Las otras víctimas

08/19/2011 |07:02 p.m.
 
A veces, cuando las parejas se separan de manera no amigable, las mascotas sufren las consecuencias

Salvo con rarísimas excepciones, en los divorcios nadie sale ganando. Aunque no tengo hijos, he sido testigo de los estragos que una  rotura matrimonial puede causar  cuando la pareja se deja llevar por la sed de venganza y su meta principal es hacerle la vida imposible al cónyuge, aun a expensas del sufrimiento de los hijos.

Ahora mismo me viene a la mente una mamá que, cuando enviaba a su nena -una amiguita mía-  a pasar un fin de semana con su papá, le daba instrucciones a la chiquilla para que le hiciera un montón de maldades a su madrastra.

 Tristemente, no todos los desquites son contra humanos adultos que, de un modo u otro se pueden defender. A veces, como me he enterado en varias ocasiones, la gente se desquita con los animalitos que  quedan como remanentes de una separación. Hay parejas que se pelean por una mascota igual que lo harían por un hijo y, en muchos casos, la gente genuinamente quiere quedarse con el animal, Pero, otras veces, el que insiste en retener al perro, el gato, el pajarito o lo que sea, lo exige única y exclusivamente para hacerle la vida de cuadritos a su ex pareja. Y, en el proceso, se ensañan con la mascota porque la ven como una extensión del cónyuge que los dejó.
De uno de estos casos supe  ayer, cuando una buena samaritana me habló de un gato al que hasta le pegan. La persona que retuvo la custodia del animalito, luego del divorcio, lo tiene confinado a un área reducida de la marquesina y, con frecuencia, lo deja sin agua ni comida. El gato se esgalilla a maullido limpio y los vecinos -que lo oyen hasta cuatro casas más abajo- no saben qué hacer. Han llamado a la Policía -que no ha acudido, según me cuentan-, y hasta le han echado comida, pero cuando la encuentra, la dueña del animal se enfurece y la bota, diciendo mil imprecaciones a toda boca.

Un vecino -un señor jubilado, de unos 70 años, que se arriesgó a hablarle a la mujer, pensando que ella no se lo comería vivo por su edad- se ofreció para adoptar al gato. La doña le respondió que el gato había sido de su marido, que se lo había dejado a ella y que ella no lo botaba porque el nene lo quería, pero que si por ella fuera, “lo echaría al río”.

Quién sabe cómo terminará el pobre gato. Si las autoridades no intervienen o si alguien no se lo roba para salvarlo, un día encontrarán sus huesitos, que su dueña seguramente barrerá como si fueran basura. Si ella supiera que, sin conocerla, eso mismo es lo que pienso de ella.