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Mucho más que una maestra de lenguaje de señas

Cuando enseña, verbaliza las palabras para que sus alumnos sordos con mayor residuo auditivo aprendan. (Primera Hora / David Villfañe)

viernes, 1 de mayo de 2009
Jessica Pérez Cámara / Para Primera Hora

Para escuchar sólo basta el corazón. Cuando sus estudiantes le hacen preguntas, recrea con sus manos la musicalidad de un mundo que no pueden oír.

Agnes Cruz es mucho más que una maestra de lenguaje de señas, es maestra de dos idiomas y de la vida. Todo lo que un oyente da por sentado, ella tiene que mostrarlo; al ruido más insignificante tiene que buscarle un equivalente.

Cuando enseña, verbaliza las palabras para que sus estudiantes sordos con mayor residuo auditivo puedan aprender. Ella necesita que lo hagan e intenta por todos los medios sacarles el mejor provecho posible.

En un país donde las opciones que tiene la comunidad de personas sordas, estimada en 150 mil -número vago considerando la imprecisión censal respecto a los impedimentos sensoriales- lo menos que puede hacer la educadora es derramar sus esfuerzos sobre los estudiantes sordos del Colegio San Gabriel.

En más de dos décadas de magisterio no ha visto un avance significativo para esta comunidad. Aún le frustra y le provoca coraje que el mundo desplace a “sus niños” porque no son oyentes. No pueden ir a una obra de teatro, salvo algunas que se pueden contar con los dedos de una mano y en las que ella funge de intérprete; ni a una simple visita médica porque no hay recursos para asistirlos. Cuando los hay, los oyentes en muchas ocasiones los ignoran y se enfocan en los intérpretes.

Aun cuando pasan miles de trabas por integrarse al mundo, en el salón de clases encuentran remanso. Nadie se exalta cuando al colocar los bultos, cerrar las puertas o mover cosas hacen alboroto, inconscientes de que las normas de etiqueta dictan a los oyentes que los objetos se deben colocar con cautela. Nadie los mira de reojo cuando emiten ruidos en busca de atención.

En el salón de la maestra Agnes, encuentran el sonido de la alegría, la confianza y el amor que ella misma ve reflejado a través de los ojos de sus estudiantes.

 

Feliz por sus logros

8:00 a.m.
 Al llegar al Colegio, lo primero que hago es encomendarme a Dios. Al comenzar las clases con el grupo, igual, me encomiendo a Dios y hacemos nuestra oración grupal o reflexión, y comenzamos nuestra clase.

10:20 a.m.
Estoy dando la clase de español a mi salón hogar, sexto grado. Tengo pocos estudiantes. Estamos repasando un cuento del cual tendremos un examen. A veces me pongo de mal humor cuando se ponen juguetones y yo quiero que atiendan y sean serios.

12:00 m.
Es la hora del almuerzo. Regañé a un estudiante porque se mojó el pelo y se le puede arruinar el audífono.  Lo que más me drena  es tener que repetir constantemente, pero no porque  me moleste sino porque es frustrante que yo trate de llevar una información al nene y no me pueda entender.

2:00 p.m.
Es la hora de salida. Siempre me alegro cuando veo sus logros, que van a competencias, o veo que se gradúan.
Siento que he sido un granito de arena para lograr ese reto en su vida.

6:00 p.m.
Al finalizar mi día, podría decir que me siento cansada pero satisfecha. Cansada por todo el uso de las manos y el cuerpo (sobre todo los hombros), pero satisfecha porque mis estudiantes salen contentos y muy motivados.

 

No deben confundirse

De acuerdo con la directora de Planificación de la Oficina del Procurador de las Personas con Impedimentos,  Luz Iraida Avilés, la forma correcta de dirigirse a los miembros de la población audioimpedida  es llamándolos sordos.

“No se les debe llamar sordomudos, ya que ellos no hablan porque no oyen, pero tienen cuerdas vocales y su aparato del habla en completo funcionamiento”, explica.

Esto también aplica a las personas que han perdido la audición, ya que con el tiempo se les va olvidando el habla.  Avilés explica la razón por la que los datos censales no contienen cifras específicas de esta población. Cuando se hizo el Censo del 2000, se la catalogó dentro del parámetro de impedimentos sensoriales, que también incluye los de ceguera y los relacionados con el habla y lenguaje.

El resultado fue una cifra exacta de 286,223 personas mayores de cinco años con impedimentos sensoriales, de los cuales se estima que unos 150 mil corresponden a los sordos.

Aun así, es impreciso utilizar esa cifra.  La intérprete espera que se pasen proyectos de ley para cuantificar la población de sordos de forma separada ya que, con ello, se lograrían mayores beneficios.