Lo bueno se pega
10/08/2012
El otro día, cuando mi esposo esperaba para pagar en la caja de un supermercado, notó que el caballero detrás de él tenía pocos artículos y lo dejó pasar. El hombre aceptó sorprendido, le agradeció y comentó lo maravilloso que sería si todos en nuestro país fuésemos así de amables más a menudo.
Al escuchar al hombre, una dama miró a Tom y le preguntó: “¿Usted es el esposo de Lily García?”. “Sí”, le contestó él, ya acostumbrado al asunto. “Por eso es que es tan amable; se le pegó de ella”, aseveró. Medio en broma y medio en serio, Tom le aclaró que, aunque sí ha aprendido cosas de mí, ya era amable antes de conocerme, arrancando risas a los presentes.
Yo doy fe de que Tom siempre ha sido amable. Recuerdo que antes de mudarse a Puerto Rico, cuando iba a visitarlo a California, cada vez que pasábamos por un peaje, pagaba nuestra tarifa y la del vehículo que viniera detrás. Los operadores del peaje siempre lo miraban raro, pero fueron muchas las ocasiones en que los conductores beneficiados por el peaje prepagado nos agradecieron tocando bocina y saludándonos cuando nos pasaban por el lado.
Acá, en Puerto Rico, tendemos a ir a los estrenos de las películas de superhéroes con un corrillo de sobrinos. A veces compramos los boletos por adelantado para evitar filas y, en ocasiones, terminamos con alguno que nos sobra porque alguien no llegó. Otra persona saldría a la fila del cine a venderlos, pero Tom prefiere siempre buscar a una familia con muchos niños, o unos adolescentes que posiblemente estén medio “arranca'os”, y regalarles el boleto.
Tanto a Tom como a mí nos encanta ver las reacciones de la gente ante actos de generosidad inesperados. Son hermosos. Y siempre guardamos la esperanza de que algo se pegue.

