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Le pone ‘pique’ a la vida

Olazagasti ha conquistado cinco campeonatos durante su labor como dirigente en el Voleibol Superior Masculino y el Voleibol Superior Femenino, pero lo que más le enorgullece es transmitir sus conocimientos a los más pequeños. (Primera Hora / Juan Luis Martínez Pérez)

sábado, 17 de enero de 2009
José Ayala Gordián / Primera Hora

Sus ‘arranques’ de histerismo son legendarios en el mundo del voleibol nacional. Y esa misma energía y fogosidad que les transmite a sus jugadores y a la fanaticada las que ha hecho de Rafael Epique Olazagasti una figura reconocida en el voleibol puertorriqueño.

Jugador por 11 años a nivel superior, mentor en las categorías menores, maestro de educación física, técnico de varias ediciones de las selecciones nacionales y un veterano de mil campañas como dirigente tanto en el torneo superior masculino como femenino, es muy poco lo que Epique no ha realizado dentro de una cancha de voleibol.

De hecho, su peculiar apodo, a diferencia de lo que muchos amantes del voleibol piensan, no tiene nada que ver con los “zapateos” y ademanes por los cuales es reconocido cuando está dirigiendo.

“No, no, no tiene que ver con nada de eso. Lo que pasa es que mi mamá me decía Rafael Enrique, que es mi nombre completo. Mi hermano mayor, que me lleva un año, no entendía. Como no le salía Rafael Enrique, pues salió Epique y me quedé Epique toda la vida”, explicó Olazagasti a este diario en una entrevista realizada, ¿dónde más?, en una cancha de voleibol.

Precisamente, Olazagasti debutó como técnico a nivel superior, en 1993 con el equipo que actualmente dirige, las Criollas de Caguas.

“En el 1993 asumí las riendas de Caguas cuando Francisco Ochoa, a quien asistí desde el 1989, pasó de ser dirigente a apoderado. Y en varones, comencé a alternar con los Playeros de San Juan”, compartió.

Pero su amor por el aspecto técnico del voleibol comenzó en el 1980, al aceptar el puesto de director atlético de la Academia San Jorge.

“Ahí comencé y, al empezar (a trabajar) con los chamaquitos, vi que me gustaba. Ahí comencé a subir en el voleibol. Pero, lo más importante de esto es que tienes que ser responsable y tienes que dejar atrás unas cosas para poder triunfar y ser bien disciplinado”.

A sus 51 años, los frutos de su carrera son notables: cinco campeonatos a nivel nacional, uno con los Leones de Ponce en el torneo masculino en 1994 y cuatro con las Criollas de Caguas (1996, 2000, 01, 02) en el campeonato femenino.

Un 'personaje' del voleibol

No hay manera de predecir lo que pueda suceder en un partido en el que Epique esté trabajando. El técnico sufre en carne propia cuanto error comete su equipo, alza sus manos en frustración, realiza su característico “zapateo” contra el tabloncillo, discute con los árbitros, y, si es necesario, también les habla a los fanáticos. En fin, sus expresiones son únicas en nuestro voleibol.

Decir que una noche de juego con Epique se puede convertir en una caja de sorpresas no le hace justicia a la forma de ser del carismático coach.

Muchos te describen como un personaje del voleibol boricua por tus gestos y por lo que haces en la cancha. ¿Suscribes esa descripción?

–Bueno, dicen que soy un personaje por mis actitudes dirigiendo y te digo que me he tratado de controlar, pues mi esposa sufre mucho porque me ve histérico, así como las mismas nenas mías. Pero, siempre he sido así. Algunas veces uno dice 'me ha dado resultados', pues uno puede exigir y patalear, pero no humillar, ni faltar el respeto, y todos mis ex alumnos y jugadores me abrazan y me quieren, en las buenas y en las malas. Yo les enseñé a luchar, ganemos o perdamos”.

Eres uno de los pocos dirigentes que conozco que tiene personas que te siguen de cancha a cancha y les gusta molestarte...

–(Se ríe) A ellos lo que les gusta es que si yo estoy perdiendo, o pasa una jugada, ver que yo me enfogone, o zapatee. ¡Pero son amigos míos! La mayoría son amigos míos, pues yo no tengo enemigos en el voleibol. Yo me meto en cualquier lado y tengo buenas relaciones con todo el mundo. Lo que pasa es que ellos saben que en la cancha voy a dar el máximo, y si me tengo que llevar a alguien por el medio, me lo llevo. Y si me tengo que virar para atrás (para hablar con un fanático), pues lo hago, y lo he hecho.

