Amores Perros: Un minuto de silencio

09/09/2011 |04:10 p.m.
 
La tragedia del 11 de septiembre sigue muy viva y presente en nuestras mentes y nuestros corazones

Escribo esto, apenas conteniendo las lágrimas por mis recuerdos de los terribles eventos del 11 de septiembre de 2001. De hecho, esta semana traté de ver de principio a fin varios documentales sobre el décimo aniversario de ese aciago día, pero una y otra vez me veía obligada a cambiar de canal.

Como es natural, casi todos los reportajes se enfocaban en las desoladoras imágenes de incontables personas afanosamente buscando a sus seres queridos en medio del inimaginable caos. Abundaron, como era de esperarse, los relatos de héroes anónimos, así como historias de familiares que aquella mañana se despidieron de sus seres queridos sin sospechar que jamás los volverían a ver.

Por mi parte, tengo dos imágenes más firmemente ancladas en mi memoria: las expresiones de desesperación en los rostros de quienes no podían llegar hasta sus mascotas atrapadas en la zona del desastre, y las escenas de los perros de búsqueda y rescate, moviéndose entre los escombros, intentando encontrar personas aún con vida.

Los actos de heroicidad de los humanos no me asombran porque, contrario a lo que los descreídos insisten en promover, la gente es innatamente buena. Dada la oportunidad, una persona tratará de salvar a otra  sin importar el peligro que ello represente para sí porque sabe que es lo correcto y que, de no intervenir,  él o ella no podrá vivir consigo mismo si sabe que pudo ayudar, pero se rehusó a hacerlo.

Sin embargo, a las mascotas de rescate que han sido entrenadas para ayudar a la gente, nunca se les pidió la opinión, nunca se les ofreció la alternativa de declinar su rol de recuperar a las personas vivas o muertas. No obstante, todas realizan sus tareas con el mismo ahínco y compromiso que una persona que conscientemente optara por hacerlo.

Todavía pienso en los perros de rescate, afligidos porque  no encontraban a nadie vivo, y los de recuperación, que se desesperaban porque no hallaban ni los restos de las víctimas. Aún me atormenta pensar en los animales de todas las especies que murieron de hambre y/o sed porque sus guardianes no pudieron llegar hasta ellos.

No sé si algún día recuerde estos sucesos sólo con melancolía, sin desesperación. Pero, por ahora, además de lamentar la monumental pérdida de vidas humanas, guardaré un minuto de silencio en honor de los animales que, de un modo u otro, también fueron víctimas de este horroroso evento en la historia de la humanidad.