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Ángel Gabriel Rivera -a la izquierda- no consigue trabajo por las deudas que tiene de pensión, y ha considerado hasta deambular. Mientras, José Antonio Calderón -a la derecha-, carpintero y albañil, lleva cerca de 2 años sin trabajar a tiempo completo por un problema de salud y acudió a la oficina del PAN porque no podía costear sus alimentos.

Más de un millón depende del PAN

lunes, 16 de abril de 2007
Francisco Rodríguez-Burns / Primera Hora

Algunos padecen de una condición de salud que les imposibilita trabajar, mientras que otros ya están cansados de los empleos a tiempo parcial de salario mínimo, sin posibilidad de tener un día de enfermedad o de vacaciones. Muchos tienen ganas de trabajar, pero el dinero que pueden devengar palidece en comparación con la cantidad que podrían obtener de los diferentes programas de asistencia social.

Tras el pago de contribuciones, seguro social, y perder subsidios de renta por formar parte de la clase trabajadora del país, muchas son las personas que optan por vidas de “mantengo”.

Se trata de los 1,030,000 participantes del Programa de Asistencia Nutricional (PAN), el 25 por ciento de la población puertorriqueña, comparable al tamaño de toda la fuerza laboral del país. Cada una de sus historias es distinta pero la mayoría, a mayor o menor grado, reconoce que la pobreza puede ser sumamente cruel cuando atrapa a un individuo entre el ocio y la distante posibilidad de una mejor calidad de vida.

En una de las principales oficinas de asistencia nutricional, frente a la escuela Central High de Santurce, decenas de participantes aguardan en un salón para ser atendidos por un técnico del Departamento de la Familia. Algunos no tienen dinero ni comida para preparar la cena de la noche. La oficina apenas cuenta con nueve técnicos, lo que alarga las esperas de algunos participantes por varias horas.

“Los puertorriqueños son orgullosos. Nadie quiere estar aquí pero, tú sabes lo que es ganar el mínimo por hora y que el dinero no te dé para nada”, cuestionó el obrero de construcción José Antonio Calderón, quien se encontraba visitando la oficina de “cupones” por primera vez mientras miraba las imágenes de un DVD portátil.

Por una condición de salud, el carpintero y albañil lleva cerca de 2 años sin trabajar a tiempo completo, pero recurrió a la oficina porque ya no podía costear sus alimentos.

Beneficiarios del programa que llegan sin previa cita pueden permanecer el día completo sin ser atendidos por un técnico del Departamento. Por la cantidad de documentos requeridos para probar la elegibilidad del participante, varios de ellos esperan meses antes de recibir la tarjeta con el dinero para realizar sus compras.

“No puedo trabajar por mis deudas de pensión. Nadie me da trabajo porque debo. He sido encarcelado por no poder pagar la pensión de mis tres hijos, pero nadie me quiere dar trabajo. Esto me deprime muchísimo, me da ganas de deambular. Ésa es la realidad”, indicó Ángel Gabriel Rivera, de 35 años y vecino del residencial Las Margaritas en Hato Rey.

La mayoría de los participantes del PAN son madres solteras. Muchas carecen de una red de apoyo para el cuido de sus hijos y no encuentran justificación en el trabajo ante los salarios menguantes.

“Los sueldos son demasiado bajos y el costo de la vida en Puerto Rico es cada día más caro. Los que no tenemos una educación, pasamos con pocos recursos. Nos sentimos atrapados, mendigamos, solicitamos ayuda, en eso estoy por los últimos cinco meses”, sostuvo Yomarie Ruiz, madre de tres niños.

Antes de ser diagnosticada con presión alta y una condición de desbalance, María Esther Pasante trabajaba como empleada de mantenimiento para una compañía privatizadora de un residencial público, devengando cerca de $452 al mes.

“No tenía derecho para buscar cupones con ese dinero, pero el dinero no me daba. Tenía ganas de trabajar, pero con ese salario nadie puede vivir. Con ese dinero, quién puede vivir”, sostuvo Pesante.

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