viernes, 3 de febrero de 2012
En el 2003, Michael Lewis publicó el libro titulado Moneyball: el arte de ganar un juego injusto. En el 2011, Hollywood dramatizó y llevó a los cines esta historia en la que los Atléticos de Oakland, a través de su gerente general Billy Beane, reinventan la forma de adquirir y desarrollar los prospectos para su organización.
Al darse cuenta de que su organización, de mercado pequeño, estaba compitiendo de una manera desbalanceada con los equipos de mercado grande con más dinero, más recursos humanos y mejor infraestructura, Beane estructuró un sistema para identificar, adquirir y desarrollar los prospectos desde escuela superior y universidad hasta que llegaban al equipo grande.
Por medio de sofisticadas fórmulas estadísticas basadas en récords, porcentajes y promedios, han logrado mantener por muchos años la franquicia competitiva.
Al momento de implantar esta nueva filosofía, que se consideraba revolucionaria en una industria en la que el jugar y tomar decisiones “por el libro” eran la orden del día, los Atléticos eran el hazmerreír de las demás organizaciones.
Con el tiempo, comenzaron a salir de sus filas jugadores de gran calidad de la talla de Jason Giambi, Tim Hudson, Johnny Damon, Barry Zito y muchos otros.
Mientras, Oakland continuaba año tras año entre los líderes divisionales aun siendo un equipo de mercado pequeño y de bajo presupuesto.
Llegado este punto, ya las estrategias de su gerente general, Billy Beane, dejaron de causarles gracia a las demás organizaciones.
Traigo a colación la historia del libro y la película Moneyball por el simple hecho de que Puerto Rico ha visto su cantidad y calidad de peloteros de Grandes Ligas disminuir de forma desesperante, y veo una analogía entre las dos situaciones.
Son muchos los entendidos en la materia que consideran que los prospectos puertorriqueños se encuentran en desventaja en comparación con los jóvenes desarrollados en Estados Unidos y Canadá con la imposición, en 1989, del draft en la Isla.
Al no tener nuestras escuelas superiores y universidades un torneo organizado de béisbol donde los jóvenes puedan competir y desarrollarse al igual que en los países norteamericanos, ellos dependen casi exclusivamente de los torneos tradicionales en los que tan sólo juegan un día a la semana.
Sin embargo, han pasado ya 22 sorteos desde 1989 hasta el presente y todavía no hemos podido hacer los ajustes necesarios para subsanar la llamada desventaja.
Nosotros, los que estamos de lleno en el béisbol organizado o que tenemos la encomienda de desarrollar el deporte isleño, tenemos que unir esfuerzos para reinventar la forma y manera de desarrollar a nuestros jóvenes. Los métodos tradicionales ya pasaron a la historia. Se necesitan nuevas estrategias y filosofías de desarrollo.
Tenemos los recursos para lograrlo, se necesita la voluntad de hacerlo. Los invito a que desarrollemos el “arte de ganar un juego injusto”.
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