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Por Adria Cruz

Me estoy poniendo vieja: ¿se acuerdan del teléfono?

01/31/2013

En días recientes estuve de visita en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) y me encontré con que tenía en exhibición un par de teléfonos de cable. Sí, de esos que teníamos todos en nuestras casas hasta los otros días. Imagino que alguna gente todavía los tendrá. Claro que los del MoMa son de los que teníamos que meter el dedo en la rueda y dar vueltas para marcar. De la época en que el índice –y no el pulgar– era el dedo más importante.

Ahora, a muchos de los que tienen todavía teléfono en la casa probablemente les pasa como a mí, que nunca suena, y cuando suena, no lo reconozco. Una noche estuve buscando y quejándome del molestoso sonidito que escuchaba en casa sin percatarme de que era el teléfono. Me di cuenta cuando mi mamá me llamó al celular y me reclamó por qué no contestaba el otro número. Es más, alcen la mano los que tienen teléfono en la casa.

Ahora álcenla los que se saben el número de ese teléfono de memoria. (No lo hagan si están en el trabajo, que bastante sananos que se van a ver). A que son muy pocos.

El hecho es que los teléfonos caseros han pasado a la historia gracias al celular, ese apéndice que llevamos a todas partes, hasta a la cama, al punto de que olvidamos cómo era la vida sin ellos. Ahora sentimos angustia, en lugar de libertad, cuando salimos de paseo y se nos queda el celular en la casa. Como si el mundo se fuera a acabar porque no tenemos el aparatito. Ya no se trata de conversar, no. “Necesitamos” textearle a alguien lo que estamos haciendo y, si no tenemos a quién, pues necesitamos ponerlo en Féisbuk. Una suerte de autenticación de nuestra propia existencia. Texteo, luego existo.

A principios de los 90, mi entonces jefa pertenecía al exclusivo grupo de conductores que tenían teléfono en el carro. No, no que cargaba el celular (que para aquel entonces era un aparato enorme y espantoso), sino que tenía el teléfono instalado en el carro, con cable rizado y todo. A mí me encantaba que me lo prestara para andar por ahí de lo más comeeme con el auricular enganchado en el hombro, fingiendo que hablaba con alguien. Ahora parecería una loca. Ah, y me darían un ticket por hablar mientras guío. Aunque fuera de embuste.

Ahora los celulares tienen de todo. Son computadoras de bolsillo, cámaras fotográficas y hasta radios de transistores, porque casi todas las emisoras AM ya tienen una app para escucharlas por móvil. Y un teléfono que tenga menos que eso ya no vale na’.

Recientemente, regresé de un viaje, llegué con la familia y, al salir del aeropuerto Chavela Vargas, perdón, Luis Muñoz Marín, mi mamá se percató de que se le había quedao el teléfono en el avión. El de mami es de esos que no tienen Internet y lucen una pantalla chiquita, una camarita que no sirve pa’ na’ y, oigan esto, ¡tiene teclas! Viramos, pero no había nadie en el gueit Lola Beltrán, digo, en el gueit 2, y la puerta hacia el avión estaba cerrada. Ya nos íbamos, resignados, cuando vi al solitario celular sobre un mostrador. Estaba a simple vista, nadie lo estaba velando, no tenía ninguna seguridad, cualquiera lo pudo haber cogido... Yeah, rait!