El teniente Heriberto Montaner, coordinador de tiro de la Policía, hizo varias advertencias relacionadas con el manejo de armas para que no se repita el incidente en que una joven perdió la vida a raíz de un tiro que se le zafó al hermano. (Primera Hora / Teresa Canino Rivera)
miércoles, 25 de junio de 2008
Sara M. Justicia Doll / Primera Hora
Las dos grandes reglas para evitar accidentes mortales con las armas de fuego son no tener el dedo en el gatillo ni apuntar a una persona mientras se tiene la misma en la mano. Cualquier descuido en uno o dos de estos aspectos podría costarles la vida a una o más personas.
A un día de que la joven Yaushalee Hernández Hernández, de 17 años, muriera a causa de un disparo que se le zafó a su hermano, de 15, cuando compartían el lunes en la tarde con unas amistades en un apartamento del residencial Las Margaritas, el teniente Heriberto Montaner, coordinador de tiro de la Policía, hizo varias advertencias para que no se repita este incidente desgraciado.
Según reflejó el inicio de la pesquisa policiaca, al hermano de Yaushalee se le zafó un tiro de revólver. Cabe señalar que no se sabe el modelo del arma, ya que no ha podido ser ocupada por las autoridades.
De acuerdo con el teniente Montaner, el revólver es un arma compuesta por una masa o cilindro donde van de cinco a ocho balas.
Al ejercer presión en el gatillo la masa gira, colocando una munición paralela al cañón. Una vez la pieza conocida como martillo cae sobre el fulminante, se producen la detonación y el disparo.
“Las dos cosas que jamás se deben hacer con las armas, podemos decir que son la mayor negligencia en el manejo de las armas, son tener el dedo en el gatillo y que la persona comience a apuntar”, explicó el teniente en una visita de PRIMERA HORA al Centro de Adiestramiento de Tiro de la Policía en Isla de Cabra.
Una persona que tenga en la mano un revólver sin el martillo activado tendrá que ejercer una presión de seis a 12 libras para activar el arma. Sin embargo, si el martillo está activado, un mero toque suave, de tres libras o menos, pudiera hacer un disparo mortal.
Esta sensibilidad del arma, sobre todo cuando el martillo está echado hacia atrás, se vuelve aún peor cuando las armas son modificadas en el bajo mundo por los llamados “armeros clandestinos”.
“Éstas son personas que conocen muy bien el interior de un arma, sus piezas, y las alteran en la calle para que la persona no tenga que hacer tanta presión para disparar”, explicó el experto.
Tomando como ejemplo un revólver Smith and Wesson, calibre .357, la velocidad de esta arma no puede ser subestimada. Una bala sale a una velocidad de 1,100 a 1,200 pies por segundo, es decir, “más que la velocidad del sonido”, según explicó Montaner.
Una vez la bala llega al cuerpo pierde su forma original, se abre en forma de hongo, penetra, corta, cercena, destruye y crea trauma en toda parte del cuerpo que toque ya sea órgano, hueso o músculo.
El teniente Montaner demostró ayer en el campo de tiro cómo el cuerpo humano, que consiste mayormente de líquido, se asemeja a un galón de agua que literalmente explota y el líquido se desplaza al recibir el impacto de la bala. Precisamente, es el líquido que tiene una persona en su cuerpo lo que provoca que una bala que entre pueda viajar dentro del cuerpo por un lugar y salir por otro. Por ejemplo, entrar por una pierna y salir por un hombro.
“La mejor forma de evitar accidentes que le puedan costar la vida a una persona es almacenando el arma en su caja con candado fuera del alcance de las personas y niños, no debajo de colchones o encima de clósets”, agregó.





