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La invasión

sábado, 2 de agosto de 2008
00:00 a.m.
Leonardo Soriano, primer premio del "Tercer Campeonato Mundial del Cuento Corto Oral"

Aquel grupo de hombres que se bañaba en las duchas de la playa se sintió tan fuerte en su desnudez que salieron a conquistar el mundo. Efectivamente, con gritos estentóreos abandonaron las duchas y se abalanzaron sobre la inerme playa, la, que pronto dominaron. Eso fue sólo el principio; después de someter a las demás personas a los dictados de su desnudez, los hombres siguieron a la calle hasta apoderarse primero de una manzana de casas, después, de la barriada entera, a continuación de todo el reparto y finalmente dominaron por completo la ciudad. Tal como, hicieron antes en la playa, hombres, mujeres y niños, por igual, tuvieron que rendir tributo a su desnudez.

Como a medida que avanzaban se sentían cada vez más fuertes, no tuvieron ningún reparo en apoderarse de las ciudades cercanas, que fueron tomadas en un mínimo de tiempo. Una necesidad crea la otra y así pronto la ola invasora se extendió hasta abarcar tres provincias, ocupadas sin la menor resistencia, ante el terror sobrecogedor de sus habitantes, que impedía cualquier posibilidad de defensa. Fue cuestión de días para que las restantes provincias cayeran en poder de aquellos hombres y para que todo el país se sometiera a los dictados de su desnudez.

El afán de conquista rara vez reconoce límites, y así no pasó mucho tiempo antes que los invasores cruzaran los mares y abarcaran otras tierras; cuyos habitantes les esperaban resignadamente instalados -alguien diría que hasta con cierto confort- en su conformismo, prestos a la entrega total. A un país fue siguiendo otro, con notable precisión hasta que después de conquistar el último, el mundo entero se vio sometido los dictados de su desnudez y una nueva paz, más estable y duradera, sobrevino por doquier. Era el triunfo de la desnudez presentida. Creo que fue entonces que comenzó a llover.

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