Madres del 9/11

 
 
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Madres del 9/11

A Millie Díaz le tomó mucho tiempo aceptar la muerte de su hija, Lourdes, víctima de los ataques del 11 de septiembre de 2001. (Vanessa Serra/Primera Hora)

sábado, 10 de septiembre de 2011
03:03 a.m.
Bárbara Figueroa / Enviada especial

Aquella fatídica mañana del 11 de septiembre de 2001 Millie Díaz y Olga Rivera se encontraban en escenarios distintos cuando escucharon la noticia de que un avión comercial se había estrellado contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center (WTC), en Nueva York. Las mujeres -desconocidas entre sí- sintieron como los nervios les erizaba la piel. Sus instintos maternales las llevaron a sucumbir en una terrible angustia ante la posibilidad de que sus hijos fueran víctimas de aquella aterradora escena que veían y escuchaban a través de los medios noticiosos.

Los hijos de Millie y Olga trabajaban en la Torre Norte del WTC, el mismo edificio que a las 8:46 de la mañana de aquel “martes negro” recibió el impacto de un avión de American Airlines, el cual llevaba a bordo a 92 personas. En ese momento, ninguna sabía lo que realmente sucedía y por sus mentes jamás pasó la idea de un acto terrorista contra Estados Unidos protagonizado por unos secuestradores de la red Al Qaeda. El desespero acrececentió cuando ambas madres vieron a través del televisor como un segundo avión -esta vez de United Airlines- se estrelló deliberadamente en la Torre Sur. En ese momento, los minutos se hicieron horas eternas para este par de progenitoras que anhelaban recibir una llamada telefónica y escuchar del otro lado del aparato esa voz que le dijera “mami estoy bien”. Horas después a ambas les sonó el teléfono... sólo una de ellas obtuvo la respuesta deseada.

MILLIE DÍAZ- MADRE DE UNA VÍCTIMA MORTAL

Camuy. Esa mañana la estilista Millie Díaz llegó tempranito a su salón de belleza, en Peñuelas, para atender a varias clientas que tenía citadas cuando sorpresivamente la llamó su hijo mayor, John Galleti, para preguntarle si se había enterado de lo que había sucedido en las Torres Gemelas de Nueva York. “Mami, un avión le dio a la torre donde trabaja Lourdes”, recuerda Olga que le dijo su hijo, provocándole de inmediato una incertidumbre que hoy, una década después, todavía le acelera el corazón.

Temblorosa salió del establecimiento y llegó de un sopetón a su casa, ubicada en el mismo municipio. Quedó atónita frente al televisor viendo lo que parecía ser una película de ficción. En ese instante, vio en directo, cuando una segunda nave impacataba la torre sur.

“Cuando vi que el segundo avión le había dado a la segunda torre me quedé estática...tenía un nudo en la garganta. Cuando vi que esa última torre se derrumbó me sentí morir. Decía: 'Dios mío, dios mío que no caiga en la que está mi hija. Señor haz un milagro'. Yo creía que me moría”, recordó quien describe esos segundos como unos llenos de dolor.

Automáticamente, la angustia la instó a llamar a “Yuyita” como le decía cariñosamente a Lourdes, para aquel entonces de 33 años, quien laboraba en el piso 105 como asistente ejecutiva de Stuart Frasier, vicepresidente de la compañía de inversiones Cantor Fitzgerald. Normalmente, madre e hija se comunicaban varias veces al día. Casi siempre la primera llamada telefónica surgía a las 9:00 de la mañana cuando Lourdes llegaba a su trabajo.

“La llamé al celular y salía su voicemail y en la oficina sonaba ocupado”, cuenta Millie quien intentó establecer la conexión infinidad de veces. Pero, nada. Mientras, en Manhattan, su hijo John junto a otros familiares, trataba de encontrar respuestas sobre el paradero de su hermana. Pegaron flyers con la fotografía de Lourdes en los hospitales y centros de información en busca de alguna buena noticia.

