Placeholder

Por Adria Cruz

Me estoy poniendo vieja: Memorias del olvido

01/17/2013

En mis treinta y tantos tuve un problema grave de memoria corta y semántica que se caracterizaba por una incapacidad terrible para completar oraciones o recordar de qué hablaba con mis amigas cinco minutos antes. Se lo atribuí inicialmente al oficio, al procesamiento diario de información excesiva y desechable, pero al ver que amig@s no relacionad@s con los medios también lo tenían, concluí que era el exceso de aspartame.

No sé si esa crisis pasó o si me acostumbré a ella y la manejo como puedo, pero la verdad es que mi memoria ha mejorado, salvo episodios de despiste inexplicables como cuando me subí al carro para ir a reunirme con una amiga y me di cuenta de que no me puse cierta pieza de ropa o cuando me fui a trabajar emperifollá, pero con las chancletas de lavar la terraza y tuve que ir a Peiles a comprarme unos zapatos. Bueno, también me pasó que llegué al colegio electoral sin tarjeta el día de las elecciones, pero eso no significa que tenga problemas de memoria, ¿okéi?

El problema con la memoria ahora es casi al revés. Lo recuerdo todo. Todo lo que no es inmediato, quiero decir. Lo que le llaman memoria a largo plazo. Lo triste es que he entrado en esa etapa en la que dicha memoria no me sirve de mucho si tengo a mi alrededor gente más joven porque nunca sabe de qué estoy hablando. Simplemente, no saben porque no lo vivieron o, si lo vivieron, ni se enteraron. Y (voy a sonar bien vieja al decir esto), ya a los niños no se les cuenta cómo era la vida antes de ellos.

Por ejemplo, hace poco estuve en una tienda de cosas viejas, vínteich les dicen ahora, y cuando examinaba un tablillero lleno de videocasets, llegó corriendo una jovencita y me preguntó: “Estos son vieichés, ¿verdad?”. Le respondí que sí, algo nerviosa por lo que pudiera decirme después. De lo más entusiasmada con el hallazgo, la chica me pidió que la ayudara a buscar porque probablemente allí encontraría una película bien vieja de la que había oído hablar y que quería ver. ¿Casablanca?, pensé. ¿Lo que el viento se llevó? ¿El mago de Oz? Con pánico reprimido le pregunté cómo se llamaba la película y me respondió: “Grease”. ¡Grease, mi pana! Grease es para los adolescentes de esta época lo que West Side Story fue para los de mi generación a esa edad: esa vieja película que al parecer fue famosa y quiero ver. Demás está decir que para la muchacha, John Travolta no existía antes de “Austin Powers” y Olivia Newton-John… no existe ni existió nunca.

Iba a decirle que tengo una videocasetera en casa que le podía prestar para que viera la película, pero no me atreví. Ebribadi rock, ebribadi rock…