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Heyda Cintrón Vélez asegura que la pequeña Paola Alexandra es una copia de ella.  (Primera Hora / Gerald López-Cepero)

Más allá de parir

lunes, 5 de mayo de 2008
Actualizado hace 123 días
(00:00 a.m. )

Rosa Escribano / Primera Hora


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Cuando se habla de maternidad, es común pensar en aquellas mujeres que, a nivel biológico, han podido pasar por la experiencia de tener un bebé. Sin embargo, pocas veces se piensa en las que de una manera u otra han dedicado parte de su tiempo a cuidar de niños tal cual si fueran de su propia sangre.

Precisamente, A tu manera tuvo la oportunidad de entrevistar a tres mujeres que han servido de ejemplo sobre esta realidad. Han podido vivir la satisfacción de crear un cambio en la vida de algunos pequeños que se han cruzado en su camino. Y manifestar ese amor materno de una manera diferente y muy especial.

Pura química

“Mi hija es una copia al carbón de mí, en la personalidad, en la sensibilidad, en el humanismo, lo generosa”. Con estas palabras, Heyda Cintrón Vélez revela efusiva el orgullo que siente por ser la madre adoptiva de la pequeña Paola Alexandra, quien lleva sus apellidos.

Al hablarnos sobre las circunstancias que la llevaron a convertirse en la madre legal de la niña de ocho años, nos confiesa que para nada se trató de un trámite sencillo -y menos al tratarse de una mujer soltera-. Tampoco fue una decisión que tomó de la noche a la mañana.

Para relatarnos la historia, primero nos confiesa que hace una década les abrió las puertas de la casa a otras dos niñas como un hogar recurso para el Departamento de la Familia. Cuando es bajo esta clasificación, “todo es un acto voluntario”, aclara Cintrón Vélez. “Todo lo haces de buena fe. Los costos de comida, ropa y otras cosas para el niño corren por tu cuenta”, especifica. De hecho, dos de ellas hoy día cuentan con 20 y 24 años de edad. Sin embargo, fue pocos años después que conoció a la bebé que se convertiría en su hija adoptiva.

A la infante la conoció a través de uno de los albergues de niñas abandonadas que comenzó a frecuentar. “Era una bebé prematura”, rememora Cintrón Vélez. “Pesó 2.3 libras al nacer”, revela conmovida. “Cuando me la dieron, tenía dos meses y medio de nacida y sólo pesaba seis libras y medía 17 pulgadas”, recuerda. De hecho, “ese primer año fue puramente de cuidado médico”. Pero hoy día “es la niña más saludable del mundo”, aclara orgullosa.

La razón por la que el Departamento de la Familia se hizo cargo de la niña en ese entonces se debió “a razones de maltrato y abandono”. De hecho, “cuando llega a mis manos no había sido inscrita”. De ahí que la recibiera bajo la identificación de BG (baby girl). “A insistencias mías, finalmente el Departamento intervino para que la abuela la inscribiera”.

Como parte del trámite para tener a la niña en su casa los siete días a la semana, Cintrón Vélez tuvo que certificarse a través de la agencia gubernamental como hogar de crianza (no como hogar recurso). Meses después, mostró ante el tribunal su interés en que, a la hora de decidir el destino de crianza de la menor, se tomara en consideración su deseo de adoptar a la niña.

Luego de un tiempo “apareció la madre biológica de la bebé, pidiendo la custodia al Departamento de la Familia”. Pero un ejercicio de reflexión llevó a la madre verdadera a acceder voluntariamente a que fuera Cintrón Vélez quien tuviera la custodia legal. “Ella analizó las oportunidades de educación que tendría la niña, de medicina y que viviría en un hogar con todas las comodidades”, recuerda. “Por eso accedió a la adopción”. Finalmente, en abril de 2003 Paola Alexandra se convirtió oficialmente en la hija adoptiva de Cintrón Vélez. De más está decir que se trató de uno de los días más felices de su vida.

En la actualidad, como toda madre, no tiene reparos en relatar con orgullo los logros y las cualidades que convierten a su hija de ocho años en un ser único. “Es una niña inteligente”, revela emocionada. “Me disfruto ver su sonrisa cada día, sus ocurrencias”, asegura la también miembro del Programa de Servicio de Voluntarios del San Jorge Children's Hospital. Al continuar hablando sobre ella, nos confiesa que la pequeña le manifiesta su interés en “cuidar de niños que no tengan mamá ni papá”.

A su vez, la feliz madre observa que ante trámites como éstos “la gente quiere garantías, pero la realidad es que no las hay”. Sin embargo, “lo ideal es que pensaran en todo lo que le pueden dar de corazón, en la diferencia que pueden crear en sus vidas”.

Como un hada madrina

Para Waleska Casiano, todo comenzó con un genuino deseo de visitar un albergue de niñas cercano a su lugar de trabajo. Era la Navidad del pasado año “y le propuse a mi equipo de trabajo que en vez de hacer una fiesta, por qué mejor no hacíamos algo diferente”.

El lugar escogido fue el centro conocido como Hogares Rafael Ybarra, en Río Piedras. La visita pautada se dio en enero. “Recuerdo que llevamos regalos a las niñas, excepto a una que había acabado de llegar hacía uno o dos días”, relata Casiano. “Pero de todos modos nos las ingeniamos para regalarle algo ese mismo día”, menciona entre risas.

