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El poder de la aguja las rescató del desempleo

Por Osman Pérez Méndez / [email protected] 09/02/2017 |09:00 a.m.
El grupo procura cumplir con las expectativas de los clientes en cuanto a entrega y pedido. ([email protected])  
Seis costureras fundaron la Cooperativa Industrial de la Aguja de Cayey al enfrentarse al cierre de su centro de trabajo.

Hace algo más de dos años, recibieron la dura noticia de que la fábrica textil donde habían trabajado por años cerraría. 

De la noche a la mañana la seguridad laboral se esfumó, como le ha pasado a tantos miles de personas en estos tiempos de crisis. Cientos se quedaron entonces sin trabajo cuando cerró aquella fábrica en Cayey, incluyendo a decenas de costureras. Pero al menos seis de esas cesanteadas lograron convertir la pesadilla en esperanza, tomando otra vez el destino en sus laboriosas manos. 


Hoy día, a su alrededor siguen sonando los motores de las máquinas de coser y las agujas se mueven a velocidad sorprendente alrededor de sus dedos mientras sacan adelante cientos de uniformes deportivos, escolares o alguna otra pieza, en un local que ya parece quedarse pequeño para la demanda que tiene la Cooperativa Industrial de la Aguja de Cayey, que conforman Severiana Solís, Jaqueline Alvarado, Silvia Mercado, Carmen Franco, Ruth N. Martínez e Ismelda Gonel. 

Como recuenta una de estas emprendedoras, luego de botar el golpe de caer en el desempleo, sintieron que quedarse de manos cruzadas no era una opción, así que aceptaron una certera recomendación y se unieron para crear una cooperativa. 

“Ese día nos anunciaron los despidos y el cierre. Nos dieron una carta y nos dijeron que ya no había más producción”, recordó Solís, quien trabajó por 42 años en la fábrica cerrada. “Fueron como cien personas que se quedaron sin trabajo. Fue fuerte. Hubo gente que cayó en depresión y todo”. 

Para ese tiempo, el doctor José Vargas Vidot había visitado la fábrica porque necesitaba un birrete. Al conocer que la instalación iba a cerrar, se quedó con la preocupación de qué pasaría con los empleados y los convocó para ver cómo podía ayudarles. Al reunirse con un grupo, les sugirió la idea de unirse en una cooperativa. 

“Ahí empezamos a hacer gestiones, a averiguar cómo trabaja una cooperativa”, recordó Solís sobre los primeros pasos que dieron. 

Al principio, destacó Solís, el proceso se les hacía complicado, más que nada por el desconocimiento de cómo funcionaban las cosas. Pero tras inscribirse en el Departamento de Estado recibieron la asistencia de personal de la Comisión de Desarrollo Cooperativo. “Una persona nos ayudó a hacer todo el proceso de inscribir. Cada una de nosotras hizo un préstamo (para crear la cooperativa) y nos dieron un préstamo para financiar (la compra de) las máquinas (de coser), que son de uso, pero funcionan”. 

Poco después alquilaron el local donde hoy trabajan, y ahí “el primer cliente nos trajo una carga de sudaderas, y así fue que arrancamos. Luego empezaron a llegar clientes, por referencias. Los mismos clientes nos dieron promoción. Luego hicimos la página de Facebook, y así se fue regando la voz”. 

Al mismo tiempo, y para educarse y poder administrar mejor su cooperativa, acudieron al Programa de Incubadora de Cooperativas, del Instituto de Cooperativismo de la Universidad de Puerto Rico. “Son unas clases, todos los sábados, sobre temas de cooperativas. Son muy buenos recursos. Todavía estamos tomando las clases. En diciembre nos graduamos”, explicó Solís. 

La empresa ha marchado lo suficientemente bien en estos dos años como para que al momento estén empezando a considerar un nuevo paso adelante. “Ahora tenemos tanto trabajo que quizás tengamos que expandir y hasta traer más operarias”, evaluó Solís con evidente satisfacción. 

Además, la cooperativista aseguró que la empresa está cumpliendo “con todo, Seguro Social, IRS (Servicio de Rentas Internas federal), el Fondo del Seguro del Estado… Gracias a Dios estamos cumpliendo con todo. Estamos al día y aspiramos a más”. 

 
Mujeres desempleadas recrecieron con el poder de la aguja

Un día quedaron sin trabajo, pero se unieron y crearon un nuevo negocio en Cayey.


“Desde la primera vez que hice un encargo, me pareció muy bien. Siempre nos hemos mantenido con ellas. Si necesitas algo ‘rush’ (muy rápido) ellas hacen el esfuerzo para sacarlo. Es excelente. De verdad, no hay quejas”, dijo uno de los clientes Diego Reyes.

Solís resaltó cómo la cooperativa, además de un nuevo trabajo, significó también una nueva forma de pensar. 

“Fuimos del desempleo no solo a tener trabajo, sino que ahora no trabajamos para un dueño, ahora somos socias, somos dueñas”, afirmó con orgullo, aclarando que todas las decisiones que toman se hacen por consenso y que cada miembro de la cooperativa está a cargo de varias tareas. 


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