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Por Normando Valentín

¿Qué les parece?

Mientras espero a los tres Reyes

01/03/2018
(Archivo)
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Nuestra mente nos llevaba a rincones especiales sin la necesidad de las máquinas de vídeo juego.

En estos días mi pequeña hija se me acercó para preguntarme que me traían los Reyes. Era la curiosidad de una niña feliz que me hacía fiero con los juguetes que le había traído Santa y espera con ilusión a Gaspar, Melchor y Baltazar.

No era la primera vez que entraba en esos temas. Ya se había sorprendido con los cuentos de que su papá dormía sin aire acondicionado y con mosquitero. También se quedó con la boca abierta cuanto se enteró que mi televisor era en blanco y negro. Mis muñequitos fueron sin color. Ella no entendía como era esto posible y hasta se le zafó un “ay bendito” por entender que mi niñez había sido triste. 

Nada que ver. Tuve una niñez espectacular. Jugaba con carritos Tonka y con soldaditos de plástico. Tampoco faltaban los vaqueros e indios que en mis fantasías se mezclaban con los soldados en épicas batallas. La terraza de la casa era el campo de acción. Hasta figuras de animales salvajes podía encontrar en un escenario digno de las películas de Narnia. 

Cuando esto me aburría, nos metíamos en la finca de la casa en distintas misiones. Desde cazadores, exploradores o caballeros de la era medieval. Cuando jugamos a esto último, la escoba y el mapo de mi mamá desaparecían pues se convertían en las lanzas mías y de mi hermano. 

Una quebrada que estaba al lado de la finca nos servía para pescar chopas. No eran más grandes que la palma de la mano, pero ayudaban a matar el tiempo.

Las bicicletas, bastante elementales, nos ayudaban a movernos por el vecindario. Como algunos recordarán, le poníamos tarjetas de peloteros a las gomas para que sonara. En ese momento la bici se convertía en motora. Si había un lugar para jugar baloncesto, se quedaban tiradas sin la preocupación de que alguien se las podía tumbar. 

Jugaba béisbol con bola de goma y una vez, usamos una pelota de verdad. El gusto por usarlas terminó cuando con un foul le rompimos un foco al viejo carro Ford Maverick de mi papá. Corrimos más rápido que Culson ese día, pero la noche llegó y tuvimos que regresar para enfrentar las consecuencias. Era una niñez sencilla, pero feliz. 

Las máquinas de Atari llegaron en la adolescencia, con ella, el televisor a colores. Era todo nuevo. Una nueva dimensión. La palanca solitaria de la caja de juego nos atrapaba y poco a poco nos volvimos generales en Pac-Man. Las gráficas comparadas con las de ahora eran súper rústicas, pero para nosotros era simplemente wao. 

Sin querer Génesis, despertó en mi un recuerdo especial. Ya que nos acercamos al Día de Reyes, quisiera no muera la ilusión de este día. El recoger la yerba con el agua para los caballos o camellos; que se hable de la visita de los Sabios al pesebre; que se alimente la imaginación a los niños para que gocen más.

Mi mejor regalo fue ese. Que nuestra mente nos llevaba a rincones especiales sin la necesidad de las máquinas de vídeo juego. Cuando éstas llegaron a nuestras vidas nunca pudieron superar las aventuras del patio. La palanca del Atari nunca superó al palo de escoba. Fui feliz y añoro ase momento. Felicidades mi gente.