Al otro día, el 12 de septiembre, Frasier logró comunicarse con Millie. Fue él quien le comunicó que su adorada Yuyita era una de las miles de personas desaparecidas tras la tragedia. De hecho, le adelantó que era muy probable que Lourdes hubiera fallecido pues a minutos de que el primer avión se estrellara contra el edificio, la empleada la había llamado y había dejado un mensaje de voz en la grabadora del celular.

“Stuart, es Lourdes. Algo golpeó el edificio. Yo no sé qué. Estamos atascados aquí en el 105. Hay demasiado humo. Eh... si recibes este mensaje, mira a ver si puedes conseguir ayuda. Por favor, por favor, por favor...”, se escuchó suplicar a Lourdes, según lo recuerda su mamá, quien conservó hasta hace unos meses la grabación.

“Su voz ya estaba ronca y temblorosa, apenas podía hablar. Ya se estaba asfixiando... entre cada palabra había una pausa, como si ya supiera que no tenía salvación. Esos momentos finales de ella los pude escuchar...”, contó llorando Millie, quien al escuchar aquel sonido dejó escapar cualquier esperanza de vida albergada en su corazón.

Desgraciadamente, la ayuda nunca llegó. Lourdes fue una de las casi 3,000 personas que fallecieron aquella fatídica mañana. Se estima que unos 700 empleados de su compañía fallecieron.

A Millie, le tomó mucho tiempo aceptar la muerte de su hija. Aún recuerda cuando aturdida por la pesadilla que vivía llegó a reclamarle a Dios. Había pasado una semana desde los atentados y la Cruz Roja la llevó a la Zona Cero. La mujer no podía creer lo que observaba. Las inmensas torres que allí se edificaban se habían convertido en escombros y tumbas para miles de personas. Sintió ese olor peculiar a muerte y enseguida dejó escapar un grito de coraje y desesperación.

“Recuerdo que me arrastré como una loca por aquella tierra... gritaba: 'Maldita sea. Dios ¿dónde tú estabas?, ¿dónde estaba tu poder y grandeza?, ¿por qué permitiste esta tragedia”, reclamaba mientras lloraba desesperadamente. Allí, con el dolor de una madre que pierde a su hijo, se despidió de Lourdes y le dejó un peluche con una carta en la que le expresaba su infinito amor y el vacío tan grande que dejaba en los suyos.

Pero ese momento, tal vez, no fue tan angustioso, como el instante en que entró al apartamento donde vivía su hija. “Sentí un frío aterrador...me dio el olor de su perfume. Recuerdo que cuando entré a su cuarto lo primeo que vi fueron sus chancletas en el piso y su bata encima de la cama. En la cocina, estaba la cafetera sobre la estufa y el azúcar la dejó abierta... parece que tuvo una mañana ajetreada”, especuló mientras las lágrimas volvían a apoderarse de ella.

Los meses pasaron y Millie comenzó a canalizar la muerte luego de unas visiones que tuvo con Lourdes. En uno de ellos la vio convertida en ángel. En otro su hija estaba sentada, mirando al mar y ésta le dijo: “Mami, cuando me estaba asfixiando sufrí mucho, pero ahora soy bien feliz. Por favor no me llores más”. A partir de ese momento, desahogó todos sus sentimientos y el terror vivido a través de un libro que tituló “De las llamas nace un ángel”. En el texto, por ejemplo, también relató aquella tarde en la que la llamaron para notificarle que habían encontrado la wallet de Lourdes. Un año más tarde, aparecieron parte de sus restos.“Me llamaron luego de un reportaje publicado en Primera Hora después que le hice un entierro simbólico... lo único que pudieron encontrar de ella fue un dedito, un pedazo de la pelvis y un pedacito de fémur. Pero no importa, yo quería tener algode ella, lo que fuera. Así que trajimos esos restos y lo enterramos en el cementerio municipal de Peñuelas”.

