La estatua de Betances

 
 
Bookmark and Share
La estatua de Betances

(Para Primera Hora / Waldemar Lozada)

miércoles, 18 de enero de 2012
Normando Valentín / Para Primera Hora

El pasado fin de semana se efectuaron las Fiestas de la Calle San Sebastián, a las que ahora les han acortado su nombre para convertirse en las SanSe. Al acompañar a mis hijos a dicha actividad, tuve la oportunidad de pasar por el Ateneo Puertorriqueño. Una elegante estatua de Ramón Emeterio Betances adorna su patio. Con sus piernas cruzadas, lucía como silente observador de todo lo que ocurría a su alrededor. Era como si meditara.

La calle es un centro de reunión de todo tipo de personas. Hasta allí llegaron miles, incluyendo a ciertos políticos de turno y de salida. Entre ellos figuró Roberto Arango, quien provocó una improvisación de un grupo de pleneros en “agradecimiento” por modificar la Ley de Música Autóctona. Además fue abucheado y golpeado con botellas de plástico y cerveza. De igual forma, Aníbal Acevedo Vilá, quien se niega a salir de la vida pública y cuya presencia pasó sin pena ni gloria.

Más revuelo causó René Pérez, que utilizando la red social de Twitter desde la famosa calle, abonó a la “buena” fama de su personaje Calle 13. Desde allí dedicó algunas líneas al gobernador Luis Fortuño y a su político favorito, Jorge Santini, a quien volvió a describir como un “periquero”.

René es tan irreverente como genial. Provoca todo tipo de reacciones. La última movida es el debate entre dos intelectuales por las andanzas de este cantante. El escritor Edgardo Rodríguez Juliá criticó a Calle 13. “La popularidad de Calle 13 demuestra que el gusto está en el ‘anus mundi’”, sentenció el escritor. La furia se desató en Roberto Ramos Perea. El dramaturgo abrió fuego contra el intelectual y vaticinó que la obra de Rodríguez Juliá, a quien tildó como “blanquito”, terminará en el Rincón del Vago de Google.

La jarana y el bullicio ahogan esta actividad cultural. Da la impresión de que se convierte en una mera excusa para la bachata y la bebida. Se relega la Feria de Artesanías, y hasta a los vistosos cabezudos, a un segundo plano. Más sorprendente aún, al regresar de las fiestas, una adolescente hablaba en voz alta por teléfono y pidió a sus amigas que le dijeran cuál era el edificio que tenía a sus espaldas. Era el Capitolio. No lo pudo identificar.

¿Dónde quedan sus años de estudio, en los cuales de seguro hablaron de estos edificios históricos y lo que representan? Nada, tiempo perdido. Imagino que tampoco vio la estatua de Betances. Y si la vio al pasar por el Ateneo, quizás se preguntó, “quién será ese viejo”

Si la magia de la película Una noche en el Museo, fuese realidad. De seguro Betances quedaría sorprendido con tanta banalidad en el Puerto Rico del siglo XXI. Es más, a lo mejor, en la soledad de la madrugada, se echaría a llorar.