Lo sé, lo sé: “¡¿OTRA película de Blancanieves?! ¿Qué no fue suficiente con las dos que vimos el año pasado?”, usted se preguntará, y mi respuesta es “sí, pero ninguna como esta”. 

Lo único que comparte el largometraje español Blancanieves, del director Pablo Berger, con Mirror Mirror y Snow White and the Huntsman –además de basarse en el clásico cuento de los hermanos Grimm, por supuesto- es que los tres han resultado visualmente impactantes. Mirror Mirror gozó del exquisito ojo del cineasta Tarsem Singh y los maravillosos vestuarios de Eiko Ishioka, mientras que Huntsman contó con unos tremendos efectos especiales y una llamativa estética por parte del novato Rupert Sanders. Sin embargo, ninguno de estos dos logró capturar la magia de la historia original –ni la del cine- del mismo modo que lo hace Berger en su segundo filme. 

Berger fusiona en su propuesta dos tendencias actuales dentro del séptimo arte: las adaptaciones cinematográficas de cuentos de hadas y la nostalgia por el cine mudo que resurgió en el 2011 con la oscarizada The Artist y continuó  el pasado año con la sublime Tabu (sin mencionar lo que ha estado haciendo el director canadiense Guy Maddin a lo largo de toda su carrera, claro está). El resultado llevará al éxtasis a los amantes del cine, particularmente los que tienen paladar por lo gótico y la fotografía blanco y negro.


El cuento ya lo conocen: joven doncella escapa de las garras de su vil madrastra y halla santuario entre un grupo de pequeños amigos, que en este caso son seis, no siete. Berger condimenta su guión con tintes españoles, como el flamenco, los gitanos y las corridas de toros, antes de llegar al punto de la historia que todos conocemos. El cineasta realiza bienvenidas variaciones al texto de los Grimm, particularmente en la manera como se resuelve el argumento, dándole un nuevo giro al cuento de hadas que mantiene al espectador ante la expectativa de lo desconocido. 

Macarena García debuta encomiablemente en la pantalla grande como “Carmen” (Blancanieves), la hija huérfana de madre que debe lidiar con la nueva pareja de su padre, “Encarna”, interpretada por Maribel Verdú con malévola teatralidad. El expresionismo de las actuaciones en combinación con la gloriosa cinematografía de Kiko de la Rica y la admirable dirección de Berger -exuberante en la estética del cine mudo pero sin miedo a innovar sobre ella- transporta al espectador a esa añorada época del cine, la de Mélies, Dreyer y Murnau. La oportunidad que ofrece Berger de regresar a ella vale oro. 

Blancanieves se exhibe desde el jueves, 30 de mayo, en las salas de Fine Arts Café.