Mi caja de herramientas
lunes, 6 de febrero de 2012
Un día estaba esperando a que uno de los ejecutivos del banco se desocupara para ayudarme con una transacción. Otra de las empleadas del banco pasó y me vio leyendo. “¿ése es tu nuevo libro?”, me preguntó. Le expliqué que era el libro que acababa de escribir una amiga. “El que yo estoy escribiendo ahora va a ser sobre cómo prepararnos para la muerte y las pérdidas”.
El rostro de aquella mujer se llenó de tristeza. “Acabo de perder a una amiga que era bien joven y no puedo ni hablar de ella porque lloro”. Sin embargo, me contó la historia completa de cómo aquella mujer de cuarenta y nueve años, completamente llena de vida, había muerto en cuestión de dos semanas a raíz de un accidente leve.
Otra clienta que estaba sentada a mi lado, se unió a nuestra conversación. “Estoy de acuerdo con Lily en que debemos prepararnos para la muerte”, comentó. “Mi abuela murió hace poco con noventa y ocho años y, a pesar de que vivió una vida larga y productiva, no quería irse”. Nos contó cómo la familia hubiese preferido que la abuela se fuese en paz, algo que no se dio porque no estaba preparada para soltar sus apegos.
Cuando me tocó el turno le comenté a la ejecutiva que me atendió acerca de la interesante conversación sobre el tema de la muerte. “Ay, no me hables de eso”, me dijo. “Yo de la muerte no puedo hablar; ni de la de otros, ni de la mía”. Le pregunté por qué, y ahí comenzó a abrirse contándome acerca de sus miedos.
Ese ratito que pasé en aquel banco sirvió para confirmarme dos cosas que ya sabía. Primero, que la palabra “muerte” significa algo distinto para cada persona, pero siempre abre la puerta a espacios más profundos. Segundo, que uno puede conectarse emocionalmente con otros en cuestión de minutos cuando hacemos las preguntas correctas y nos abrimos a escuchar las respuestas. Les invito a que hagan el intento.
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