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Por Adria Cruz

¿Hay perdón tras la muerte?

10/04/2012

Mis abuelos tenían por costumbre leer las esquelas, así que crecí con la misma manía. En un tiempo hasta me tocó ser correctora de esquelas en El Nuevo Día. Un error en una esquela podía ser fatal. El fin de mi apenas iniciada carrera periodística. Así que guardaba los mensajes de muerte con la vida.

Esta semana se publicó en el ABC de España una esquela tan singular que el diario decidió reseñarla como noticia. Soledad Hernández Rodríguez, nacida en Badajoz el 1 de agosto de 1934, decidió dejar encargada la publicación a su muerte de una esquela en la que “perdona” a sus familiares “que la abandonaron cuando más les necesitó”, específicamente a sus hermanos y a su hija “por su absoluta falta de cariño y apoyo durante su larga y penosa enfermedad”. Y salen los nombres y apellidos de los perdonados. Para que también se mueran, pero de la vergüenza.

En el fondo, suena bien como venganza la esquela de Soledad. Para mí es como una doble estocada porque, a fin de cuentas, los muertos siempre dejan una estela de culpas, reales o inventadas, a los que les sobreviven. Es cuestión de combinar estela con esquela. Algo así como “a los que ya se sienten culpables por haber sido unos hijuelas conmigo, los perdono”. Y ahí les chavaste el resto de sus días.

Realmente, no creo ya mucho en el concepto del perdón, porque parte de la premisa de que otro tuvo la culpa de algo que te pasó, cuando en realidad todo lo que nos ocurre o nos suele ocurrir suele ser desde propia hechura. Con algunas excepciones, claro está. Así que el único perdón válido para mí (¡uf, intento, pero qué difícil no parecer libro de autoayuda en este tema!) es el que somos capaces de otorgarnos a nosotros mismos.

Eso es a nivel individual, porque a nivel colectivo están las culpas choretas. Y ahí sí que está fuerte perdonar.

Nosotros como pueblo tenemos la culpa de muchos de nuestros males. Porque nos dejamos. Porque lo permitimos. Porque nos indignamos en el periódico y en el Féisbuk, pero más na. No obstante, es innegable que hemos sido víctimas de muchos hijuelas. Demasiados, diría yo. Así que encarguemos una esquela de nuestro colectivo dedicada a ellos. A lo mejor nos sirve para resucitar: