¿Tú hiciste eso?

Cuando la mayoría de las personas observa a Elaine junto al imponente mosaico que creó, esa es la primera reacción que provoca: una mezcla de sorpresa e incredulidad.

Pero a ella no le molesta. Todo lo contrario. En ese momento se acomoda más erguida en su silla de ruedas y despliega su enorme sonrisa, porque Elaine Pérez Arroyo, de 47 años, está viva casi de milagro.

Hace siete años luego de experimentar varios dolores de cabeza intensos, un día cualquiera y sin aparente razón, ese dolor se intensificó y vino acompañado de náuseas. Luego se quedó inmóvil y antes de que pudiera reaccionar, dejó de ver.

De inmediato sintió terror de no saber lo que le pasaba. Su entonces novio Héctor Vázquez llegaba en ese momento a su casa y desesperada pudo decirle que no podía moverse. Momentos después se desmayó.

Lo próximo que recuerda es haber despertado entubada en lo que parecía ser un hospital. Héctor la había llevado tan pronto se desvaneció a un centro cerca de su casa en Vega Baja y de allí la habían trasladado a Centro Médico.

Ese despertar fue traumático porque cuando intentaba conseguir respuesta a todas sus preguntas, sintió algo profundo en su oído izquierdo que sonó con un rotundo “¡pá!”. Acababa de explotarle el tímpano.

Más adelante supo lo que tenía: una aneurisma en el cerebro que reventó sin mayor aviso, como suele ocurrir. Apenas un 12% de las personas logra sobrevivir a un acontecimiento de ese tipo, le dijeron sus médicos. Y ella fue una de las afortunadas. O por lo menos así lo ve e interpreta ahora que ha pasado lo peor y que cada día lucha y ve resultados en su camino a la recuperación.

“Los pocos que sobreviven no logran estar en funcionamiento. Yo estuve mes y medio en el Centro Médico”, contó.

Como si no fuera ya mucho, tres meses después también le encontraron un tumor en la parte delantera de su cerebro que, afortunadamente, lograron extirparle. Aunque era benigno, no dejó de ser una preocupación adicional. También sufrió un leve ataque cardiaco. Todo eso influyó en que su proceso de aceptación se prolongara.

De hecho, entender que nunca podría volver a recuperar su vida como era antes de que explotara la aneurisma le costó muchas lágrimas y sufrimiento.

Atrás debía dejar aquellos días de trabajar hasta el cansancio como secretaria ejecutiva, ser el sostén de su papá y su mamá que ya están mayores, y de su hija que estaba en octavo grado. Las salidas esporádicas a ir a bailar que tanto adoraba tampoco volverían, como tampoco su costumbre de correr bicicleta desde el Condado hasta Loíza.

“Aceptar que no podía hacer todas esas cosas fue una gran pelea interna que yo tuve. Entender que mi vida había cambiado y que el Señor seguramente tenía un plan para mi vida fue duro. Yo peleaba y le decía a Dios, 'yo lo acepto, no me voy a quejar', pero por las noches lloraba muchísimo, muy desesperada y le pedía que me diera fuerzas”, afirmó.

En ese proceso Héctor le propuso matrimonio. Todavía no podía ver, y pensó que la cajita que él le estaba dando eran dulces y varias veces le dijo a su amado que no quería. Él inistió en que la abriera. Poco a poco fue palpando con sus manos -y sus ojos se llenan de lágrimas al recordar la sorpresa que se llevó- hasta que entendió, y por supuesto, dijo que sí.

“Esa fue otra de las cosas que aprendí con todo esto. La manifestación del amor de otra manera, de una manera mucho más grande, más pura, el amor que está ahí cuando no te puedes poner una minifalda ni te puedes maquillar ni estar fabulosa. El amor que te expresan aunque tengas la cabeza rapada”, afirmó.

A partir de allí no se dio por vencido. Su miedo de no poder estar durante la graduación de octavo grado de su hija Ainel, fue entonces ese motor para superar el dolor y forzar su cuerpo a recuperarse.

“Los médicos me dijeron que yo no iba a levantarme de una cama, que yo iba a estar todo el tiempo en una silla de ruedas. Y sí, sigo en una silla pero yo me puedo levantar un poquito, recuperé el balance, a través de las terapias he avanzado, pero ha sido una una pelea. Yo sé que en un momento, a lo mejor no voy a caminar como antes, pero voy a caminar y voy a seguir adelante”, expresó.

Arte que sana

A Elaine siempre le gustó la pintura. Había, incluso, hecho algunas cositas en dibujo, pero nada estructurado. Un día una amiga le contó que había encontrado un lugar donde hacían mosaicos. Obviamente, las dudas la asaltaron. No estaba segura si podría hacer tal cosa porque, entre otras cosas, su brazo izquierdo todavía tiene bien poquita movilidad .

Pero se atrevió.

Y se topó con personas que creyeron en ella como sus maestros Helga Maribel Sánchez y Luis Alberto Rivera.

“Se convirtió en mi otra terapia”, tanto emocional como física porque se tuvo que obligar a usar todas sus fuerzas para lograr cortar cada pieza de loseta, vidrio, tesela y demás materiales.

Su primer trabajo mide 12 pulgadas de alto y ancho y en él representó a un gondolero de Venecia, que es el lugar al que tenía pensado algún día llevar de visita a su mamá. Ahora, casi un año después mira la pieza con orgullo y le ve otros significados, como ese canal de agua que parece no tener fin, como el camino esperanzador que aún tiene por delante.

La segunda pieza mide 20 pulgadas de ancho por 32 pulgadas de alto y está inspirada en otra obra similar que encontró por Internet. En ella hay una mujer con sus brazos y su pelo en relieve mirando hacia arriba. Su valor de acuerdo al tamaño, los materiales y la complejidad está valorado entre $900 y $1,200.

“Se llama 'Alzaré mi ojos'”, en referencia a un versículo bíblico en que el salmista dice que su socorro vendrá de Dios.

“Allí hay lágrimas y sangre literalmente. No fue fácil y muchas veces pensé que no lo iba a terminar nunca”, rememoró.

Pero estaba consciente de que ella tiene que seguir siendo el pilar para Ainel que ahora tiene 17 años.

“Si yo no lo terminaba, si me quedaba en casa sin hacer nada, le doy un mal ejemplo. Así que me tardo en todo lo que hago pero lo hago”, aseguró, al tiempo en que confesó que volvía locos a sus maestros pidiéndoles consejos, porque además, quería lograr una buena obra.

Y cada vez que entre la incredulidad y la sorpresa le preguntan '¿tú hiciste eso?', entiende que también es un ejemplo y puede servir de inspiración a otras personas, incluyendo aquellas que de primera intención no creyeron que fuera capaz.

“Quizás mi misión es dejarle saber a otras personas que si yo puedo hacerlo, otros también pueden, no importa lo que tengas, no puedes cogerte pena, ni dejar que las cosas que te pasan te destruyan. Si tú te lo propones y le metes pasión y las ganas te vas a sorprender del resultado”, declaró.

¿Te ves entonces dedicándote al mosaico?

Me encantaría. Sí. Yo me veo ahí.