El diablo los junta

El diablo los junta

viernes, 3 de febrero de 2012

Los llaman "indígenas en aislamiento voluntario", pero no sé si el término está expresado desde su punto de vista o del nuestro. Son pueblos primitivos que han logrado mantenerse aislados de la civilización a pesar del incontenible avance de la modernidad.


En el mundo, existen aproximadamente cien pueblos indígenas que viven separados de la sociedad contemporánea quién sabe desde hace cuántos siglos o milenios. En la gran mayoría de los casos, el aislamiento es un accidente histórico pero, en otros, pienso que es una afortunada realidad.

No obstante, aunque realmente no tienen contacto con el presente estado del mundo, éstos sí han visto y escuchado el alboroto tecnológico de avionetas y botes que marginalmente pasan por sus territorios. Aún así, éstos han podido subsistir en sus tierras natales y sostener sus primitivas costumbres sin que nadie los exponga a estilos alternos de vida. 


Para asegurar la continuidad de esa vida, gobiernos como el de Brasil han legislado para prohibir el contacto con estos pueblos, entre otros, por considerarlos en peligro de extinción. Y eso es mucho decir porque identificar una especie animal o vegetal que esté mortalmente cerca de desaparecer ocurre gracias a que existen profesiones y organizaciones dedicadas a eso. 

Pero en el caso de una población humana, me llama la atención que seamos capaces de señalar a un grupo sobre otro ya que, a fin de cuentas, la gente es gente y hay siete billones de nosotros de polo a polo --es decir, ni remotamente en peligro de extinción. Aparte de que nos exterminamos a diestra y siniestra como cosa de todos los días.

Claro, no me opongo a esta designación, sobre todo, si ayuda a garantizar la conservación de un valioso tesoro antropológico como lo son estos pueblos. Sin embargo, clasificarlos como una especie en estado crítico implica que, no sólo tenemos la capacidad de reconocer que hay culturas y sociedades que valen la pena ser salvadas, también asuminos nuestra responsabilidad de rescatarlos.

Desafortunadamente, en este caso no podemos recurrir a las estrategias acostumbradas puesto que no podemos criarlos en corrales protegidos ni trasplantarlos a nuevos hábitats. Tampoco podemos clonarlos ni fomentar en ellos el sexo reproductivo en cautiverio.

Son gente, y como tal, sólo nos resta dejarlos solos, mantenernos lo más lejos posible para que nuestras malas costumbres no los contagien con los padecimientos que, de una forma distinta pero igual de compleja, también tienen al ser humano moderno al borde de la extinción. 

Tristemente, es mucho más fácil donar par de pesos a una organización ambiental que evitar que los contactemos. No estamos hablando sólo de los desarrolladores, los mineros y los leñadores que invaden sus tierras por dinero, también hay aventureros ecológicos, biólogos, científicos sociales, misioneros y hasta turistas curiosos que no pueden resistir la tentación de llegar hasta sus aldeas para conocer a esta reliquia humana.

Quién los culpa. Para mí representan un fósil viviente de nuestro origen, de una época más simple y más pura. Yo también querría verlos, aunque fuera de lejitos, maravillado como quien se asoma a ver cómo viven los ricos. 

Pero recordemos que ellos nunca se aislaron. Nosotros los cercamos. A pesar de que no los habíamos visto hasta ahora, estos pueblos se establecieron donde mejor podían vivir y ahí han estado desde entonces. Por eso pienso que cuando las autoridades usan el término aislamiento no están hablando de la forma como viven estos pueblos sino del estado que tenemos que propiciar nosotros para salvarlos.    

En el catálogo de especies que habitan en este planeta, el ser humano es un mamífero más. Pero en el ocaso de esta fatigada civilización moderna, el ADN de estos pueblos es patrimonio de la humanidad.

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