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Por Lily García

Mi caja de herramientas

Así de fácil

02/04/2013

Los humanos somos seres de costumbre. Podemos acostumbrarnos a todo en la vida y esa costumbre puede, en ocasiones, desconectarnos de nuestra esencia. En el momento en que alguien o algo se convierte en rutina, dejamos de reconocer su valor. Y al dejar de reconocer el valor de las cosas y de las personas, nos convertimos en seres superficiales que todo lo toman por hecho.

Hace unos días, una de mis maestras espirituales ofreció una enseñanza precisamente sobre este tema. Como monja, la venerable Damcho, al igual que todos los monjes y monjas budistas, se comprometió al tomar sus votos, a vivir de la caridad de los demás. Para ellos, todo –por menos que parezca– vale un mundo. Aprecian todo porque cada moneda que cae en sus manos, cada plato de comida y cada artículo que de alguna forma les facilita la vida, es el resultado de la generosidad de otros. Ella nos explicó que para poder cultivar este estado de apreciación consciente y constante, procuran meditar preguntándose lo siguiente: “¿Qué tuvo que haber ocurrido para que esto llegara a vida?”.

Tomemos nuestros cuerpos, por ejemplo, que tanto maltratamos. ¿Pueden pensar en todo lo que tuvo que ocurrir para que tuviésemos el cuerpo que tenemos? Dos personas tuvieron que conocerse hasta el punto de tener intimidad, y ese óvulo tuvo que ser encontrado por uno de miles de espermatozoides para después poder llegar a un feliz término y convertirse en la persona que eres . ¿No crees que algo que necesitó de tanto para poder ser merece un poco de respeto de tu parte?

Piensa en las personas a tu alrededor siempre y que tal vez por costumbre no aprecias como deberías. ¿Cómo llegaron a tu vida? Nada ocurre por casualidad porque todo es resultado de una serie de causas, de sucesos aparentemente inconsecuentes que generan resultados a veces maravillosos. Piensa en eso todos los días y apreciarás más cada instante de tu vida.