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Por Adria Cruz

Me estoy poniendo vieja: ya nada es lo que era

02/07/2013

Cuando repasaba las noticias de las últimas semanas para soltar esta serie y retomar los temas de actualidad, me entró una ansiedad manrriqueña espeluznante. Como hacían mis abuelos, me descubrí comparando la situación del país, en especial la del crimen, con la de los años de “cuando yo me criaba” y el resultado fue fatal. (Eso de comparar el pasado con el presente no es más que otro claro signo de envejecimiento).

El estado de la Isla es tal que ni el cambio de gobierno generó suficiente entusiasmo como para durar el primer mes. Así que, sigo en mi bréik. Porque, aunque todo parece ser lo mismo, en realidad ya nada es lo que era.

El otro día estuve de compras en un mol de esos que son abiertos, de los que no nos gustan mucho porque no podemos coger aire acondicionado gratis. Me percaté de cómo ha cambiado mi rutina a través de los años en esos escenarios. Antes buscaba un parking aislado para tener espacio y que no me guayaran el carro con las puertas de otros. Ahora hago todo lo posible por estar entre dos vehículos, por si a alguien le da por robarse uno, pues que tenga opciones. Antes salía del carro con las llaves dentro de la cartera y el celular en la mano, chachareando de lo más feliz. Ahora, con las llaves en la mano, una entre cada dedo por si me toca defenderme, el celular guardado y mirando a todos lados como paranoica. Antes iba de noche, aprovechando que comenzaron a cerrar tarde en todos lados y para evitar el roch del día. Ahora voy temprano, aunque de noche está igual de lleno, y me da estrés si no estoy fuera del mol antes de que se ponga oscuro.

Ninguno de esos cambios es señal de vejez, dirán ustedes, sino de que vivimos en un país inseguro al que tristemente nos hemos adaptado, en lugar de cambiarlo. Cierto. ¿Juárels is niu?

Ah, pero los signos de mi viejetud se manifiestan una vez entro a la tienda principal del mol. Pa empezar, saludo al billetero. ¡Al billetero, mi pana! Y él me comenta cosas como que murió fulano y yo no tengo idea de quién habla, pero le digo: ‘qué pena, ¿qué edad tenía?’ Y me responde que 73 y le contesto ‘¡uau, tan joven!’. Y me adentro en la tienda con expresión taciturna pensando en que no somos nada.

Cuando voy al cáunter de servicio la dependienta (así le decíamos en Ponce, pero a lo mejor eso también ha cambiado) me pregunta, ‘¿en qué te ayudo, chica?’, y yo, la que hasta hace unos años se indignaba cada vez que le decían “señora”, tengo que disimular mi desagrado por la “chica” confianzuda que me ofrece ayuda. Claro que, como es tan raro que ofrezcan ayuda en estos sitios (y en estos días, para seguir con el tono), pues le sonrío y le aguanto par de “chicas” más.

Termino mis compras y cuando hago el filongo para pagar no puedo menos que envidiar a la sinior cíticen que me pasa por el lado y le exige –sonriente– a la cajera que le cobre primero a ella porque es... eso, sinior cíticen. Y entonces me prometo que cuando sea vieja de verdad me voy a colar en cuanta fila pueda... con una gran sonrisa.

De regreso a casa, en el tapón, voy a escuchando radio AM y para no sulfurarme con lo que escucho me distraigo mirando a mis alrededores. Cosas como los letreros de la campaña de Santini en los balcones de Llorens me hacen sonreír y me alivian el trayecto. Ya en mi vecindario, la vieja-nueva rutina para el país que ha cambiado tanto que no cambia nada: doble vuelta al parking, mirar varias veces a todos lados, subir con las llaves en la mano, abrir rejas, quitar y poner alarma... ahh. Ya nada es lo que era.