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El primer teniente Jayson González Vega, de 25 años, besa a su esposa Yahaira Quiles a su llegada al aeropuerto internacional Luis Muñoz Marín. (Primera Hora / Pipo Reyes)
El abrazo boricua de llegar a casa
sábado, 5 de julio de 2008
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En Irak el futuro no existe porque los días no acaban nunca. Eso lo dice un soldado puertorriqueño de la Reserva quien, junto con otros 19, llegó ayer sano y salvo. Al menos por fuera.
El primer teniente Jayson González Vega, de 25 años, dijo en el aeropuerto internacional Luis Muñoz Marín que en la zona de guerra no se tiende a pensar en el futuro.
“Se vive el día a día. El 'después' no existe”, aseguró mientras lo observaban su esposa, Yahaira Quiles, y su madre, Yolanda Vega. Ambas, entre risas nerviosas y lágrimas, no dejaban de contemplarlo.
La misión diaria de González Vega no era fácil. Debía mantener a salvo su grupo sin dejar de cumplir el trabajo de operaciones postales. Pero lo más complejo era, sin duda, “luchar con las cosas mentales”.
En Irak las lágrimas abundan tanto como las municiones. Al menos González Vega reconoce que lloró bastante, sobre todo en diciembre. Tampoco se puede dormir.
“No se puede descansar pensando en los demás, pensando en qué ocurrirá”, recordó el militar, quien a través del teléfono y los correos electrónicos se mantenía en contacto con su esposa, una joven que ayer no sabía qué le diría cuando lo viera.
Otra de las esposas que ayer esperaban a su pareja, Giorianne Arnau, tampoco sabía cómo reaccionaría cuando finalmente viera al sargento Santiago, a quien no tenía de frente desde febrero, cuando vino de pase. Lo que sí sabía, mientras sostenía a su hijo Rodrigo en brazos, era que se acababa “la agonía de un año”.
Julio Osorio, quien ayer también se bajó del avión que lo regresó a Puerto Rico, cree que lo peor que le ocurrió en Irak fue estar lejos de su familia. El maestro de educación física, natural del barrio Anones de Naranjito, estaba que se reía solo cuando vio a todos los que lo esperaban a la salida del terminal aéreo.
Aunque reconoció el riesgo de estar en la zona belicosa, asegura que la preparación que reciben les permite salir airosos.
Pero eso no quiere decir que no haya llorado. “Lloramos en equipo”, dijo, “pero Dios siempre está con uno”.
Alborotosos
Los puertorriqueños tenemos fama de montar el bayú en cualquier parte. Parece que no hay excepción.
Julio Díaz, quien ayer celebraba con su familia, aseguró que “en el comando (al que pertenecían) ya los extrañan” por el alboroto que montaban cada vez que tenían la oportunidad. “Ahora se quedaron en silencio”, dijo, quizas metafóricamente.
Para los soldados su labor es un trabajo. Una faena en la que debe reinar la solidaridad.
Ayer, mientras abrazaban a la gente que aman, hacían planes para disfrutar el resto del día sin los morteros que en Irak les quitaban el sueño.
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