepero (Nebraska) en los 2000, a Dennis del Valle y Paulina Prieto Cerame (ambos Penn State) en los 2010.

Vargas padre notó, en su estudio del mercado NCAA para ayudar a su hijo en tomar una decisión, que el reclutamiento actual de los grandes programas californianos en la rama masculina cambió en comparación a los años 90, lo que afecta a los boricuas y, tal vez, es la razón por la que Jon Henry Rivera está viendo poca acción en USC.

Vargas dijo que California busca cada vez más jugadores físicamente grandes.

“Y nosotros”, agregó Vargas padre, “nunca nos hemos caracterizado por el tamaño. Un opuesto nuestro de 6’5 tiene que ser un caballote”.

“El tiempo dirá”

Sobre estas interrogantes que se levantan por los casos recientes o actuales fue consultado el actual dirigente de la Selección Nacional adulta de Puerto Rico, Ramón ‘Monchito’ Hernández, quien, por cierto, triunfó y ganó como jugador en los 90 en el exitoso programa de Penn State.

Hernández no dudó que el progreso de Wilmarie Rivera y Jon Henry Rivera se estanque por falta de juego. El Jugador Más Valioso del partido de campeonato de la NCAA del 1994 explicó que, sino juegan, los boricuas deben aprovechar la excelente preparación física y técnica que esos programas ofrecen.

“Cada caso es distinto. Habría que esperar a ver. Toma el caso de Ana Sofía Jusino, quien no jugó mucho en Arkansas y lo está haciendo bien con las Criollas de Caguas como novata este año", dijo Hernández.

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