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Por Adria Cruz

Me estoy poniendo vieja: Introducción

01/10/2013

No, no voy a hablar de la trapo ‘e bola, ni de la trapo ‘e muñeca, ni de la trapo ‘e reforma legislativa. He decidido tomarme unas vacacioncitas del país, la crisis y el colectivo, y sacar una serie de columnas que he denominado Me estoy poniendo vieja, dedicadas a la midlaif craisis y pues, a eso, a que me estoy poniendo vieja.

A los que me leen asiduamente para unirse a la discusión sobre por qué el país está tan jodido, los invito a que se cojan el bréik conmigo. Especialmente a los ochentosos como yo, que estamos plenamente instalados en esta otra crisis, la de la mediana edad, esta especie de segunda adolescencia en la que estamos reconociendo los cuerpos que habitamos y bregando con una serie de ichus que hasta hace poco nos eran ajenos.

A modo de introducción a la serie, les cuento de varias señales que me llevaron a concluir que me estoy poniendo vieja. (A mis amigas, se calman, no voy a hacer el cuento de qué parte de mi cuerpo me chequeé con un espejito y me traumatizó al corroborar que eso de envejecer... incluye todo).

Para empezar, voy a hablar de algo sencillo: las canas. “¡Ay, por favor!, yo tengo canas desde los 30 y tantos!”, dirán muchos de ustedes. ¡Pues yo no, fíjense! Yo tenía una perfecta cabellera azabache hasta hace un par de años. En mi caso, las canas han llegado con la edad. Y me requetejoden, ¿okéi? Siempre fui de las que dicen “ah, las canas, son las pruebas de que he vivido, las abrazaré, serán parte de mi historia... blablablá...”. ¡Las odio! Todavía me las arranco. Son fuertes, gruesas, lacias y obscenas intrusas en mi fina, rizada y negra cabellera. Ni siquiera son organizadas. No salen en las patillas, ni en la orilla de la frente, no. Salen aquí, allá, preferiblemente en algún sitio que yo no pueda ver, como la coronilla o la parte de atrás de la cabeza, y por lo general son descubiertas por alguien más que tiene la... cordialidad de señalármelas.

Otra señal, menos orgánica pero igualmente dramática, es mi súbita debilidad por las botas. Mientras más juveniles, mejor. Luk de rockera, vamos. A ese nivel. Sí, lo sé, charrerías de premenopáusica, lo sé, pero no puedo evitarlo. Me miro al espejo y me encuentro cul, y salgo a la calle de lo más feliz. Me falta la Harley, o aquel Mustang rojo que tuve en mis treinta y tantos y que quise tanto. Claro que probablemente ya no pueda subirme y bajarme de él con la misma gracia, lo que me lleva a otra señal: artritis (todavía) psicológica.

En serio, por las mañanas me siento mohosa. Me levanto cojeando, si estoy mucho rato sentada, me entumezco, y si oso sentarme en el piso o usar posiciones de loto o algo así, llamen a la grúa. Granted, eso también tiene que ver con el peso, pero cuando escucho a amigas flacas quejarse de cosas similares, me doy cuenta de que es algo más. Es que nos estamos poniendo viejas.

El peso es otra señal, los sofocones premenopáusicos, el inusitado atractivo por la gente más joven, el consumo obsesivo de productos “naturales” para mil dolamas que antes ni sabía que existían, la intolerancia al alcohol... Si sigo, se me acaba la serie con una columna y eso no era. Acepto sugerencias de mis compañer@s en este yerni de la edad, en especial l@s cuarenton@s.

Los demás, rilax, ya mismo volvemos al país y su crisis permanente, que no es por viejo, sino por poco sabio.