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Por Mario Alegre Femenías

Sin subtítulos

Retro(per)spectiva: Die Hard

02/13/2013
DIE HARD (1988).- Dirigida por John McTiernan. Protagonizada por Bruce Willis, Alan Rickman, Bonnie Bedelia y Reginald VelJohnson. Clasificada R. Duración: 131 minutos.

Retro(per)spectiva es un espacio dedicado a darle una nueva mirada a un viejo filme, que de alguna forma es pertinente en el presente, desde el punto de vista que ofrece el paso del tiempo.

Si piensa en el género de acción y Die Hard no es una de las primeras dos películas que le viene de inmediato a la mente, es porque usted no ha visto Die Hard.

Die Hard es el I Ching de la acción, la vara con la que se mide todos sus exponentes desde 1988 hasta el presente. Es la cúspide de la época dorada de este género en Hollywood y, al mismo tiempo, la que se fue en contra de todo lo que se esperaba de él para ese entonces.

Trate de trasladarse mentalmente 25 años al pasado, cuando el simple nombre de las máximas figuras de acción –Schwarzenegger, Stallone, Norris- era capaz de vender cualquier estreno independientemente de su calidad. The Running Man no se llamaba The Running Man, se llamaba SCHWARZENEGGER. Abajo, encima de los créditos, en letras más pequeñas, estaba el título, porque no importaba. Bruce Willis no era ni el trigésimo octavo nombre en esa lista. No estaba en la lista, punto.

Willis era “David Addison Jr.”, el personaje principal de la simpatiquita serie de televisión Moonlighting, acerca de un detective privado, que se transmitió entre 1985 y 1989. ¿Cómo acabó este tipo en una de las mejores cintas de acción en la historia? Gracias a una muy buena fortuna. Die Hard empezó como una secuela a Commando (1985) hasta que Arnold Schwarzenegger rechazó el papel porque no quería repetirse. El libreto de Steven de Souza fue reescrito como su propia película, basada en uno de los libros favoritos del guionista, Nothing Lasts Forever, de Roderick Thorp.

Pero aun así, nadie quería hacerla. Sylvester Stallone, Mel Gibson, James Caan, Burt Reynolds, Richar Gere, Harrison Ford, Don Johnson… a todos se les ofreció el papel protagónico, pero todos lo declinaron. Y así llegaron a Willis, un hombre de apariencia común, sin enormes músculos ni experiencia en este tipo de producción, pero esa era exactamente una de las cualidades que distinguirían a Die Hard y la convertirían en un clásico.

El personaje del detective niuyorquino John McClane definió la carrera de Willis. Nadie esperaba ver al actor de Moonlighting en una cinta de acción, pero eso abonó al éxito de la producción: McClane es un héroe inesperado, víctima de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, como ha sido a lo largo de la franquicia. En el caso de Die Hard, el lugar y el momento es el edificio Nakatomi Plaza, en Los Ángeles, en la víspera de Navidad.

Contrario a lo que hoy es la norma, Die Hard no arranca con una explosiva secuencia de acción. El director John McTiernan se toma su tiempo estableciendo a los personajes y otros elementos dentro de la narrativa que serán vitales para su desarrollo. Como piezas en un tablero de ajedrez, el cineasta está dos o tres pasos adelante del público, y lo que aparenta ser un gesto cualquiera capturado por la cámara, como virar boca abajo un retrato familiar, tiene consecuencias monumentales en la trama, del mismo modo que la diferencia entre el nombre de casada o soltera de Holly, la esposa de McClane -interpretada por Bonnie Bedelia- es utilizado para agregar más tensión al filme.

La entrada de Hans Gruber –encarnado por el gran Alan Rickman- a la ecuación, coincide con el inicio de la acción. Gruber y sus secuaces toman posesión del edificio para cometer un robo con fachada de misión terrorista. El papel de Gruber es indispensable para la efectividad de la cinta, pues un héroe sólo es tan bueno como su enemigo. Rickman lo encarna con gran elocuencia y sofisticación. Es un personaje inteligente, un digno rival, lo cual no era lo normal en los 80, cuando los villanos eran mera carne de cañón, caricaturas, para ser destruidos por los musculosos protagonistas.

En Die Hard quienes carecen de inteligencia son las autoridades. La Policía y el FBI son representados como completos imbéciles –con excepción del sargento Al Powell, por supuesto- tomando una mala decisión tras una mala decisión. En cierto punto, McClane los señala como “you macho assholes”, porque lo son y así se expresan, en especial los del FBI, que se comportan más como sociópatas que los propios villanos. Y es que Die Hard, si se observa bien, es una película anti-macho.

En más de una ocasión la cinta hace referencia a otros componentes básicos del cine de acción. Gruber le pregunta a McClane si es otro de esos americanos que vio Rambo demasiadas veces, un típico John Wayne, y en otro momento se hace mención de Schwarzenegger por nombre. Esto podría ser despachado como una simple casualidad, pero si se analiza podría llegarse a la conclusión de que Die Hard está haciendo un comentario acerca del género para esta época.

Como dije, McClane es un héroe inesperado. La mayoría del tiempo no está seguro de lo que está haciendo. No es el tipo con el plan. Su estrategia es improvisar para contrarrestar la clara desventaja en la que se encuentra desde el principio, no sólo en número, sino en armamento (empieza con una pistola). Sus municiones no son infinitas e incluso en una secuencia se le ve con la mirada llorosa, en un momento de reflexión, cuando cree que la suerte se le está acabando.

¿Un héroe de acción llorando? Insólito, pero así es. Ninguno de nosotros nos podríamos comparar con John Matrix, en Commando, ni John Rambo, en Rambo: First Blood Part II, pero en ese instante, cuando McClane demuestra su vulnerabilidad, todos nos podemos identificar con él, y le vamos a él, y cuando al final sólo le quedan dos balas y un rollo de “tape”, confiamos en que encontrará la manera de sobresalir, pero la clave yace en que lo vemos abatido, sangrando, cansado. Es un héroe accidental, pero más que todo, humano.

De hacerse hoy, a mitad de película sería revelado que McClane es un ex Marine o Special Forces, con destrezas letales, como hicieron muchas de las copias que vinieron después, y vaya que hubo muchas. ¿Under Siege? Die Hard en un barco. ¿Passanger 57? Die Hard en un avión. ¿Speed? Die Hard en una guagua. ¿Toy Soldiers? Die Hard en una escuela. ¿Die Hard 2: Die Harder? Die Hard en un aeropuerto. Ninguna de las secuelas ha podido ni tan siquiera acercársele a la cinta original, pero esa es una hazaña imposible cuando el pedestal se coloca tan alto.

Antes de que la frase “Yippee-ki-yay, motherfucker” se convirtiese en un cliché, algo que McClane TIENE que decir antes de despachar a alguien o hacer algo cool, hubo un detective de Nueva York que la expresó como un simple comentario burlón para cucar a su oponente, quien al final del filme lo repetiría como sus últimas palabras. McClane no estaba tratando de ser un  “badass” en Die Hard como lo ha sido en los capítulos subsiguientes. Su objetivo era sobrevivir y su sarcasmo era una de sus pocas armas, un mecanismo de defensa. Es el hecho de que lo haya logrado, descalzo, tras caminar sobre vidrios rotos, lanzar cuerpos por ventanas y tirarse de un edificio sujetado por una manguera de incendios, lo que al final lo hizo uno de los grandes héroes del cine. Porque se lo ganó, y no ha habido otro como él.