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Por Adria Cruz

¿Cuál es nuestra fórmula secreta?

12/06/2012

Somos una fábrica de asesinos. Nos creemos inocentes. Somos rápidos para echarles la culpa a otros. Somos amantes del juicio moral. Nos sale fácil “él se lo buscó”. Nos aplaca la conciencia adjudicar niveles de “culpabilidad” o “inocencia” a las víctimas del crimen. Somos unos hipócritas.

Si la víctima es famosa, como el boxeador cabeza de chorlito asesinado hace unos días, olvídate de si estaba o no en líos, se nos murió un héroe. Un “macho” pintoresco, un personaje. Tuvo “problemas de drogas”, pero como boxeador fue “de lo mejor”, “nos dio gloria”. Y a nadie parece importarle que la “gloria” que nos dio consistió en caerse a golpes con otros cabezas de chorlitos por unos cuantos millones de dólares que se desperdician inexplicablemente en eso que insisten en llamar deporte y que no es más que un culto a la violencia de la que tanto nos quejamos.

Si la víctima no era famosa, pero surgen dudas sobre sus acciones, como en el caso del publicista asesinado, entonces se forman dos bandos. Unos que casi sienten una obligación el señalar que el asesinado “no era un santo”, que qué hacía en esa calle, que eso le pasa por... Y otros que rechazan que lo que se alega pudiera ser cierto, santificando su imagen, deshumanizándolo, casi, en aras de defender su nombre. Y muy pocos se detienen a cuestionarse qué importa, si el hecho es que lo mataron igual que al boxeador, igual que al muchachito de Ponce, igual que a tantos otros que matan todos los días sin que sepamos nunca sus nombres.

Somos una fábrica de asesinos.

Nos indignamos rápido y nos desindignamos más rápido todavía. Par de mensajes en el Féisbuk, par de tertulias pesimistas, par de marchas con cartulinas y par de columnas. Y luego de regreso a casa, tras las rejas, a interceptar depresiones, a festejar para no pensar y a fantasear que a nosotros nunca nos pasaría “algo así”.

Somos una fábrica de asesinos.

Como la Coca-Cola, nuestro producto tiene una fórmula secreta. Todos conocemos o creemos conocer sus ingredientes, pero nadie sabe la combinación exacta. O tal vez nadie quiere conocerla. O está bien clarita y nos negamos a verla.

Desigualdad económica; materialismo extremo; gusto por la recreación violenta; incapacidad y corrupción gubernamental; falta de liderazgo y buenos ejemplos; religiosos de pacotilla propagando el odio; mala distribución de los recursos; sustitución de valores importantes como la educación y el amor al trabajo por falsos moralismos improductivos, todos son ingredientes de nuestra fórmula.

Es una fórmula exitosa porque no hacemos nada para evitar que lo sea. O lo que hacemos no nos convence ni a nosotros mismos.

Cuando dejemos de pensar que somos un país de víctimas inocentes versus culpables, cuando nos convenzamos de nuestra propia culpa, tal vez podremos restar ingredientes a la fórmula hasta hacerla inefectiva y cerrar la fábrica: esta fábrica de asesinos en la que nos hemos permitido convertirnos.