A Melba Acosta le dan pena hasta las iguanas-VÍDEO

Por Rosita Marrero / rmarrero@primerahora.com 01/26/2013 |
A Melba Acosta le gusta coleccionar arte puertorriqueño.(jorge.ramirez@gfrmedia.com)  
Ama el buen vino, que no es necesariamente el más caro, el arte y la buena comida.

Sus gatos tienen “rascacielos” para limar sus uñas.

Aunque no era amante de los gatos, terminó adoptando dos satos, a los que les prodiga todo su amor y atenciones.

Igual atención les dedica a sus plantas, las que cuida con el mismo fervor con el que aprecia una obra de arte; y la misma pasión que siente por la buena mesa o un buen vino.

En su cuenta de Twitter escribió: Puerto Rican attorney into beach, art, traveling, wine, tennis, frustrated cook ergo restaurant foodie...

Se trata de la designada secretaria de Hacienda, Melba Acosta, a quien Primera Hora sorprendió echándoles agua a sus plantas, antes de acometer actividades menos sublimes, como las finanzas y el fisco.

Se le ve muy relajada, no parece tener presiones.

El grupo fiscal del Gobierno tenemos una presión muy grande, pero hay que tener los espacios personales bien cuidados.

¡Qué bonita pintura a sus espaldas!, le comentamos.

Es una de mis obras favoritas de Enrique Renta. Es una persona bien diversa. A veces utiliza unos colores más vívidos y, en otras, unos colores tierra.

¿Usted es coleccionista?

Sí, me gusta coleccionar arte puertorriqueño. Tengo unas cuantas piezas de artistas puertorriqueños: Renta, Martorell, García, Dafne Elvira, Dávila Rinaldi... El arte saca a uno del día a día.

Usted dice en Twitter que es “foodie”.

A mí me gusta ver los programas de cocina, el Food Network, y ver cómo hacen estas maravillas. Sencillas. No son complicadas. Yo no cocino mucho, pero cuando lo hago, me sale muy bien. A veces voy a restaurantes a San Juan y a la plaza del mercado de Santurce, como Santaella. Me fascinan muchos de la placita. Frecuento unos cuantos. La cocina puertorriqueña es increíble.

¿Se siente cómoda en su cargo?

Cuando el gobernador me llamó, le pedí unos días para pensarlo porque estaba en la empresa privada y era volver al servicio público con los sacrificios que conlleva y los presupuestos, las noches largas de trabajo, las conferencias de prensa en La Fortaleza... Pero hay una situación tan difícil...

¿Recuerda los sueños?

No sueño tantísimo. Creo que, cuando me acuesto, estoy tan cansada que no los recuerdo. A veces recuerdo sueños que son una mezcla de situaciones. Estoy en un sitio y aparece gente que no estaba en el sitio.

¿Y pesadillas... con números y descuadres?

No, hasta ahora no los he tenido. No quiere decir que más tarde no los tenga. Cuando estaba en OGP, cada vez que había que cuadrar un presupuesto, se me quitaba el sueño. Eran las tres o las cuatro de la mañana y yo estaba despierta y no podía dormir, pensando en cómo íbamos a resolver el presupuesto y qué medidas había que tomar... Vamos a ver aquí cómo va a estar...

   

Acosta relató una anécdota reciente de la que aún se ríe.

“Recientemente hubo una primera plana del periódico y ese día yo tuve que sacarme una muestra de sangre y fui bien temprano al laboratorio, como a las 6:00 de la mañana. Estaba tratando de hacerlo lo más discreto, que no supieran, quién yo era. Había un periódico frente a las muchachas que toman la sangre, con la primera plana mía. Yo trato de terminar para irme rápido. De repente, una de las técnicas mira el periódico y me mira; y vuelve y mira el periódico y me mira, y le pregunta algo a la otra que me tomó la sangre. Ella dijo: ‘Es Melba Acosta’. Se dieron cuenta y empezaron a brincar en el laboratorio y a brincar y a decirme cosas. Me dieron 2 mil recomendaciones de cómo trabajar. Fue una experiencia bien linda.

¿Qué le recomendaron?

Del IVU, que tenía que meter presa a la gente. Me decían: ‘Tienes que meter preso al que no pague’... Una gente bien nice.

¿Qué la hace llorar?

Yo tengo una sensibilidad: una son los animales. Me afectan los animales en la calle. Yo tengo unos gatos, que la gata los parió y los dejó. Los llevé al veterinario y me quedé con dos. A veces voy guiando a Río Grande y veo las iguanas grandes y feas en el camino y eso me parte el alma.

Me duele el maltrato de los niños y a los ancianos. Una vez en high school, en Arecibo, tuvimos que hacer un postulado. Yo escogí el Departamento de Pediatría de un hospital, pasar con nenes dos horas. Salía destruida con niños que la mamá le pegó las manos en la hornilla. Duré dos semanas.

También la conmueven “los viejitos, en el ocaso de sus vidas con una dignidad... viviendo en situaciones paupérrimas; y las personas con enfermedades mentales, que el Gobierno no les da servicios”. 

Una experiencia difícil de borrar

Uno de los momentos más dramáticos e impactantes en la vida de Acosta fue lo vivido el 11 de septiembre de 2001, durante el ataque a las Torres Gemelas, en Nueva York.

Acosta se encontraba cerca de las Torres con el equipo financiero de la gobernadora Calderón.

“Nos estábamos quedando en un edificio a dos cuadras de las Torres y vimos cuando los aviones entraron, el fuego, el humo... Tuvimos que desalojar el edificio corriendo. Vi a la gente cuando se estaban tirando. No podía creerlo. Para que un ser humano hiciera eso, habría que ver el infierno que estaba viviendo”.

“Cuando llegamos al lobby, encontramos sombrillas rotas, tennies, presentaciones en PowerPoint, efectos personales, a dos cuadras”.

“Tuvimos que irnos. Subir y subir para encontrar un sitio. No teníamos hotel ni ropa. Empezamos a caminar y caminar cansados, cubiertos de polvo. Nos dividimos en cuatro grupos. Llegamos al Lower East Side. La gente empezó a bajar de las casas, a darnos agua, toallas y a ayudar en lo que podían; habían heridos sangrando. A nosotros solo nos cubrió la bola de humo”.

Acosta calzaba tacos y no soltaba su laptop ni en las cuestas. “Corrimos... corrimos hasta que pudimos alejarnos del primer edificio que se cayó. El otro lo vimos a la distancia. Después de eso estuvimos en Nueva York cinco días que no podíamos salir. La única ropa que pudimos comprar fueron camisetas de “I love New York”, en una tienda de souvenirs.

Fueron horribles. Todo lo que oías eran sirenas y la policía sacando la gente que estaba viva.

¿Cuál sería la alegría más grande?

Si podemos lograr configurar un presupuesto de gastos recurrentes e ingresos recurrentes que no tuviéramos que estar cogiendo prestado y pudiéramos bregar con el Sistema de Retiro de una forma sensible, pero firme. Eso sería un logro enorme. A veces, cuando me toman fotos y dicen ‘sonríase’, yo pienso en cuadrar el presupuesto y me sonrío porque sé lo difícil que es. Pero hacia eso vamos. Creo que podemos lograrlo.