Fue esa misma pequeña de ocho años la que le robaría el corazón. “¡Fue una química automática, instantánea!”, asegura emocionada. “Así que al final de la actividad me acerqué a la hermana Julia (directora del centro) y ella me habló del programa de padrinos de la institución”, confiesa.

Como parte de los requisitos del programa, y dependiendo del caso de cada menor en particular, “siempre se le da la oportunidad a los padres biológicos de buscar a la niña (como cuando la custodia está en manos del Departamento de la Familia)”, explica. “De ellos no ir, del centro nos llaman a nosotros (los padrinos) para ir a buscarla”.

Cabe resaltar que Casiano todavía tiene fresco en su mente ese primer día en que fue a procurarla para que la niña pasara el fin de semana en su casa. “Yo estaba más nerviosa que ella”, confiesa. “A mi mente venían varias preguntas. ‘¿Y si le dan ganas de llorar?’, ‘¿y si a mitad de camino nos pide que la llevemos de vuelta?’”, revela pensativa. Sin embargo, la niña no cambió de parecer. “Se veía que estaba súper cómoda en la casa. Lo pasó muy bien”, menciona Casiano, quien junto a su esposo contempla la idea de, eventualmente, tener hijos propios.

Desde entonces, la orgullosa madrina confiesa que “ha sido una experiencia espectacular”. Según nos menciona, “ella tiene su cuarto. Le ubicamos sus cosas en su área”, sobre todo porque “la norma es que se sienta como en su propia casa”. Incluso, “estudiamos con ella, hacemos muchas actividades para que se distraiga”. Parte de la misión es “que vea que hay otra opción, otra forma de vivir diferente a la que ha estado acostumbrada”. Además, añade que “para mí lo más gratificante es ver su cara de felicidad, de tranquilidad”. También, entiende que “la función de nosotros es ayudarla a tomar buenas decisiones mientras crece y se enfrenta a la vida con nuevas situaciones”.

Respecto a su experiencia, añade que “me ha entusiasmado mucho ver que esto es una forma de ayudar a las personas en la institución, de darle amor, de que vean que hay gente que las quiere”. Por eso invita al público en general a recordar que “hay centros que necesitan este tipo de ayuda, de personas que se conviertan en padrinos y madrinas de muchos de esos niñitos”. A través de esta acción, “las personas deben pensar en que tal vez pueden estar ayudando a un niño a evitar caer en la deserción escolar, en abuso de drogas o en convertirse en un criminal”.

Para concluir, Casiano confiesa que “siempre está el temor del cariño, de que no veas más a ese niño, pero ese temor se reemplaza por todo el amor y el bienestar que le puedes dar a esa criatura”, enfatiza. “Eso es una verdadera recompensa”.

Con la palabra de Dios

Dios no le dio hijos, pero sí muchos niños a quienes profesar su fe. Tampoco le regaló alas, pero sí la voluntad de servir como un ángel.

Tras las puertas del San Jorge Children's Hospital, Benigna Rivera Sánchez ha presenciado milagros, ha sido testigo de sonrisas y una fuente de apoyo para muchos niños y padres con las esperanzas en el suelo.

Desde 1999 Beni, como cariñosamente la apodan, ha dedicado parte de su tiempo a ofrecer ayuda espiritual junto a su esposo Pedro Matos Torres a decenas de los pequeños pacientes que visita semanalmente en el hospital. Y aunque no se le dio la oportunidad de tener hijos, analiza orgullosa que “Dios me dio la asignación de venir aquí a darle apoyo espiritual a muchos de los niños, a sus padres, que se encuentran en situaciones difíciles”, revela. Y a su vez, reflexiona que “quizás Dios lo hizo para, a través de la fe, llenarme ese espacio, porque te reconozco que es algo que disfruto muchísimo”, confiesa sonriente. A su vez, aclara que ella y su pareja no pretenden “imponer nuestra creencia religiosa a nadie”. Por el contrario, “nos limitamos a llevar palabras de aliento, de esperanzas, a través de la Biblia, más allá de una religión específica”.

Y si bien reconoce que su misión “es algo que llena a uno”', también manifiesta que lo más difícil es “ver a unos pacientes ahora y que después cuando volvemos a visitar y preguntamos, ya no están entre nosotros, o se han ido a Estados Unidos a continuar un tratamiento, y ya no sabes cómo están”.

Entre sus vivencias, relata lo edificante de que ella y su esposo hayan sido testigos de la recuperación de algunos de los pacientes, entre los que se incluyen aquéllos en la unidad de oncología. “Hemos visto casos de padres que han estado con su niño en una etapa final”, relata conmovida. “Y se han aferrado a la fe de una manera tal, que se han llevado a sus niños de aquí caminando”.

Experiencias como éstas son las que le hace dar las gracias por esa “revelación que me dio el Señor”, sobre todo cuando puede llevar “la palabra de Dios a más de un hijo”.

Para conocer más detalles sobre cómo formar parte del grupo de voluntarios del San Jorge Children's Hospital, puedes llamar al 787-727-1000.

Para conocer más sobre el programa de padrinos de Hogares Rafaela Ybarra, comunícate al 787-763-1204.

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