Entre las duras experiencias que el paso del huracán María le hizo vivir, la separación de su hijo mayor ha sido la que más tocó la fibra de la actriz Luisa de los Ríos.

Pudo lidiar con los días largos sin luz. La dificultad para encontrar alimentos y gasolina. Y el golpe de un país en crisis tras aquel fatídico 20 de septiembre de 2017. Pero la ausencia física de Diego, producto de su pasada relación con el actor Jaime Ruiz Escobar, no era una opción considerada. 

“Nunca, nunca, nunca. Eso no era una posibilidad. No y no”, confiesa sobre el joven de 21 años, que rehace su vida en Texas. “Me fui con dos hijos y regresé con uno”.

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Aunque la residencia donde viven en Caguas no sufrió daños mayores, a solo pocas semanas del huracán el esposo de la artista la convenció para aceptar la propuesta de ir a pasar un tiempo en Texas con su madre ante la crisis de la Isla, mientras él se quedaba en Puerto Rico cumpliendo con su compromiso laboral. “En una ocasión no supimos llegar a casa, no reconocíamos el camino por la devastación del huracán”, recuerda.

“(Mi madre) me decía, ‘mejor vénganse para acá para que estén cómodos. Yo siempre digo a modo de chiste que mi esposo quería que nos bañáramos (ríe)”.

En el aeropuerto, las cuatro horas de anticipación requeridas para viajar le parecieron eternas, pero comprensibles. “En algún punto pensé que era mucho, pero fue justo el tiempo para entrar”.

Sus dos varones -Diego y Renzo, de 11 años, este último con su actual esposo, Pedro Ortiz-, así como la hija de este, Odeily, de 18 años, la acompañaban.

“Era todo bien dramático”, aún recuerda. “Los boletos eran manuales. Un abanico porque en el aeropuerto no había aire. Tenían planta para lo justo. Estábamos derretidos”. También comparte cuando “mi hijo mayor le pregunta a la asistente en el counter que si haremos el vuelo y ella rompió en llanto”.

Durante el despegue, la pesadumbre reinaba en el ambiente, recuerda la artista. “La azafata habló un español puertorriqueño. Nos echó la bendición. Era otra hermana. Otra pariente. Y cuando el avión sube había un silencio sepulcral y lo que se escuchaba eran las narices de la gente, llorando. Fue de moco tendido el vuelo, todo el mundo mirando la Isla”.

El vuelo hizo escala en Fort Lauderdale (Florida). Lo tiene bien fresco en su mente porque aún no sale de la impresión al interactuar con una pasajera que, al aterrizar, le cuestionó si se trataba de Orlando (Florida). Cuando la artista le aclaró el destino, volvió a cuestionar. “‘¿Eso es como Orlando?’, me preguntó. Ella compró un boleto y dijo que llevó todos sus documentos, todas sus identificaciones, y que iba a buscar trabajo. Donde aterrizara el avión ahí ella (iba) a tratar de hacer vida”.

Su llegada a Texas, donde también vive su hermana, estuvo marcada por la ilusión de recuperarse tras el trago amargo del huracán, pero convencida de regresar a su isla. “Mi esposo y yo hablábamos una vez al día cuando él podía cargar su teléfono y subir al expreso”.

La decisión de volver se dio a menos de un mes de estar allá. El anuncio del reinicio de clases en el colegio donde estudia su hijo menor fue una razón de peso.

“Le dije a mi esposo ‘compra tres pasajes’, el de mis dos hijos y el mío, porque él ya había comprado el de la niña. Mi hijo mayor ahí es que me dijo que compráramos dos nada más porque él se quedaba. Afortunadamente, en la universidad que él quería lo aceptaron inmediatamente”, menciona sobre el ex estudiante de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Cayey. 

“Yo cerré los ojos, aguanté la respiración y me metí bajo el agua. Yo no pude dedicarme tiempo a analizarlo porque el corazón no me lo permitía. Así que no lo analicé. Confié en Dios que esa era la mejor decisión para él y me ocupé de mi hijo menor, que a él le dio mucho trabajo manejar esa situación”, confiesa la actriz.

La también animadora entiende que los recuerdos amargos persistirán en su memoria por un largo tiempo, similar a la realidad de tantos otros boricuas. Ha pasado poco más de seis meses, y sabe que muchos preguntarán “¿por qué seguir hablando de María?”. Pero tiene la respuesta. “Porque fue un trauma muy grande, porque todavía a hay mucha gente que está en el mismo punto de aquel 20 de septiembre”.

Dentro de la experiencia, le resultó imposible no devengar enseñanzas. “(Aprendí que) lo único que yo tengo es (el) ahora. Mi hijo menor, no sé lo que le dije el otro día que se bajó en la escuela molesto conmigo. Cuando regresó por la tarde me dio mil besos y mil abrazos y me dijo ‘mami, es verdad lo que tú dices, no quedarnos molestos porque no se sabe qué va a pasar’. Estuvo todo el día en la escuela pensando que si algo pasaba, lo último que teníamos era estar molestos, y nos hemos dado cuenta de que puedes tenerlo todo hoy y mañana no tener nada”.