Terremoto en Haití: crónica de nuestros reporteros - Día 1 (13.1.10)
Los heridos se acumulan en un hotel destruido en Puerto Príncipe, en espera de ayuda médica. (Enviado especial / Luis Alcalá del Olmo )
jueves, 14 de enero de 2010
Mabel M. Figueroa Pérez / Enviada Especial
Puerto Príncipe. El olor a muerte en la capital haitiana penetra en los pulmones. La imagen de los cadáveres tirados en las aceras, llenos de moscas y con sus familiares vivos a sus pies sin abandonarlos, te destroza el alma.
La noche cayó y Puerto Príncipe seguía repleto de gente.
No tienen a dónde ir. Las historias se repiten: perdieron sus casas y a los suyos.
Pero, la noche trajo consigo también el cantar de alabanzas por cada esquina, reclamando al cielo la ayuda que no llega, que no se ve, que es urgente en este país azotado.
Están acostumbrados a la miseria, pero lo que vive Haití, el país más pobre de este lado del mundo, tras el terremoto de 7 grados que jamaqueó su tierra y destrozó sus vidas, va más allá de lo imaginable.
No hay electricidad ni agua. No hay comunicaciones. No hay casas. No hay ministerios. Lo que hay es el desgarrador relato de los sobrevivientes y la esperanza de muchos de encontrar entre los escombros a sus seres queridos.
El terremoto dejó a un gran número de personas atrapadas al derribar miles de edificios, incluidos el palacio presidencial, la cárcel principal, la catedral, hospitales y escuelas.
“Se supone que vivamos amando a Dios, ¿pero dónde está Dios? Él no está aquí”, me dijo Jean Pierre Loubrous con esa rabia y esa impotencia de ver lo que le rodeaba.
Estábamos cerca de la catedral, o mejor dicho, de lo queda de ella.
Justo en ese momento tenía a mi lado a Toto que, descalzo, velaba a su esposa Civile y a Daniel, otro de los suyos. Ambos cuerpos estaban cubiertos con sábanas y arropados por moscas. Es que las palabras se quedan cortas.
Entonces, Cadesty Cedet me llevó a la acera de enfrente donde estaba su familia tendida en el suelo.
“Ésta es mi familia”, dijo mientras destapaba sus rostros como para que viéramos y sintéramos el dolor que los recorre.
Al fondo, la calle estaba repleta de muertos, de escombros, de zapatos… de mucha desesperanza.
Pero si algo me dejó sin habla fue ver los cuerpos inertes de madres con los cuerpitos de sus hijos sobre ellas. Eran varios y estaban ahí tirados, a la vista de todos. Mientras observaba la desgarradora escena, pusieron en la misma acera a un hombre. Pensé que era otro de los fallecidos, pero de momento abrió sus ojos. No podía hablar ni moverse. Lo dejaron allí vivo entre los muertos.
En la carretera sólo se ven camiones de la ONU a toda prisa y a algunos de sus efectivos dando el tráfico. La ayuda no se ve y los haitianos así lo que reclaman.
“El Parlamento se derrumbó. La oficina de impuestos se derrumbó. Las escuelas se derrumbaron. Los hospitales se derrumbaron”, dijo el presidente René Préval al diario The Miami Herald. “Hay muchas escuelas con mucha gente muerta adentro”.
El arzobispo católico de Puerto Príncipe, Joseph Serge Miot, apareció muerto en las ruinas de su oficina y el jefe de la misión de Naciones Unidas estaba desaparecido.
La Cruz Roja estima que hasta tres millones de personas, un tercio de la población nacional, habrían sido afectadas por el terremoto y que llevaría uno o dos días tener una idea clara de los daños sufridos, según el vocero Paul Conneally.
El presidente del Senado, Kelly Bastien, estaba atrapado con otros en el Parlamento y ayer ya no respondía a los gritos de los rescatistas, dijo el senador Youri Latortue.
“Los hospitales no pueden hacerse cargo de todas estas víctimas”, dijo el ex senador Louis-Gérard Gilles mientras ayudaba a los sobrevivientes. “Haití necesita rezar. Todos debemos rezar juntos”.
La ONU dijo que 14 de sus empleados murieron en el derrumbe de su sede central en Haití y 150 permanecían desaparecidos.
Puerto Príncipe es como una bomba de tiempo: cuando se acabe la poca comida que hay todo puede pasar. El calor es asfixiante.
Debo detenerme un instante. Mientras escribo estas líneas, el llanto de un pequeño atrapa mi atención. Es constante. Es desgarrador. Sigo escribiendo, pero sin dejar de pensar que a la afueras del hotel Villa Creóle, donde dormiremos en el área de la piscina porque está destrozado, cientos de personas pasarán la noche a sus puertas, tirados en el piso, esperando un día más.
Un recorrido por la ciudad nos dio un bofetón en la cara.
La Universidad de Puerto Príncipe era el epicentro del dolor de muchos.
Entre sus escombros se podían ver los cuerpos de al menos seis estudiantes. El olor en ese punto era muy fuerte, como si hubiese más cuerpos atrapados entre sus tres pisos de escombros.
“¿Por qué me haces esto, Señor? ¿Por qué le haces esto a Haití?”, gritaba una mujer cuyo esposo permanecía desaparecido. Ella dijo que lo escuchaba. No hay quien le ayude a rescatarlo.
“El esposo de mi cuñada vino a tomar una clase y no aparece desde el día del terremoto. La casa donde vive se derrumbó, su esposa y su hijo de un año se salvaron, pero él no aparece. Su carro está ahí afuera y por eso pensamos que está entre los escrombros”, narró Isaac Michel a este diario mientras un grupo de jóvenes lloraba a su lado.
El Palacio Presidencial está en ruinas y unos pocos hombres con herramientas rudimentarias trataban de hacer lo poco que podían con los escombros.
“La realidad ambiental de este país es que habrá más (desastres). No hay voluntad del Gobierno, ni recursos para reconstruirlo”, dijo Ronald Beldon, un agrónomo haitiano.
Frente al Palacio Presidencial, en un parque, miles de personas entonaban cánticos de alabanzas. En un lado de la acera, los escombros y los fallecidos. En el otro lado, los que siguen esperanzados en que los ayuden.
A las 5:20 de la tarde, la tierra se jamaqueó otra vez. Fue una réplica corta, pero fuerte.
Miles de personas se apoderaron de la Plaza de Petion. Allí se bañaban y se lavaban los dientes con el agua contaminada y sucia de sus fuentes. Reían y cantaban mientras se refrescaban.
Con información de AP