Anteriormente, a los cuatro meses de la tragedia a Millie le habían entregado la wallet de Lourdes, la cual fue recuperada de entre los escombros. “Cuando la abrí lo primero que vi fue una foto suya sonriendo. También estaba su licencia de conducir, sus tarjetas de crédito y dinero en efectivo”, recuerda Millie quien conserva como amuleto $2 de aquellos que había en la cartera. Los billetes-los cuales protege en una bolsita ziplock- están quemados por una esquina y, según Millie, aún conservan el olor a la Zona Cero. “Cuando quiero recordarla los busco o los coloco en un altar. Esa es mi forma de tenerla cerca”, asegura quien donó hace varios meses todas las pertenencias de Lourdes -así como la grabación en la que su hija le pidió auxilio a su jefe- al museo Memorial 9/11, en Nueva York. “A diez años de aquella masacre, yo necesito ir cerrando capítulos. Ése fue el primer paso”, dijo quien rechazó una invitación para participar de los actos de conmemoración que se llevarán a cabo el 11 de septiembre en Nueva York.

OLGA- MADRE DE UN SOBREVIVIENTE

Dorado. Olga Rivera recuerda que estaba en la cocina de su casa, en Dorado, preparando el desayuno cuando escuchó a través de la radio una noticia en la que se informaba que un avión había impactado una de las torres gemelas de Centro Mundial de Comercio, en Nueva York.

“Ay dios mío Willy”, fue lo primero que le vino a la mente, pues uno de sus tres hijos, William Rodríguez, trabajaba en la Torre Norte, precisamente el primer edificio embestido durante el ataque terrorista del 9/11.

William, quien para aquel entonces tenía 41 años, laboraba como empleado de limpieza de la compañía American Building Maintenance el cual le daba servicios a las torres gemelas.

“Él comenzaba a trabajar ese mismo día, luego de haber terminado unas vacaciones en las que vino a Puerto Rico. Yo sabía que él estaba allí. Por eso me volví loca y empecé a llamarlo pero no lograba comunicación. Lo que salía era su grabadora”, recuerda doña Olga quien había hablado con su hijo la noche antes, cuando éste le había dicho que le habían adelantado su regreso a trabajar pues la realidad es que el retorno estaba pautado para el 12 de septiembre. “Mami, necesitan para trabajar antes así que estoy listo para comenzar mañana”, recuerda que le dijo su vástago quien llevaba 20 años laborando en la empresa y cuya responsabilidad era limpiar las escaleras del enorme edificio.

Doña Olga recordó que lo llamó infinidad de veces y a medida que pasaba el tiempo y no lograba conexión se sentía desfallecer.

“Te podrás imaginar...fue desesperante. Yo lo único que decía era: 'Señor no me desampares a Willy, cuidao, guíalo'. Creo que le arranque la sotana al Padre de tanto pedirle”, dice la señora que en cuestión de una hora comenzó a recibir la visita de amigos y familiares que llegaban a su hogar a calmarla.

“Pero yo no tenía consuelo... yo lo que quería era escucharlo”, dijo sin poder evitar la nostalgia y los recuerdos de aquel fatídico martes. La mujer rememoró que su incertidumbre la llevó a prender los tres televisores y diversos radios que había en la casa. “Lo hacía para ver si lo veía en alguna de las noticias...si sabía algo de él.

Justo después de que el segundo avión se estrellara contra la torre sur sonó el teléfono. Era él, su William. Su voz se escuchaba entrecortada y el hombre no paraba de hablar, posiblemente de los nervios. “Mami estoy bien... ésto ha sido tremendo mami. No sé de verdad qué pasó. Ésto está como lo aquí. Esto es increíble. Hay gente con la piel desprendida... te dejo, mami, te dejo. Tengo que subir con los bomberos a tratar de sacar y ayudar a la gente”, recuerda Olga que le dijo su hijo, quien en ese momento -sin saberlo- se convirtió en una pieza clave para el rescate de decenas de personas pues fue William quien le dio acceso al edificio a los bomberos y rescatistas pues él tenía la llave maestra que abría las puertas de las escaleras.

