Nota de archivo: publicada hace más de 90 días
"Él nos hablaba y lloraba terriblemente… No quería que lo dejáramos solo y le dijimos que estuviera tranquilo y ahí él sintió confianza y explicó dato por dato cómo asesinaron a cada uno de los miembros de su familia", narró Eduardo López (izquierda). Lo acompaña en la foto Nelson Méndez. ([email protected])  
Los agentes vieron entre la oscuridad de la madrugada la silueta de un jovencito que levantaba sus manos en señal de socorro.

Eran las 3:00 de la mañana y el turno de trabajo apenas comenzaba para los policías Nelson Méndez y Eduardo López, cuando una llamada de un ciudadano los alertó sobre la presencia a poca distancia del cuartel -ubicado en el barrio Guaraguao de Guaynabo- de una persona herida que pedía auxilio a la puerta de una residencia.

De prisa, los agentes acudieron al lugar en el que fueron testigos de una escena desgarradora que, al rememorar, les estruja el alma hasta las lágrimas. Y así comienza esta dramática historia:

La patrulla se acercaba al hogar cuando los guardias -adscritos a la Policía Municipal de Guaynabo-, vieron entre la oscuridad de la madrugada la silueta de un niño en medio de la carretera. El jovencito levantaba sus manos en señal de socorro. Estaba en medias, sin camisa y con un pantaloncito corto. Su cara estaba completamente ensangrentada, al igual que otras partes de su cuerpo. 

"Estaba llorando amargamente y lucía bien golpeado. Parecía como si le hubieran fracturado la nariz, lucía hinchado, las rodillas estaban laceradas y la espaldita llena de moretones… le dolía mucho el brazo y del cuello le emanaba mucha sangre", recuerda Méndez sobre aquella primera imagen que, desde entonces, le retumba en la memoria. Pero no más que lo que a partir de ese momento escuchó relatar al menor. 

Las declaraciones fueron escalofriantes: "Necesito ayuda, necesito ayuda… mataron a mi mamá, mataron a mi papá, mataron a mi abuela y mataron a mi hermano… estoy diciendo la verdad, por favor créanme", fueron las primeras expresiones del nene de 13 años.

Los policías, atónitos, trataban de asimilar las palabras del joven que comenzó a contar con lujo de detalles la forma en que dos desalmados le arrebataron la noche del pasado lunes a su papá, el exsargento retirado del Ejército de Estados Unidos Miguel Ortiz Díaz; a su mamá Carmita Uceda; a su abuelita Clementina Ciriaco; y a su adorado hermano de 15 años, Michael Ortiz.

"Él nos hablaba y lloraba terriblemente… No quería que lo dejáramos solo y le dijimos que estuviera tranquilo y ahí él sintió confianza y explicó dato por dato cómo asesinaron a cada uno de los miembros de su familia. Su manifestación fue como de película", cuenta por su parte López sobre las expresiones del nene que explicó los sucesos criminales que iniciaron a las 9:00 de la noche en su residencia, ubicada en la urbanización Los Frailes, en Guaynabo.

El adolescente contó que hasta allí llegó un inquilino de su papá a pagar una deuda de alquiler. El hombre fue identificado por las autoridades como Christopher Sánchez Asencio, de 27 años, quien vivía alquilado en una casa del exsargento, localizada en la urbanización Versalles, de Bayamón.

Los policías no precisaron si el niño escuchó alguna discusión entre las partes, lo que sí aseguraron es que minutos después de la visita del inquilino se produjeron los asesinatos en los que también participó otro sujeto identificado por las autoridades como José Bosch. A ambos se les radicaron cargos criminales anoche.

Al parecer, el primero en fallecer fue el patriarca de la familia.

Las mujeres fueron obligadas a arrodillarse para,  posteriormente, ser ejecutadas de un tiro. "El nene nos dijo que antes de morir, su mamá les dijo: 'no dejen de rezar'", recordó Méndez. Y así lo hicieron el menor sobreviviente  y su hermano, Michael, quienes fueron secuestrados por los malhechores. 

Los sujetos partieron con los hermanos rumbo al barrio Guaraguao, en Guaynabo, con la maquiavélica intención de liquidarlos en otra zona. El adolescente de 13 años le explicó a sus rescatistas que en el trayecto, obedeciendo las últimas palabras de su progenitora, iban todo el camino rezando. En momentos se agarraban las manos buscando apoyo uno en el otro. También comentó que en un instante pensaron escapar, pero el miedo los detuvo.

