Mujeres al rescate
sábado, 10 de septiembre de 2011
Juana Lomi fue uno de los paramédicos que trabajó desde el primer día del desastre. (Vanessa Serra/Primera Hora)
sábado, 10 de septiembre de 2011
04:01 a.m.
Bárbara Figueroa / Enviada especial
Nueva York. A partir del 11 de septiembre de 2001, el personal de “primera respuesta” en Nueva York se convirtió en una imagen heroica en la ciudad, pues fueron cientos los valerosos bomberos, policías y paramédicos que fallecieron durante las labores de rescate en la Zona Cero.
Según datos ofrecidos en Wikipedia, 343 bomberos y personal de emergencia quedaron atrapados cuando los edificios sucumbieron. Otros cientos resultaron heridos y una década después están vivos para contar la ardua tarea que realizaron aquella mañana en la que Estados Unidos recibió el peor ataque terrorista de su historia. Entre ellas se destacan dos admirables mujeres paramédicas que con osadía se enfrentaron a aquella desgarradora escena de sufrimiento para ejercer su profesión: salvar vidas.
Se trata de Gisselle Torres y Juana Lomi, quienes llegaron al World Trade Center a pocos minutos de ocurridos los impactos por parte de dos aviones a las Torres Gemelas. Gisselle, una boricua radicada en Brooklyn, rompió el silencio luego de una década para narrar a Primera Hora la experiencia que transformó su vida. Entre lágrimas y con mucho esfuerzo, contó los sinsabores que le dejó la labor que realizó durante una semana como técnica de emergencia. Pero también reconoció que fue a través de aquel trauma que encontró la manera de convertirse en activista para otros necesitados. Por su parte, Juana -una dominicana residente en Nueva York- dio su testimonio como miembro del primer escuadrón de emergencias que llegó al lugar de la tragedia. “No se puede imaginar la confusión y el frío que sentía estando allí... tenía un nudo en la garganta, un nudo en el estómago. Era dolor y miedo... un terror”, dijo sobre los sentimientos que emanaron de su ser durante aquella faena que 10 años después, aún la hace temblar.
Gisselle Torres Gisselle Torres fue abandonada por su madre drogadicta. Años después tuvo que escapar de las garras del maltrato al ser víctima de violencia doméstica. También tuvo que enfrentar el dolor de ver a una hija sufrir a manos de un agresor sexual. A todo se sobrepuso con un espíritu guerrero... ¡A todo! Pero lo que vivió aquel martes en el que la ciudad de Nueva York se vistió de luto por los ataques terroristas a las Torres Gemelas, la sacudió de tal forma que, por una década, se abstuvo de hablar sobre lo que vio y sufrió. A 10 años del 9-11 la mujer decidió romper el silencio a través de Primera Hora y narró los momentos de angustia, pero también de valentía, que experimentó cuando tuvo que acudir a la escena para ejercer su labor para aquel entonces como paramédico de la ciudad. “Cuando llegué me enfrenté a ver a gente gritando, llorando, la gente estaba como loca. Corrían... era algo que nunca había visto en mi vida”, cuenta. Pero, como muchos otros testigos de aquella catástrofe, hay una imagen que le estruja el pecho y le arranca lágrimas: el recuerdo de haber visto cómo decenas de personas optaron por tirarse de los edificios, antes que morir calcinados. “No crees que está pasando... miraba las ventanas, los veía caer como si fueran papel... y no podía hacer nada, pero yo estaba allí para ayudarlos”, dijo frustrada la mujer , a quien le persiguen los fantasmas de aquel día a través de las muchas voces que escuchó decir: “help, please, help”. Tampoco olvida el momento en que las torres se derrumbaron y tuvo que correr para no quedar sepultada bajo ellas. “Se escuchaba un grrrr... grrrr... Unos corrían para un lado, yo para otro. No había una organización como tal... sólo sé que el humo venía detrás de mí”, cuenta quien resultó herida en un pie durante su huida. “Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba sangrando... pero me pusieron un vendaje y seguí con mi trabajo”, explicó Gisselle, quien no regresó a su hogar hasta una semana después. “Estuve muchos días trabajando casi sin descansar. Era nuestro deber”, dice con un tono de orgullo por la labor realizada. De hecho, Gisselle recuerda como “si fuera hoy” a lo que se enfrentó al otro día de la tragedia, el 12 de septiembre. “Eso fue más traumático todavía... había mucho silencio, bien calladito y muchos fuegos en distintas partes”, contó. Entonces cerró sus ojos y dejó escapar otra escena. Una mucho más desgarradora. De ésas que se huelen, se sienten y se sufren. “Todavía lo puedo oler. Puedo ver la gente muerta. Gente sin cabeza. Brazos, piernas tiradas. Puedo sentir ese olor increíble a muerte, a gente quemada... gente que estaban haciendo lo que tú y yo hacemos cada día...ir a trabajar”, expresó