Nota de archivo: esta historia fue publicada hace más de 14 años.
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Se dice que toda gran virtud tiene el potencial de convertirse en el más grande defecto cuando perdemos el balance. La inteligencia, por ejemplo, puede llevarnos a la soberbia; la asertividad al deseo de control y la ambición a la sed de poder.
Eso mismo ocurre con la pasión. No conozco a nadie que haya alcanzado el éxito en la vida sin sentir pasión por lo que hace. Cuando vemos a nuestros artistas favoritos en un escenario, sentimos la pasión con la cual se entregan a su arte para regalar su talento a un público. Hoy no estaríamos hablando ni de Jesús ni de Buda ni de la Madre Teresa de Calcuta si no fuese por la pasión que los llevó a dedicar sus vidas a transformar el dolor de otros a través del amor incondicional.
La pasión es tal vez una de las más grandes cualidades que tenemos los puertorriqueños. Somos apasionados cuando amamos, cuando bailamos, cuando cantamos y cuando nos entregamos a ayudar a quien nos necesita. Pero esa misma pasión que construye cuando es sinónimo de entusiasmo y alegría se puede convertir en un arma destructiva que puede fácilmente terminar en implosiones emocionales a la menor provocación.
¿Cómo podemos evitar que nuestras pasiones nos destruyan? Recordando que la pasión debe estar siempre acompañada de la compasión hacia los demás y el respeto a sus propias creencias. La semana pasada uno de los candidatos a la Gobernación me comentó que durante una de sus caravanas alguien le dio una bandera del partido a una señora que estaba viéndolos pasar desde la acera. Tan pronto recibió la bandera, la señora la partió en dos y la tiró al suelo. El candidato me comentó que el gesto le Henry Ford (1863-1947) dolió mucho, no porque la señora no apoyara su causa, sino por el coraje y falta de tolerancia que le demostró.
Este martes, además de escoger a quien administrará nuestro país por los próximos cuatro años, estaremos midiendo nuestra capacidad para la compasión y el respeto. Que tus palabras y acciones sean hijas de la pasión que nace del entusiasmo y no de la que nos ciega y nos separa.

