Acceso controladolunes, 5 de mayo de 2008Adela Dávila Estelritz / Primera Hora
El dormitorio de un matrimonio debería ser un lugar sagrado, un sitio especial adonde la pareja pueda retirarse a disfrutar de su intimidad con entera libertad. Más aún, en ese cuarto de la casa no debería entrar nadie sin permiso, pues, amén de los momentos en que la pareja puede estar teniendo relaciones o encontrarse si ropa, allí discuten desde los pormenores de su vida conyugal hasta el futuro de sus hijos y las finanzas de la casa. Por ende, no debería ser una habitación adonde todo el mundo entrara “como Pedro por su casa”. No obstante, algunos padres tienen temor de ponerle “acceso controlado” a su cuarto por temor a que los niños se sientan mal o a que puedan necesitarlos en una emergencia. La situación Hiram y Florencia (no son sus verdaderos nombres) llevan 13 años de casados y tienen tres hijos: Claudia, Omar y Desirée, de 6, 9 y 11 años, respectivamente (también cambiamos sus nombres). Como ya los chicos están lo suficientemente grandecitos como para darse cuenta de ciertos detalles de la intimidad de sus padres -en caso de que entraran en el dormitorio de éstos de súbito-, Hiram le ha sugerido a su esposa que deberían comenzar a mantener cerrada la puerta de su cuarto. Por otra parte, cuando ellos no están, las nenas se meten en la habitación y, a menudo, se ponen a jugar con las prendas y los maquillajes de la mamá. Pero, lo más grave es que Hiram tiene licencia de posesión de armas de fuego y la pistola está guardada, precisamente, en su dormitorio. Esto lo pone muy nervioso y lo lleva a insistir en que en su cuarto sólo entren los niños cuando los papás digan y sólo bajo la supervisión de éstos. Florencia no piensa lo mismo. Para ayudar al matrimonio, que no llega a un consenso en cuanto a este asunto, consultamos con nuestro colaborador, Andrés Colberg, quien es psicokinesiólogo y psicoterapeuta. Él dice “Cuando mis hijos eran bien chiquitos, no me importaba dejar la puerta de nuestro cuarto abierta para que entraran si tenían pesadillas o se sentían malitos. Pero, ahora, que están grandes y ya se dan cuenta de las cosas, no encuentro prudente que entren y salgan de este cuarto cuando se les antoje. Además, aunque tengo mi arma de fuego en una caja de seguridad con llave, en la parte alta del clóset, no me siento cómodo con que los nenes entren cuando nosotros no estemos y se vayan a poner a investigar. Además, a estas edades ya se les puede explicar que los adultos necesitamos privacidad y que hay que respetar nuestros deseos. Y total, si nos necesitan, sólo tienen que tocar la puerta”. Ella dice “No puedo creer que Hiram me pida semejante cosa. Por amor de Dios, se trata de nuestros hijos y todavía están muy chiquitos como para trancarles la puerta. Yo conozco a mis nenes y sé que, aunque se den un tajo en una mano, si la puerta del cuarto está cerrada no se van a atrever a tocar porque los tres -sobre todo, Omarito- son bien tímidos. En cuanto a lo de dejar el cuarto cerrado mientras no estemos en casa, los nenes los cuida mami o el papá de Hiram y bastaría con decirles que no los dejaran entrar a nuestro cuarto. Por otra parte, él y yo solemos tener relaciones únicamente cuando estamos solos porque es cuando estamos tranquilos. Así que, de nuevo, no estoy de acuerdo con cerrar la puerta”. La opinión experta Luego de considerar ambos argumentos, Andrés Colberg expresó lo siguiente: “Accesibilidad y privacidad deben ir de la mano. Ser padre o madre accesible no significa tener la puerta abierta incondicionalmente. Como adultos, hay información y actividades a las que los menores no pueden exponerse. Pensemos en las películas con violencia extrema, sexo explícito y lenguaje soez. Todo menor se declara autónomo más o menos cuando es capaz de bañarse solo, secarse y vestirse. Si los adultos nos empeñamos en hacerlo por ellos, caemos en la sobreprotección y, por ende, les hacemos daño. A veces, ni tenemos que invitarlos a que se encarguen de sí mismos porque nos lo reclaman, porque saben, quieren y pueden hacerlo. Por ejemplo, entre sus seis y siete años, mi hijo puso en su puerta un papel que leía NO ENTRE, DO NOT ENTER. La mantenía cerrada y para entrar, su mamá y yo teníamos que tocar un par de veces. Si salía a casa de un amiguito, le ponía el seguro. Los adultos le respetábamos y, si necesitábamos entrar a colocar ropa limpia o pasar aspiradora, la volvíamos a cerrar y luego le informábamos que habíamos entrado a su territorio. La posesión de un área, actividades, información y objetos va en conjunto con la autoimagen. Apuesto a que la mayoría de mis lectores tienen sueños ocasionales con la casa en la que se criaron. Y es que hay una correspondencia entre la casa y la identidad. Lo que hacemos, y los límites que respetamos, en la primera, le dan forma a la segunda. Si amar es dar y restringir, cuando los adultos otorgamos licencia -y, de otra parte, exigimos cumplimiento de reglas por parte de los menores- los estamos amando y formando. De forma general, en casa de Florencia e Hiram los niños deben tocar la puerta o pedir permiso antes de entrar al cuarto cuando papá y mamá están presentes. Si los cuida uno de los abuelos, no deben entrar. Además, recomendaría limitar el uso de las prendas y maquillajes de mami para cuando ella esté presente... si es que lo autoriza. Soy creyente de que los objetos de los adultos se pueden explorar, pero no son juguetes. Para jugar, existen versiones plásticas y en miniatura. Recordemos la pistola de papá. A la hora de dormir, la puerta debe estar cerrada pero sin pestillo. El mensaje a los niños es claro: ‘Nuestra casa es segura, no hay por qué temer. Están a salvo en su habitación. Si necesitan algo, toquen a la puerta y luego entren’. Parte de la autonomía que se busca es que internalicen el sentimiento de seguridad. Papá y mamá estarán dejando saber que ellos, también, son personas privadas que hacen otras cosas de las que los menores no pueden participar. Si Florencia se preocupa que, por timidez, sus hijos no tocarán la puerta, que se levante periódicamente durante la noche para cotejar que todo está bien. Sin embargo, no les dirá nada a los nenes; su inquietud es asunto suyo y es a ella a quien le toca resolverlo. Estoy seguro de que la preocupación se le va a extinguir en un par de días”. |






