llorando. Entre tantas cosas espeluznantes, Gisselle también reconoce que hubo momentos de satisfacción. “Recuerdo que ese segundo día estábamos haciendo un recorrido por el ground de un edificio y escuchábamos a lo lejos un 'help, help, help'. Entonces fuimos y empezamos a sacar los escombros y era una mujer morena... los bomberos la sacaron, le pusimos suero y pudimos salvarla”, dijo esta vez con una sonrisa que denota el agrado que le causó aquel rescate. Otra cosa que destaca Gisselle es la unión que había entre el equipo de personas que laboraban en el rescate y el público que los apoyaba. “Yo no pude ir a mi casa en una semana y me alimentaba de la comida que la gente regalaba... también nos llevaban ropa y agua. Y siempre nos ponían unas cartas de agradecimiento. Nos trataban como héroes”, dice, quien como dato curioso explicó que muchos de los rescatistas, incluyéndose, tenían que bañarse en la piscina de una escuela cercana. Con el pasar de los años, y por complicaciones de salud a causa de los tóxicos que inhaló durante su faena, Gisselle tuvo que abandonar su profesión de paramédico. Sin embargo, con la compensación económica que recibió decidió abrir un negocio en el que continúa ayudando a otros. Así fue que nació Twist, un centro de estilismo que inaugurará próximamente y que atenderá gratuitamente a víctimas de violencia doméstica. “Lo que pasé ese día es más grande que cualquier sufrimiento que he vivido...pero quiero que la gente entienda que en la vida puede ser que la luz se funda, pero nunca se apaga”, dijo. Juana Lomi Minutos después del primer ataque a las Torres Gemelas, surgieron decenas de llamadas al Sistema de Emergencias 9-1-1. La respuesta fue inmediata por parte del personal de rescate, quienes se activaron de presto para asistir lo que sería la historia de terror más grande para muchos de los que allí laboraron, incluyendo a Juana Lomi, la primera mujer paramédica en llegar a la escena. Juana -una dominicana criada en la Gran Manzana- llevaba 10 años de servicio en el sistema de salud cuando ocurrió la tragedia que cambió la historia del mundo. Se encontraba a las afueras del hospital New York Downtown cuando su unidad fue activada a asistir en el centro financiero, donde -sin saberlo- pasaría las horas más largas de su vida. “Cuando llegué, estaba sorprendida, nerviosa”, dice quien jamás imaginó lo que pasaría más tarde. “Al principio, pensé que sólo había muerto la gente que estaba en los pisos donde el avión impactó... entonces me preguntaba cómo podíamos llegar allí para ayudar a la gente”, dijo quien media hora más tarde tuvo que alterar sus planes ante la vorágine que se acercaba. “Estábamos organizando cómo transportar a los pacientes cuando escuché un sonido. Era un pito fuerte como cuando uno está en el aeropuerto... entonces estando ubicada veo el ala de un avión por encima de mi cabeza... veo la sombra al cruzar la calle y ahí se escuchó un estruendo... estaba dándole a la otra torre y comenzó a salpicar pedazos de vigas, de metal... parecía que venían del cielo”, recuerda Juana sobre el preciso momento en que vio como un segundo avión se estrellaba contra el edificio sur. De ahí en adelante, dice, el ritmo de trabajo se complicó y comenzó a ver los casos clínicos más atroces de su vida. “Tuvimos que comenzar a decidir... los que tenían problemas críticos como quemaduras, estaban sin piernas o brazos o no podían respirar se iban en la ambulancia... los otros se enviaban caminando al hospital”, relató al agregar que trasladaban de 10 a 15 personas por ambulancia, dadas las circunstancias y la cantidad de heridos. De hecho, comentó que en un periodo de dos horas el hospital recibió 500 pacientes. Al final del día la cifra alcanzó las 2,000 personas. Juana -quien aún labora para el hospital- perdió la cuenta de cuántas personas atendió durante la emergencia, pero hay un paciente en particular que quedó grabado para siempre en su memoria. “De todos los traumas que pasé ese día se me quedaron dos cosas: las personas cayendo de los edificios y un paciente que empujé a la ambulancia... recuerdo que él venía caminando y tenía la mitad de la cara quemada, le colgaba la piel. También tenía quemados los brazos y la espalda. Entonces le dije venga por aquí y lo empujé hacia la ambulancia... ahí miré porque se me quedó la piel de él en la mano”, contó sobre aquel sujeto que volvió a ver al otro día de madrugada cuando, irónicamente, le tocó transportarlo a otra unidad especializada para quemados. Fue él quien la reconoció. “Levantó su cara y me dice: 'eres tú, me salvaste la vida...”, recordó que le dijo el hombre de raza hindú, que cada 11 de septiembre, durante los pasados años la llama a su celular para decirle “gracias” y recordarle aquel gesto de humanidad.