De hecho, recuerdo una vez, cuando dirigías a las Leonas de Ponce, que un fanático te estaba gritando “¡Epiqui, Epiqui!”, hasta que te cansaste y te viraste y le dijiste que si te iba a molestar, que dijera bien tu apodo...

–Se ríe) Eso es parte de esto y lo que pasa es que tú nunca viste dirigir a Ochoa. No es que yo me copie, pero Ochoa se parecía bastante a mí, el mismo temperamento. Digo, nosotros nos conocimos coacheando en contra, pero es mi mentor. Yo le agradezco mucho a Ochoa porque yo estoy aquí, hoy por hoy, por él, porque él que me dio la oportunidad y quien me llevó fue él”.

Disfruta la Labor Social

Desde sus años de crianza en Santurce, el deporte ha sido su fascinación; desde el baloncesto hasta el voleibol, y muchas otras disciplinas de por medio. Su segundo amor es la enseñanza, pues aunque completó un bachillerato en gerencia, el aula y el poder de la enseñanza lo sedujeron por completo.

¿Te gusta trabajar con niños?

–Me encanta. Yo doy clínicas en los barrios y me encanta verlos progresar, recalcarles los fundamentos. Te admito que es cansón, pero me gusta trabajar con eso. Lo hice en San Juan y ahora lo estoy haciendo en Guaynabo. De hecho hay gente que me ve pitando los torneítos y se preguntan ‘¿Y qué hace 'Epique' aquí, pitando?’.

Probablemente piensan “¡El enemigo de los árbitros, ¿pitando?!”

–Yo pito el torneíto completo, y son seis o siete juegos, y aunque haya cumplido con mis horas de trabajo, me gusta y me quedo todo el día y les enseño. Me fascina enseñar. En el Colegio San Jorge los cogí en cero y los subí, después me llamaron de el Colegio El Pilar e hice lo mismo. En el Colegio Rosa-Bell yo trabajé todas las categorías durante 11 años, y yo los fui subiendo y me conocían. Conocían mi carácter y mi forma de trabajar. Si no trabajas las raíces, el árbol no va a crecer.

Eso sí, contrario a su hermana, Marimer Olazagasti, quien fue secretaria de Recreación y Deportes para la década del 90, Epique no vislumbra tomar nunca el camino de la política.

Grandes sacrificios

Olazagasti fue sincero al admitir que, en muchas ocasiones, ha tenido que sacrificar su tiempo familiar por su trabajo. Pese a esos sacrificios, el enlace y amor hacia sus hijas y esposa son más fuertes que cualquier cadena.

¿Alguna vez has sacrificado la familia por el trabajo?

–Muchas veces, y de verdad que me lamento, pues pasaban muchas cosas y yo no estaba en la casa. Me perdí muchos cumpleaños, graduaciones, etc. Ser la esposa y la familia de un dirigente no es fácil, y eso yo lo entiendo. Por más que tú disimules que no tienes presión, en una semifinal o finales, a mí no se me puede hablar, y eso, que la trato de combinar. Mi esposa me dice que, por más que disimule, se me nota en la cara. Eso ha sido así toda la vida. Pero, yo en mi casa hago de todo: antes de salir a las prácticas les dejo la comida hecha a mis hijas, barro, mapeo, limpio, lavo la ropa. Hay que hacerlo y me gusta hacerlo. Le tengo que dar mil gracias a Dios porque mis hijas son bien buenas, bien estudiosas. Bien maduras.

¿Qué sacrificios ha tenido que hacer tu esposa para apoyarte?

–¡Bueno, el primer sacrificio que ha tenido que hacer es soportarme, que no es fácil! (se ríe) ¡Ahí tiene una nota de A+! Lo otro es que, naturalmente, cuando tengo un compromiso, pues tener más responsabilidad con las nenas. Ella me ha dicho varias veces, y con mucha razón, que yo hacía falta (en la casa) muchas veces, pero en lo económico hemos vivido cómodos por el coaching, porque como maestro me moría de hambre.

¿En algún momento has dicho, 'no voy más'?

–Fíjate, todavía no me ha dado eso. El día que me dé, pues no voy más, pero todavía este trabajo me sigue llamando. Yo me retiré del voleibol superior a los 27 años, pues dije que cuando me apestaran las prácticas, yo me retiraba. Nunca faltaba a las prácticas, inclusive estando enfermo. Yo me casé a los 23 años, y cuando empezaron a apestarme las prácticas, ahí me retiré. Aquí hay dos cosas: que yo diga 'ya', o que no me llamen. Cada vez que pierdo, digo que me voy a retirar, pero es que esto está en la sangre de uno. Cuando mi mente y mi cuerpo, o mi familia, me digan 'ya', pues yo me quito.