Olga le rogó a su hijo que no regresara, sin embargo, la solidaridad que según la mujer caracteriza a William desde que era un niño, pudo más que la plegaria que le hizo. “Yo le supliqué que no fuera. Le dije: 'Willy, por favor, salte de ahí'. Pero él me dijo que no podía, que tenía que ayudar a mucha gente y ahí mismo perdimos la comunicación”, recuerda Olga, quien luego se entero que aquella llamada se produjo del celular de un rescatista que, lamentablemente, murió tras el colapso del edificio minutos más tarde.

A partir de ese momento Olga comenzó a vivir una segunda etapa de terror. Su hijo, por el que tanto rogó para que se salvara de aquella catástrofe seguía en peligro.

“Ese fue el tiempo más desesperante para mí...”, dijo Olga, quien interrumpió la oración abatida por las lágrimas. Lloró mucho recordando aquellas horas en las que se hincaba para pedirle a Dios que protegiera a su hijo.

Así, con esa pesadumbre estuvo hasta las 2:30 de la tarde de aquel 11 de septiembre de 2001 cuando surgió una segunda llamada. Ésta vez era una amiga de la familia que notificaba que acababa de ver a William en un intervención en vivo para la cadena de noticias NBC pues bendecidamente, Willy, había sido el último sobreviviente en salir de la Torre Norte, antes de que esta colapsara. “Olga, Willito está bien. Acaban de entrevistarlo por televisión y le dijo a la periodista que lo único que quería era hablar con su mamá”, le dijo la amiga, devolviéndole el suspiro en un instante.

Pasaron varios minutos y la cadena televisiva conectó a madre e hijo.

“Hablamos... él estaba desesperado pensando en todas las personas y amigos que habían fallecido. Estaba muy triste y lloraba mucho... es que para él fue bien impactante. Recuerdo que me decía: 'mami estoy bien, solamente tengo unos rasguños pero estoy bien. Tus bendiciones me acompañaron”, cuenta Olga que le dijo William en aquella llamada telefónica.

Luego volvió a vivir otro momento de espera para poder ver a su hijo personalmente. La reunión se dio exactamente un mes después, pues William se convirtió en portavoz de los sobrevivientes y participaba en entrevistas de diversos medios internacionales. Olga recuerda que el junte fue sorpresivo para ella y fue planificado por un programa televisivo de Puerto Rico. “Me invitaron para un maratón en el que se iba a recoger dinero para las viudas y huérfanos y de momento llegó él. Me acuerdo que lo abracé y empecé a tocarlo completito para saber si de verdad estaba bien. Fue impactante”, dijo dejando escapar nuevamente las emociones, ésta vez de gratitud.

A una década de los atentados del 9/11, Olga -quien conserva en la sala de su hogar la edición especial que lanzó Primera Hora al otro día de la tragedia-, recuerda aquel día de terror aceptando que no ha podido recuperar la paz y que siente mucho resentimiento contra los autores de la masacre. Mirando las fotografías que evidencian el pánico y atrocidad de la desgracia dejó escapar un reclamo; “No sé como las personas que hicieron ésto fueron tan insensibles e hicieron un daño tan grande... Que Dios los perdone por lo que hicieron y que se apiade de ellos”.

Curiosamente, desde aquella mañana Olga no ha perdido la costumbre de tener todo el tiempo los radios y televisores de su residencia encendidos. “Siempre estoy preocupada, pensado en Willy y pidiéndole a Dios que lo proteja... porque yo sé que todavía quedan personas débiles de mentes como aquellos que cometieron los atentados y ése es mi temor”.