Víctor Cabán y su esposa Marisol Mendoza recordaron a su hija Ana María, víctima de un virus que se alojó en su corazón. (Para Primera Hora / Rafael Pichardo)
lunes, 14 de diciembre de 2009
Arys L. Rodríguez Andino / Primera Hora
Ella sabe que una madre no termina nunca de llorar a su hijo, pero al menos ya no hay lágrimas todos los días. A las etapas del duelo entra y sale una y otra vez, pero la búsqueda del aprendizaje positivo, de encontrarle sentido al dolor, la mantiene en pie.
Eileen Figueroa perdió a su hijo de 21 años hace tres. Un homicidio sin resolver cuyos detalles ya no le interesan.
“Lo más que me duele es la nostalgia de no tenerlo”, expresó con serenidad la mujer de 47 años, una de las personas que han encontrado apoyo y esperanza en Los Amigos Compasivos, un grupo al que acuden padres de hijos fallecidos.
De su hijo habla en presente porque “sigue siendo parte de mi vida”. “Gran parte de eso es que he tenido la bendición de que lo veo mucho en sueños y, definitivamente, el grupo de apoyo fue ese bastón, en un momento dado las muletas”, manifestó.
Siente nostalgia de sus abrazos, del “mami, píntate los labios” y de la complicidad del triángulo que formaban junto con su otra hija. “Nosotros tres hablábamos de que tenemos que estar siempre juntitos y seguimos siendo unidos”, aseguró y afirmó que cuando ofrece charlas sobre la pérdida de un hijo siempre dice que ella está ahí con él.
Los tres años que han pasado desde la muerte de su hijo no han borrado los primeros instantes de cuando supo que había sido hallado muerto.
“Esa noche él me dijo: 'Mami, hablamos por teléfono'. Tenía el cuidado de avisar porque yo no duermo. Me acosté tranquila”, recordó. La mañana siguiente, el 17 de agosto de 2006, supo lo que había pasado.
Al principio experimentó negación.
“Me miraba en el espejo y yo sólo quería gritar. Pasas por un proceso en que no caes en tiempo. Cuando finalmente salí a la calle, me paré y quería gritar. Amanecía, oscurecía, las mamás iban a los parques con sus hijos y yo no. El mundo seguía corriendo y el mío se detuvo”, narró.
Aunque cristiana, o precisamente por serlo, le cuestionó a Dios por qué a ella y por qué a su hijo. “Me preguntaba dónde estaba Dios, dónde estaban mis alas de madre que no lo protegieron”, rememoró.
Ahora, dentro del desconsuelo, trata de sacarle algo positivo a la experiencia dándoles apoyo a otros que, como ella, han perdido lo más preciado. “Mi corazón lo va a llorar siempre. Ese dolor no se va a quitar nunca, pero ya no es ansiedad. Siento orgullo de mi hijo, adoro a mi bebé y mientras esté en mi corazón, sigue vivo. El amor que yo tengo por mi hijo es cada día más”, dijo.
A pesar de que la sensación de pérdida se mantiene, ella cree que sí es posible volver a ser feliz. “Quisiera decirte que el dolor pasa, pero no. Estar con otras personas que piensan como yo es lo que me ha ayudado”, afirmó.
A Víctor Cabán también lo han ayudado las reuniones de Los Amigos Compasivos. En ellas encontró consuelo después de perder a su única hija, una chiquilla de cinco años.
Al principio no podía hablar, pero saber que los demás pasaban por lo mismo le dio confianza.
“Fue bien duro. Al mes fuimos a la reunión del grupo. No pudimos ni hablar por el desconsuelo, pero en el grupo encontramos mucha empatía porque todo el mundo había pasado por eso. Poquito a poquito fuimos creciendo”, expuso el hombre de 47 años.
Cuando murió Ana María, víctima de un virus que se le alojó en el corazón, la rabia fue una de las emociones que experimentó Cabán.
“Se nos fue parte del corazón. Uno se pregunta qué hice mal. Mucho llanto, mucho dolor. No sabíamos cómo tratarnos nosotros mismos”, contó sobre una etapa en la que tuvo que aferrarse a un “combo” de ayuda psicológica y espiritual.
Los días de cuestionarle a Dios qué pasó ya pasaron. El enfoque ahora es ayudar a otros padres y criar a su bebé de dos años. “Hemos cambiado como seres humanos. Ahora soy más profundo, cojo las cosas más serias. Ahora somos más espirituales y comprensivos en muchas cosas. Yo creo que somos mejores seres humanos”, analizó.
Cabán está seguro de que no puede haber algo más duro que perder un hijo. “No es ley de vida. No nacimos para enterrar a nuestros hijos. No creo que pueda pasar por algo más difícil. Lo más duro es perder un hijo porque es la continuidad de uno”, manifestó el padre que soñaba con bailar con su hija el día del quinceañero.





