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Por Lily García

Mi caja de herramientas

Descubriendo a Obama

01/07/2013

Llegué como siempre al hogar de ancianos donde vive mi tía Lya. Era mi primera visita después de una semana en Tampa celebrando las Navidades. Siempre que regreso luego de un viaje o varios días sin verla, llego preparada para escuchar su regaño. “Me dijiste que venías pasado mañana y ya van como cinco días”, me reclama con cara de pocos amigos. Por el tipo de demencia que padece, ella en realidad no está ubicada en tiempo y espacio. Pero tampoco está tan perdida como parece, porque no me deja pasar una.

En esta ocasión, sin embargo, el recibimiento fue diferente. Antes de entrar a verla, le pregunté a la cuidadora cómo debía esperar encontrarla. “Ay, niña, está feliz. Se acaba de enterar que Estados Unidos tiene un presidente negro”. Tan pronto abrí la puerta del cuarto me recibió con una sonrisa de oreja a oreja y un: “¿Te enteraste?”. “No”, le respondí. “¿De qué?”. Y con lágrimas en los ojos me contó que Estados Unidos había elegido un presidente negro por primera vez y que ella no podía creer que había vivido para verlo. “Tiene un nombre extrañísimo”, añadió. “Y Joe debe estar feliz, pero sus familiares se deben estar arrancando los pelos porque siempre han sido unos racistas”.

Yo no tuve el corazón para decirle que esta era la segunda vuelta de Obama ni que Joe, su marido, con quien espera reunirse en Miami cuando ella salga del “hospital”, murió hace 10 años ni que los familiares de él, si es que queda alguno vivo, nunca se han ocupado de preguntar por ella. No se lo dije porque son pocos los momentos en que la puedo ver así de feliz, así de emocionada, así de conectada con algo que le apasiona. Prefiero meterme en su realidad y disfrutármela con ella.

Hoy, cuando termine esta columna, voy a verla de nuevo. En esta ocasión, además de su cheeseburger y papitas semanales, voy a llegar con una foto de Obama. Y aprovecharé para procurar verlo todo con los mismos ojos que ella lo ve a él, con la ilusión que acompaña a esa primera vez.