“Viví en prisión lo que les hice a ellas”

Por El Universal / México / GDA 11/29/2016 |07:50 p.m.
Enrique se arrepiente de haber sido tratante, ahora se convirtió al cristianismo y se desempeña como activista, compartiendo su testimonio para contribuir a erradicar este delito. (JUAN CARLOS REYES / EL UNIVERSAL)  
Enrique, su madre, sus dos hermanos y un amigo formaron una red que trataba a jóvenes de entre 17 y 20 años en México.

Enrique vivió rodeado de prostitución desde pequeño. Creció en una colonia popular del centro de la Ciudad de la México, donde su mundo eran los cabarets. Narra que a su mamá un hombre le dio trabajo como bailarina y después la prostituyó.

Su infancia transcurrió entre hombres entrando y saliendo del cuarto que rentaban. Mientras ella salía a trabajar, él la esperaba afuera de los centros nocturnos vendiendo cigarros, apenas tenía nueve años.

“Alcoholizada, mi madre nos golpeaba, metía hombres a la casa. Yo me salía con mi hermano mayor y vivíamos en la calle, hacíamos mandados para que nos pagaran y pudiéramos comer”, recuerda.

Los niños, de ocho y nueve años, dormían en coches abandonados; huían y regresaban, aún con los maltratos de su mamá. Al crecer, ante la falta de dinero robaron una casa. “Yo trabajaba en una panadería y mi hermano me pidió que lo acompañara, llegamos a una casa y él entró, cuando abrió la puerta tenía a todos amagados. No amarró bien a uno de ellos y escapó. Nos detuvieron y estuvimos nueve meses en la correccional”.

Al salir, su hermano comenzó a laborar en una “cuartería” cuidando a trabajadoras sexuales y lo invitó, primero como “mandadero”, luego como vigilante hasta que después se independizaron y siguieron en el negocio por su cuenta.

“La casa de mi mamá era el punto de reunión, mi hermano llevaba a las víctimas, yo las recogía y las trasladaba a la casa de seguridad, luego las poníamos a trabajar”, dice.

La primera víctima de Enrique se hacía llamar Teresa, estaba con otro “padrote”, pero después quiso trabajar bajo sus órdenes porque estaba enamorada. “Yo digo que fue la primera y la única víctima porque no ‘trabajé’ a más chavas. Ella me decía que no le importaba laborar para mí siempre y cuando nos casáramos. Yo le decía que la amaba y que sí íbamos a formar una familia”, narra.

Enrique, su madre, sus dos hermanos y un amigo formaron una red que trataba a jóvenes de entre 17 y 20 años, quienes tenían que prostituirse en La Merced. De cada una obtenían al menos 3 mil pesos al día.

Una cuota de 7 mil pesos diarios para el comandante de la base Candelaria bastaba para estar protegidos de operativos. Teresa era su “trabajadora” y apreciaba que gracias a ella podía tener la vida de lujos que siempre deseó: dos coches, una cuenta bancaria, el plan de comprar una casa, vacaciones y el respeto de la familia de su mujer, quienes pensaban que trabajaba en una fábrica de jabones.

Tres años son los que participó en esta banda. Teresa escapó y a él no le importó porque quería salir de ese mundo. El día que él planeó que sería el último, así fue. Detuvieron a su hermano mayor y a su cómplice, y rescataron a tres víctimas. Capturaron también a Enrique, a su madre y a su hermano menor. A él le dieron 18 años 10 meses 15 días de cárcel.

“Perdí media vida, ellas lo perdieron todo, su dignidad, su juventud, su adolescencia, algunas de ellas hasta su virginidad. No alcanzo a pagar el daño que les causé. Si las tuviera enfrente les pediría perdón de rodillas”, expresó, mientras se asomaban algunas lágrimas.

“En prisión, lo que en algún momento les hice a las víctimas, quitarles el dinero, golpearlas, aislarlas y mantenerlas en cautiverio, lo viví en carne propia”, dice Enrique, quien estuvo 11 años 8 meses en la cárcel, tiempo que le ayudó a reflexionar.

Se convirtió al cristianismo y ahora, en libertad, formó una nueva familia a la que mantiene con un trabajo honrado —se desempeña como chofer— y es activista, comparte su testimonio y sus historias para contribuir a erradicar este delito.

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