Las escuelas vocacionales son una alternativa para los estudiantes que no les interesa el curso regular. Sin embargo, los requisitos de admisión a éstas hace que sea cuesta arriba que algunos grupos –como los de educación especial– puedan entrar. (Primera Hora / Andre Kang)
lunes, 30 de enero de 2012
Rosita marrero / Primera Hora
La escuela los deserta... sólo les queda la calle.
A juicio de muchos, las escuelas vocacionales públicas no satisfacen las necesidades apremiantes de una población joven de estudiantes que, por diversas razones, no pueden aspirar a una educación universitaria, pero sí obtener unas destrezas que les garanticen un ingreso, evitando que caigan en las garras de la economía ilegal y el narcotráfico.
Muchos jóvenes –incluyendo discapacitados, de educación especial o con limitaciones académicas– no pueden aspirar a una profesión, pero sí a un oficio.
Muchos tienen problemas en sus hogares, por lo que se ven obligados a buscar un trabajo.
Si se les diera la oportunidad de desarrollar unas destrezas, pudieran ganarse la vida como plomeros, barberos, electricistas, estilistas, mecánicos, reposteros, costureros, diseñadores, dibujantes, entre muchas opciones.
Podrían inclusive crear su propia empresa y ofrecer un servicio honrado a su comunidad.
Se ha establecido que existe un vínculo entre la deserción escolar y la delincuencia. ¿Por qué no rescatar a los jóvenes antes de que caigan en las garras del crimen?
“Mi esposa es maestra de educación especial y nos ponemos a hablar de los estudiantes. Nos preocupa el hecho de que, cuando los estudiantes no pueden ir a la universidad, tengan un oficio. Pero, para entrar a una vocacional, tienen que tener un buen promedio y los promedios de los estudiantes de educación especial tienden a ser más bajos. No le dan oportunidades para entrar a las escuelas vocacionales. ¿Qué les queda? La deserción”.
Este testimonio, de una persona que prefirió no identificarse, retrata la realidad que enfrentan cientos de niños de educación especial.
Wanda Rivera, nombre ficticio, es maestra de educación especial en una escuela de Bayamón. A la educadora le preocupa y angustia que sus estudiantes no puedan ser aceptados, por ejemplo, en la Escuela Ocupacional Tomás Ongay, en Bayamón.
“En esta escuela sólo toman el 10 por ciento de los estudiantes de educación especial. Según las leyes y las estipulaciones de la vocacional, ellos no toman en cuenta el promedio”, dijo.
“Cuando mis estudiantes de escuela intermedia van a pasar a superior, en esa escuela Ongay, que es ocupacional vocacional, sólo admiten un 10 por ciento de los estudiantes de educación especial, pero no sólo de Bayamón, sino de Comerío y otros pueblos”, expuso.
En esa escuela, agregó, se ofrecen cursos de mecánico diesel, hojalatería, enfermería, floristería mecánica. Tienen un taller para estudiantes de educación especial con condiciones bien severas y que no pueden ir a la universidad.
“Ellos te ponen en los papeles promedio de 2.50, pero la realidad es que es de 3.00 puntos para arriba. Yo estoy segura que escogen los que tienen mejores promedios”, acotó.
Rivera expresó la frustración acumulada durante su extensa trayectoria como educadora.
“Es luchar contra un sistema durante 25 años. Es bien cuesta arriba. El pasado año fue bien difícil. Este año escolar me tengo que enfrentar de nuevo al sistema, luchar para que seleccionen a mis estudiantes”.
Justo Méndez, director del Proyecto Mi Casa, que acoge a desertores para que continúen sus estudios, coincidió en que los requisitos para entrar a una escuela vocacional son los más exigentes.
Si en esas escuelas que son especializadas en talentos y vocaciones no hay cabida para estos jóvenes que no corresponden a la corriente regular, se verían forzados a dejar la escuela.
Mariana, su hija, es un ejemplo de una estudiante que no le interesaba la corriente regular. En vez, se quiso matricular en un taller de electricidad.
“Cuando lo logramos, estuvo un año reparando una tostadora. Eso fue todo lo que le enseñaron, lo cual la desanimó totalmente”, relató Méndez.
“ A ella la corriente regular no la motivaba en nada. Si no es porque contaba con el promedio y conmigo, se hubiera perdido. La llevé a Nuestra Escuela y se graduó con promedio alto”, dijo.
Mariana, por su parte, reconoce que “no le gustaban los estudios para nada”.
“Pude haber sido desertora escolar. Si mi papá no me hubiese recogido, yo lo sería, porque yo estaba más enfocada en estar fuera del salón que en las clases. No me gustaba para nada lo académico”, relató.
“La universidad no era alternativa”, relató la joven, que ahora es ayudante de preescolar.
“Mi papá me muda para Nuestra Escuela. Entré a la UMET y no me gustó. Me di cuenta que la universidad no era para mí. Me meto a un instituto y estudio cosmetología. Decido volver a la UMET para ver si podía tratar otra vez. Salí embarazada y luego de dar a luz, es que estoy estudiando en John Dewey College y ahí estoy porque quiero dar una mejor vida a mi hija”, acotó.
Mariana considera que el maestro tiene que atraer a los estudiantes y buscarles la vuelta.
“Había una maestra que decía: ‘Yo cobro mi cheque. Allá ustedes’. Eso no debe ser así. El maestro tiene que buscarle la vuelta”, aleccionó.
¿Había otros estudiantes como tú?
La mayoría. Por eso hay tanta deserción, tanto estudiante fuera. La culpa es de los maestros y los padres porque no recogen a sus hijos. Mi papá me recogió a tiempo, y de los maestros que hacen las clases aburridas.
¿Crees que es justo echarles la culpa a los maestros?
El sistema y los maestros.