"El nene nos dijo que en un momento dado vieron una patrulla y el hermano le dijo: 'vamos a tirarnos'. Y él le contestó: 'no, porque nos matan aquí mismo'", relató López que le mencionó el adolescente que, minutos más tarde en un terreno aledaño a la PR-174, vio la forma atroz en la que balearon mortalmente a su hermano.

Antes de que asesinaran a Michael, su hermanito suplicó por su vida. En realidad, imploró piedad por la vida de ambos. "Los arrodillaron en la maleza y cuando lo iban a matar,  él le dice a los individuos que no lo hicieran porque su hermano cumplía años ese día", contó por su parte Méndez, sobre la experiencia que tuvo el jovencito minutos antes de ser testigo de la muerte de su gran compinche de travesuras. Y con el enorme presentimiento de que no lo volvería a ver, el niño se despidió de su pariente. "Te perdono hermano por las maldades que me has hecho, nos vemos al otro lado", fueron sus palabras exactas. Ahí, sin ninguna clemencia ante lo que escuchaban, los sujetos hicieron la detonación. 

En ese momento, el menor trató de escapar de sus verdugos, quienes intentaron dispararle, pero según trascendió, se quedaron sin municiones. Entonces, uno de ellos agarró al muchacho por el cuello, donde ya le habían hecho una herida punzante, y trataron de estrangularlo.

Tras montarlo nuevamente en el vehículo, los asesinos se movilizaron con el menor a otra zona del mismo sector. Fue allí donde lo lanzaron desde un puente de más de 40 pies de altura, no sin antes propinarle un puño. Afortunadamente, el nene cayó en una maleza y no al río, en el que abundan piedras con las que pudo ser golpeado mortalmente.  Así, con el frío de la noche y múltiples heridas, quedó abandonado por sus atacantes, quienes lo creyeron muerto. En el lugar, los rastros de sangre del pequeño quedaron de evidencia.

"Él nos dijo que cayó de espalda. Manifestó que se quedó sin aire y de tanto dolor que sentía no podía moverse ni respirar. Entonces tomó un pequeño descanso, una siesta… cerró los ojos y luego, más adelante, algo le dijo que se levantara. Él dice que tomó fuerzas y pudo salir a la calle subiendo por un talud (que le dio acceso a la carretera cercano a un área  donde hay una cantera)", explicó Méndez.

Horas después de la pesadilla vivida- ya casi al amanecer-, el jovencito logró caminar por el barrio en busca de auxilio. A esa hora el área estaba desolada y sin alumbrado. Tras varios minutos en marcha, llegó a la casa de un ciudadano.

Allí tocó desesperadamente a su puerta. El hombre explicó a las autoridades que declinó abrir pensando que podía ser un "entrampamiento" de algún malhechor. En su lugar,  prefirió llamar al cuartel municipal para notificar lo sucedido. Sin embargo, en ningún momento perdió de vista al menor, a quien observaba desde una ventana.

Fue cuando llegó la patrulla para socorrer aquel pedido de ayuda que hacía el niño desde el medio de la carretera, que el ciudadano salió de su hogar.

"Él es un héroe en esta historia porque nos llamó. Además, le buscó una camisa al nene y le dio unas chancletas. Recuerdo que le dijo: 'quédate tranquilo, estás seguro con ellos. No tienes nada que temer'", cuenta Méndez, quien inmediatamente comenzó a escuchar el relato del sobreviviente y alertó a las autoridades estatales para que se movilizaran a la residencia del menor a confirmar el testimonio y actuar rápidamente para el esclarecimiento del caso.

Al mismo tiempo, llamaron a una ambulancia para que atendieran al niño. Ambos guardias acompañaron al nene en el trayecto hasta el Centro Médico.

"Gracias por salvarme la vida", les repetía el pequeño en señal de gratitud por aquel refugio en momentos de angustia y desolación. 

"Nosotros tratábamos de tranquilizarlo. Él nos preguntó en un momento: '¿por qué me ocurrió esto?'. Yo le dije: 'tal vez los rezos que te dijo tu mamá que hicieras y la fe que tú tienes te mantuvieron vivo. Tenías que quedar tú vivo para que se pudiera hacer justicia de alguna forma, aunque no podamos comprenderlo…", rememoró Méndez sobre la última conversación que tuvo con el niño durante aquellos 50 minutos de turno que trastocaron para siempre la experiencia laboral de ambos agentes.