sábado, 21 de enero de 2012
Arys L. Rodríguez Andino / Primera Hora
Se la acomodan dentro del pelo, en inofensivos pañales de bebé y hasta debajo de la sotana de un sacerdote.
Quienes la guardan deben tener el corazón acelerado cuando pasan el check point de la cárcel. Un ladrido incontrolable del can que olfatea drogas... y el mundo se les viene abajo.
Sin mencionar las circunstanciascircunstancias, que son múltiples y serias, a la verdad que la creatividad al momento de ocultar cosas para pasarlas a prisión no tiene límites.
Entra una señora con un moño de lo más mono, abultadito quizás, pero de lo más mono. Y resulta que el moño no es otra cosa que un nido para guardar marihuana y cocaína.
En otra ocasión, bastante reciente, una mujer llegó de lo más tranquila con un hamburguer. Más allá del colesterol, los hamburgers son bastante inofensivos, así que no habría que sospechar. No dijeron si estaba caliente o frío, pero, envuelta en un plastiquito y acomodada como si fuera uno de los ingredientes, estaba la droga.
Otro caso, probablemente estudiado antes de ponerlo en práctica, consistió en tragar bolsitas de látex repletas de drogas y, para asegurar que salieran por donde mismo entraron, la transgresora las amarró con un hilito que se ató a una muela.
La mujer, quien debe haber maniobrado bastante para amarrarse la tira, fue descubierta (a lo mejor fue que se rió con las muelas de atrás). Lo único bueno debe haber sido que seguramente no tuvo que tomar un laxante para expulsar la droga, sino halar el hilito como si fuera uno de esos actos de magia donde el mago saca una ristra de pañuelos de colores.
Pero no todo es drogas. Hay otros artículos igualmente atractivos que entran a la cárcel producto de la inventiva.
Un abogado, por ejemplo, que debe haber ido a ver a un cliente preso, pegó el celular al mango del maletín... así, ¡comosinada! La cara de yo no fui no debe haberle ayudado mucho porque el aparatito electrónico fue descubierto.
Un sacerdote (sí, un cura, religioso) pecó de inocente cuando familiares de confinados lo “convencieron” de que sus parientes necesitaban marihuana, celular y dinero. ¡Ajá!
El padre, como buen samaritano, se acomodó la mercancía bajo la sotana y entró al penal como si fuera a dar misa.
¡Ay, Dios! Lo descubrieron.
Aunque siempre existe la sospecha de que muchos de los teléfonos entran gracias a los guardias penales, hay algunos aparatos que salen por esa parte del cuerpo por donde se expulsan desechos. Como un teléfono que sirve no es un desperdicio, de alguna manera se las arreglarán para limpiarlo y empezar a hacer llamadas. Algunas, probablemente, serán de ésas que aseguran que tienen de rehén a un familiar de la persona que, precisamente, contestó el celular.
El asunto de los teléfonos celulares en prisión es tan común que hasta el ex presidente cameral Edison Misla Aldarondo tenía uno.
Su origen no se conoce, así que no se sabe si llegó limpio. El que está medio embarrao con el asunto es él.






