lunes, 21 de junio de 2010

Hace unos días, un albañil estadounidense compró un pasaje para Pakistán y viajó al Medio Oriente nada menos que para matar, por su cuenta, a Osama Bin Laden. Resulta que Gary Brooks, confesó el miércoles pasado que lo hizo porque Dios le encomendó vengar los ataques terroristas del 11 de septiembre en Nueva York.
El caso resulta muy interesante, primero, porque demuestra que cualquier loco con dinero en el bolsillo puede viajar a un país en guerra y poner en marcha su propia lucha. Pero eso no es nuevo. Segundo, me parece fascinante la posbilidad de que el ciudadano común, sin lazos con ninguna organización, el gobierno ni las fuerzas armadas, tome la captura de Bin Laden en sus propias manos.
Imagínese, por ejemplo, que una mesera de Miami, un abogado de Springfield o una manicurista de Orocovis piense que él o ella puede hacer un mejor trabajo que las agencias de inteligencia estadounidenses. Imagínese que de repente, como una mamá enfogoná, se pare y diga: "¡Ahora tú vas a ver!", y se tire para Afganistán o sabe Dios dónde a matar al terrorista más buscado de este siglo.
Primero, que sería formidable que la CIA, la NSA o las fuerzas armadas contaran con el apoyo insospechado del average Joe, como dicen los americanos. Viendo las noticias, ese fulano o esa mengana, como si se tratara de un superhéroe incógnito, soltaría el control remoto de la tele y se metería en la boca del lobo con todo y tenis.
No sé si estoy demente pero pienso que a lo mejor lo lograrían. Más vale maña que fuerza. Bin Laden podrá esconderse de todo un ejército, pero no tanto de una persona común y corriente. Por otra parte, el ejemplo de este ciudadano serviría para inspirar a otros a tomar la justicia en sus propias manos, desde su comunidad hasta el otro lado del mundo.
Aunque es verdad que habría Rambos por ahí linchando ejecutivos de Wall Street o torturando a políticos como Fortuño, también pienso que escuadrones de señores y doñitas, de esos que siempre opinan sobre cómo hacer las cosas, habrían puesto fin a la huelga de la UPR, sellado el escape de petróleo en el Golfo de México o liberado al pueblo de Palestina.
El problema es que la gente no se motiva, no se inmuta. Basta con ir a cualquier friquitín donde la gente comenta sobre los sucesos del momento para descubrir cómo resolver los problemas del mundo. Sin embargo, nadie mueve un dedo. Pero ya lo dijo Tito Kayak: "Con la boca es un mamey".
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